En esta nueva entrega de Memoria en imágenes, la columna que reúne miradas fotográficas de Latinoamérica, nos acercamos a la obra de la maragata Mercedes Aldaz. Su recorrido va de los boliches rurales y los álbumes familiares a la creación de San José Foto y Casa Dominga. Allí también impulsó la recuperación del archivo de Odesa Lagazeta, en una trayectoria donde fotografiar significa preservar, reunir y devolver.
Hay imágenes que salen de un territorio para contar su historia y otras que, con el tiempo, encuentran el camino de regreso. En el recorrido de María Mercedes Aldaz, ambas posibilidades forman parte de una misma manera de comprender la fotografía.
En 2011, su serie Boliches de campaña recorrió antiguos comercios rurales del departamento de San José. Entre ellos estaba La Polola, uno de esos lugares donde el mostrador, las paredes y los objetos acumulados durante décadas hablaban tanto como las personas que todavía lo habitaban. Catorce años después, Aldaz regresó allí con Profundidad de campo. Las fotografías volvieron al lugar donde habían nacido y se incorporaron nuevamente a su vida cotidiana.
Ese regreso permite comprender una parte esencial de su obra. San José no funciona únicamente como escenario, sino como territorio afectivo: un espacio observado e interpretado desde la cercanía.
Aldaz nació en San José de Mayo en 1975. Ingresó a la Facultad de Bellas Artes en 1994 y comenzó su formación fotográfica en 2000 en la escuela Dimensión Visual, con Ana Casamayou. Años después sumó estudios de gestión cultural en la Universidad Nacional de Córdoba.
Fotografía y gestión no aparecen en su trayectoria como caminos separados. La primera le permitió construir una mirada sobre su entorno; la segunda, generar espacios para que las imágenes pudieran circular, ser discutidas y permanecer. Antes de dirigir un festival internacional o de crear un centro dedicado a la fotografía, hubo una cámara avanzando por caminos rurales y deteniéndose frente a lugares que comenzaban a desaparecer.
Lo que el campo conserva
En Boliches de campaña, Aldaz fotografió construcciones de barro con cerca de un siglo de antigüedad, transmitidas de una generación a otra y convertidas en puntos de encuentro para quienes vivían en los alrededores. No buscó presentar el campo como una geografía pintoresca ni como una postal detenida en el tiempo. Su interés estaba en las relaciones que esos espacios sostenían: conversaciones, intercambios y formas de convivencia amenazadas por la transformación del medio rural.
Los boliches eran comercios, pero también lugares de reunión. Cuando uno cerraba no desaparecía solamente un establecimiento: se debilitaba una pequeña red social construida alrededor de él. La cámara de Aldaz se detuvo en esos espacios antes de que la ausencia terminara de ocuparlos.
Esa atención hacia la ruralidad continuó en Rastros Rostros, un trabajo centrado en la presencia de las mujeres en el campo. La maqueta del fotolibro, desarrollada en 2016 durante un taller del Centro de Fotografía de Montevideo, fue finalista en la Feria de Libros de Fotos de Autor de Argentina y posteriormente preseleccionada para el encuentro CMYK del CdF.
El título establece una relación entre aquello que permanece y quienes sostienen la vida de esos lugares. Los rastros aparecen en los caminos, las construcciones, los objetos y las marcas del trabajo; los rostros permiten reconocer a las mujeres que los habitan. Aldaz no las presenta como figuras simbólicas de un mundo idealizado, sino como personas concretas, atravesadas por una realidad que pocas veces ocupa el centro de la representación fotográfica.
Esa línea encontró una nueva forma en Profundidad de campo, proyecto seleccionado en 2024 por el Fondo Regional para la Cultura. La expresión pertenece al lenguaje técnico de la fotografía, pero aquí adquiere otro sentido: decidir qué debe permanecer enfocado y hasta dónde se extiende aquello que merece ser visto.
El proyecto volvió a mirar a las mujeres rurales, sus tareas, sus espacios y las historias sencillas de la vida diaria. Durante 2025 circuló por diferentes ámbitos de San José hasta regresar a La Polola mediante una instalación compuesta por fotografías, sonidos y objetos. Las imágenes dejaron de comportarse como piezas aisladas y comenzaron a relacionarse con las texturas y las voces del lugar.
