Pierina, aunque en realidad se llama Elvira Esther Antonaccio Vera, es hija de Esther, maestra rural, y de Pedro, ingeniero agrónomo y productor rural. Es la menor de tres hermanas: Ada y Graciela.
Por Anabela Prieto Zarza
Es la mamá de Heber, Alejandro, Sandra y Héctor, quien ya no nos acompaña en este plano. Tiene dos nietas, Agustina, de 10 años, y Gianna Paulina, de 6, hijas de Heber.
Cuando nació, sus padres esperaban un varón, que se llamaría Pedro, como el padre y el abuelo. En el seno familiar comenzaron a decirle Pierina, que en italiano significa Pedrita. La inscribieron en el colegio con ese nombre, que era el usado por costumbre, en una época en que los contactos y el conocimiento de las personas allanaban muchas cosas. No hubo ninguna intencionalidad.
Cursó primaria en el Colegio Inmaculada Concepción. Cuando inició secundaria, las exigencias documentales permitieron detectar que la alumna Pierina Antonaccio no existía. A los 12 años, Pierina se enteró de que, legalmente, no se llamaba así. El encargado de inscribirla en el Registro Civil al nacer había sido su padre. Como el nombre Pierina no le gustaba, para que la mamá no se enojara tanto, calladito y sin decirle nada a nadie la anotó con dos nombres que no tendrían objeciones: Elvira, como su abuela, y Esther, como su madre. Papeleo y abogados mediante, pudo continuar con sus estudios y con su vida como Elvira Esther, pero el nombre Pierina permaneció tan firme como si fuera el propio.
Cursó secundaria hasta cuarto año en el Colegio e hizo preparatorios en el Rubino.
Mediante examen de ingreso, entró a la Facultad de Derecho, donde cursó cuatro años. Se casó, llegaron los hijos y la carrera quedó postergada.
Mientras era estudiante trabajó en una mutualista. Después, cuando formó su familia y para estar más tiempo con sus hijos, se integró al emprendimiento familiar en el rubro de la apicultura, con una línea propia de cremas y sustancias elaboradas con propóleo, jalea real y miel fraccionada, además de colaborar en todo lo que estaba a su alcance.
Cuando el matrimonio se separó, quedó al frente del hogar con cuatro niños y decidió emprender por cuenta propia. Vivía en el Prado, a la vuelta de un liceo. Allí instaló un ciber, que era furor entre los chicos tanto para estudiar como para entretenerse, y también un lavadero de ropa.
En los ratos libres, o entre lavado y lavado, esta mujer tranquila, trabajadora e independiente escuchaba música por internet. Así conoció a Doménico, con quien comenzó a interactuar en línea, fundamentalmente porque Pierina quería practicar italiano y él lo hablaba. Recuerda que un día escuchó un tema y le preguntó quién lo interpretaba. Doménico le respondió: «Soy yo».
Una noche de invierno, sobre las 19 o 19:30 horas, Pierina sufrió un violento asalto en el local. Como en esa época del año anochecía más temprano, el comercio permanecía con llave y solo se permitía el ingreso de los clientes habituales. Esa noche, un joven que ya había concurrido en días anteriores entró y se sentó frente a una computadora. Pierina estaba allí con su hijo Alejandro, que entonces tenía 12 años y ocupaba otro equipo.
De pronto, el asaltante sacó un arma de la mochila, intentó llevarse varios equipos, exigió la recaudación y apuntó al niño al estómago. Ese fue su peor error. Pierina no sabe cómo encontró la fuerza para colocar a su hijo detrás de ella. Solo recuerda haberle advertido que con su hijo no. Se resistió al asalto y recibió un fuerte culatazo en la cabeza que le provocó un profundo corte. “El delincuente escapó sin llevarse nada, se esfumó bajo la lluvia y mis insultos. Dicen los vecinos que parecía escapada de una película de terror, bañada en sangre y gritando como loca. Hoy lo cuento y me puedo reír, pero fue muy duro”. Terminó siendo atendida en la mutualista, adonde fue trasladada por el móvil policial, que llegó antes que la ambulancia.
A partir de aquel episodio tomó la decisión de cerrar el comercio y buscar alternativas laborales más seguras. La amistad con Doménico se mantuvo a la distancia durante diez años, aunque el ciber y el lavadero cerraron sus puertas, continuaron en contacto mientras Pierina comenzaba una nueva etapa laboral como acompañante en SECOM.
Doménico la invitaba a ir a Alemania. Ella no podía: tenía los hijos chicos y la inversión necesaria estaba fuera de sus prioridades.
Pero un día, como debe ser, se dio cuenta de que sus hijos ya tenían sus vidas hechas y que había llegado su momento. Pidió licencia en el trabajo, aceptó la invitación, sacó pasaje de ida y vuelta y se fue. Para su hijo mayor era una locura, una aventura peligrosa. No lo escuchó.