En estos trabajos aparece una preocupación constante: registrar una forma de vida antes de que su transformación la vuelva irreconocible. No se trata de declarar inmóvil al mundo rural ni de convertir cada cambio en una pérdida. Se trata de comprender que ciertas desapariciones también borran relaciones, experiencias y conocimientos que difícilmente encuentran lugar en los relatos oficiales.
Después de fotografiar los rastros del presente, Aldaz comenzó a buscar las imágenes que San José había guardado de su pasado. De esa investigación nació Álbum Familiar Josefino, apoyado en 2017 por el Fondo Regional para la Cultura. El proyecto reunió fotografías provenientes de familias de San José de Mayo, del Museo Departamental, del Museo Virtual Juan Chabalgoity y de la colección de la revista Perfiles de San José.
Observadas en conjunto, aquellas imágenes dejaron de contar solamente la historia privada de quienes las habían conservado. Los rostros, las construcciones y las costumbres comenzaron a revelar la fisonomía de una comunidad. El trabajo de Aldaz consistió en cambiar su escala: rescatarlas del silencio doméstico sin borrar su intimidad y permitir que lo particular dialogara con una memoria mayor.
La historia de una ciudad no se encuentra únicamente en los acontecimientos solemnes ni en los retratos de sus figuras públicas. También permanece en fotografías anónimas, gestos cotidianos e imágenes realizadas sin sospechar que algún día se convertirían en documentos.
Concebido inicialmente como un fanzine, Álbum Familiar Josefino se publicó en 2019 con edición de Aldaz y Cecilia Rivero y la participación de la poeta Regina Ramos. En 2023, la obra fue seleccionada para la Ronda de Publicaciones del Festival Internacional de Fotografía de Valparaíso. Una memoria profundamente josefina encontraba así resonancias más allá de su lugar de origen.
Cuando la ciudad se vuelve imagen
La conciencia de que las imágenes necesitan espacios donde circular alcanzó una de sus expresiones más ambiciosas en San José Foto. Creado por Aldaz y realizado con el apoyo y la financiación de la Intendencia de San José, el Festival Internacional de Fotografía tuvo ediciones en 2014, 2016, 2018 y 2023. Su propósito fue descentralizar la actividad fotográfica, llevarla al interior de Uruguay y acercarla a personas que probablemente nunca entrarían en una sala de exposiciones.
Durante el festival, las fotografías abandonaron sus espacios habituales. Aparecieron en fachadas de edificios públicos y privados, ocuparon la plaza principal y se incorporaron al recorrido cotidiano de la ciudad. No era el público el que debía ir en busca de la obra: la obra salía a su encuentro.
San José dejaba entonces de ser solamente la sede del acontecimiento para convertirse en parte de su lenguaje. La arquitectura, las calles y la vida diaria intervenían en la lectura de las imágenes. Las exposiciones se acompañaban con conferencias, proyecciones, talleres, revisiones de portafolios, acciones educativas y una feria de publicaciones.
La convocatoria internacional de 2023 recibió 442 proyectos fotográficos y multimedia procedentes de los cinco continentes. Entre los invitados estuvo el mexicano Yael Martínez, asociado de Magnum Photos y autor de trabajos publicados por National Geographic y The New York Times. En su momento, San José Foto llegó a ser considerado entre los tres festivales fotográficos más importantes de Latinoamérica.
Pero un festival ocurre durante un período limitado. Termina la programación, se desmontan las exposiciones y la ciudad recupera su ritmo habitual. La experiencia acumulada planteaba otra necesidad: disponer de un espacio que pudiera sostener durante todo el año aquello que el encuentro internacional activaba durante unos días.
Esa continuidad comenzó a tomar forma en 2019 con Casa Dominga, espacio cultural dirigido y gestionado por Aldaz en San José de Mayo. Centro de fotografía y audiovisual, lugar de formación, exhibición y encuentro, Casa Dominga prolongó cotidianamente la idea que había impulsado al festival. Allí comenzaron a confluir talleres, proyectos editoriales, actividades comunitarias y trabajos de recuperación patrimonial.
La fotografía dejó de ser entendida únicamente como una obra terminada para convertirse también en conversación, aprendizaje y responsabilidad frente a las imágenes del pasado.
El archivo vuelve al presente
Mientras trabajaba en Álbum Familiar Josefino, una fotografía había llamado la atención de Aldaz y abierto el camino hacia una historia mayor. Detrás de aquella imagen aparecía Odesa Lagazeta, nacida en 1926 en una familia rural de Cañada Grande. Formada en la UTU de Montevideo, fundó el estudio Foto Solís y trabajó para la prensa escrita cuando el ejercicio profesional de la fotografía estaba ocupado casi exclusivamente por hombres.
Lagazeta colaboró con el periódico josefino Los Principios, realizó trabajos para medios montevideanos y durante años fue la fotógrafa oficial del Teatro Macció. Su cámara registró acontecimientos públicos, transformaciones urbanas, espectáculos, retratos y escenas de la vida cotidiana. Hoy es reconocida como la primera mujer fotógrafa de prensa del Uruguay.
Desde 2019, Casa Dominga trabaja en la investigación, recuperación y preservación de su archivo, integrado por más de diez mil piezas. La magnitud del conjunto demuestra que conservar no consiste solamente en reunir fotografías antiguas. Cada imagen necesita ser observada, descrita, ordenada, digitalizada y situada dentro de una historia. También es necesario reconocer personas y lugares, recuperar fechas y devolver contexto a aquello que el tiempo volvió incierto.
El proceso se desarrolla con la participación de la fotógrafa y gestora Giuliana Aguiar y la colaboración de la familia de Lagazeta. La recuperación deja así de ser un acto individual para convertirse en una construcción colectiva, sostenida por la confianza de quienes entregan las imágenes y la responsabilidad de quienes asumen su cuidado.
En 2024, Casa Dominga inauguró una sala de archivo fotográfico dedicada a Odesa, concebida como espacio de preservación, encuentros pedagógicos, visitas de estudiantes y digitalización de fotografías familiares. El archivo no quedó encerrado sobre sí mismo: comenzó a funcionar como un lugar desde el cual otras personas podían acercarse a la historia visual de San José.
El proceso alcanzó una nueva dimensión pública en 2026, al cumplirse cien años del nacimiento de la fotógrafa. La exposición Odesa Lagazeta. Una pionera en su territorio, investigada y curada por Aldaz y Aguiar, presentó una selección del archivo en la fotogalería a cielo abierto del Espacio Cultural Ignacio Espino. La muestra fue coorganizada por Casa Dominga, Intermedios Producciones y el Centro de Fotografía de Montevideo, y declarada de interés ministerial por el Ministerio de Educación y Cultura.
Las imágenes se organizaron alrededor de tres ejes: la amistad como territorio de libertad, San José como ciudad en transformación y la flor como refugio. La propuesta permitió acercarse a la sensibilidad de una mujer que se movió entre el trabajo de prensa, el estudio fotográfico y un universo íntimo marcado por los afectos y su relación con las plantas.
Aldaz no tomó las fotografías de Odesa, pero hizo posible que volvieran a ser vistas. En ese gesto existe también una forma de autoría: no la que ocupa el lugar de otra mirada, sino la que la reconoce, la preserva y construye las condiciones para que pueda regresar al presente.
Vista en conjunto, la trayectoria de Mercedes Aldaz no está formada por proyectos aislados. Los boliches de campaña, las mujeres rurales, los álbumes familiares, el festival, Casa Dominga y el archivo de Odesa Lagazeta pertenecen a una misma trama. En todos aparece la decisión de mirar aquello que podría desaparecer y generar espacios para que esa memoria continúe circulando.
Ser maragata no funciona en su obra únicamente como un dato biográfico. Es una posición desde la cual observa y actúa. San José no aparece como una periferia que necesita acercarse a un centro para adquirir legitimidad, sino como un lugar capaz de producir sus propias imágenes, relatos e instituciones.
Existe en ese recorrido una voluntad de devolver. Devolver las imágenes familiares a la comunidad que las originó. Devolver a Odesa Lagazeta el lugar que su obra merece. Devolver las exposiciones a las calles de San José y una presencia construida desde la cercanía a las mujeres rurales.
Esa idea conduce nuevamente a La Polola. En 2011, Mercedes Aldaz la fotografió como parte de Boliches de campaña. Catorce años después regresó con Profundidad de campo y las imágenes encontraron un lugar entre los sonidos, los objetos y las personas del territorio que les había dado origen.
Para Aldaz, la fotografía no termina cuando se acciona el obturador ni cuando una imagen es exhibida. Continúa en las relaciones que genera, en las preguntas que deja abiertas y en la posibilidad de que otras personas se reconozcan dentro de ella.
Porque una imagen preserva verdaderamente un territorio cuando, además de mostrarlo, encuentra la manera de seguir perteneciendo a él.