Descubrió que Doménico era la persona que decía ser. Conoció a su familia, su estilo de vida y sus actividades.
Cuando volvió a Uruguay, Doménico siguió insistiendo para que se fuera definitivamente a Alemania. Pierina ponía excusas: «El rubro destinado a viajes está agotado; acá tengo mi trabajo, mi familia. Yo no puedo ir ahí a depender de alguien. ¿En qué voy a trabajar?».
La persistencia tiene sus frutos. Y también las acciones que se toman para lograr lo que uno quiere. Cada excusa fue derribada. Llegó el pasaje de ida y vuelta, llegó al consulado un contrato de trabajo y, además, Doménico movilizó todos los trámites necesarios para que Pierina pudiera culminar el proceso de ciudadanía italiana que había iniciado con anterioridad. Pasaporte en mano, sin excusas, la vida de Pierina tomó otros rumbos.
«Me vine a Alemania con 53 años. No he conocido en mi vida una persona tan maravillosa, tan atenta y tan trabajadora como Doménico. Era exactamente la imagen que tenía de él. Me había presentado a sus hijas y a su familia por videollamada; todo era lo que esperaba que fuera.»
Su vida cambió para bien. «En Montevideo salía a trabajar con terror; en Alemania se sale tranquila porque la seguridad es asombrosa. Pero, además, la vida me dio la posibilidad de tener un compañero que no esperaba. No pensaba formar pareja, estaba bien sola. Con Doménico charlaba tranquila porque no era un riesgo a 12.000 kilómetros.»
Del no querer irse hasta hoy han pasado once años de hermosa convivencia. Trabajan juntos. Doménico tiene una heladería y Pierina colabora supervisando al personal, en la producción, haciendo la vainilla, las salsas y las tortas. Él delega y Pierina acepta con gusto. Abren y cierran ellos mismos. Durante diciembre y enero, debido al invierno, la heladería permanece cerrada. Entonces se dedican a viajar, un hobby que ambos comparten.
Sandra, su hija, es máster en Diseño de Moda y vive con ella en Alemania. Tuvo un rol muy importante en su vida y siempre le estará agradecida.
En 2022, Pierina tuvo leucemia aguda. Si bien está totalmente erradicada, los controles son permanentes. Los médicos tratantes le explicaron que existen múltiples tipos de leucemia. Algunas se curan solo con quimioterapia; otras, únicamente con trasplante de médula ósea.
«El tipo que yo tuve requirió tres tipos de quimioterapia más el trasplante de médula ósea. Mi médula ya no existe; poseo la que donó mi hija. Ese ángel, que le tenía terror a las inyecciones, para poder ser mi donante se sometió a un tratamiento que significaba inyectarse todos los días en el abdomen para producir más células madre y poder donar. Estuvo conectada cuatro horas, con agujas en ambos brazos, para que la sangre circulara y pudieran extraer esas células que después me transfirieron a mí.»
Cree que también tuvo la suerte de atravesar esta enfermedad en ese país.
«El sistema de salud es absolutamente maravilloso. Estuve seis meses en aislamiento en CTI. La quimioterapia me bajaba las defensas al suelo. Lo mío es milagroso. Fueron asombrosas las atenciones que me dispensaban, el monitoreo constante, la atención interdisciplinaria, el psicólogo… realmente estaban pendientes de mí.»
Recuerda que la visitaba un sacerdote católico que no hablaba nada de español. Pero, además de rezar en alemán por y con ella, le hacía escuchar el Himno Nacional Uruguayo y la Marcha Mi Bandera para que se sintiera un poco más cerca de su tierra.
Además de viajar, integra, junto con Doménico, el Coro de la Asociación Cultural Alemano-Italiana. Este grupo, integrado mayoritariamente por personas jubiladas, se dedica a cantar, promover y disfrutar la cultura, la música y la gastronomía italiana, además de organizar excursiones con ese fin. Doménico es el único italiano en el grupo radicado en Alemania desde hace casi 50 años.
No tiene sueños por cumplir. Cree que ha cumplido todo lo que ha querido y que ha vivido cosas que nunca había soñado, entre ellas conocer los lugares maravillosos que ha recorrido.
Está convencida de que: «Hagas lo que hagas, el destino decide. Si es para vos, no lo podés eludir. Hay que creer en el destino. Lo que se me dio no lo busqué; simplemente se dio».
También cree que la clave está en «no preocuparse, vivir el momento. Cuando me enfermé, si bien no era optimista, tampoco era pesimista. Me mantenía ocupada escuchando música, dibujando —recuerdo que pintó infinitas mandalas de colores—, pintando o viendo series de Netflix. Preocuparse por aquello que no está en tus manos solucionar es inútil».
Quienes estuvimos acompañándola a la distancia sabemos de su lucha, de esa y de otras. Sabemos de su entereza y de su valor. Al punto de que era ella quien terminaba siendo nuestra palabra de fe y de aliento sobre su propio destino.
