que como Mafalda, a veces dice: «Paren el mundo, que me quiero bajar»
Carla Liliana Poloni Menyou, de 61 años, es hija de Nelson y Carlota. Su padre fue taxista, comerciante y herrero. Además, cantaba tangos en una orquesta típica junto a una tía de Carla, Nerys Poloni, que era pianista. Su mamá fue ama de casa, trabajadora doméstica y tejedora, tanto a mano como a máquina. Su padre era doloreño y su madre trinitaria. Ella nació en Durazno.
Por Anabela Prieto Zarza
Es la menor de cinco hermanos: Nelson, ya fallecido; Ida (Chispa, mamá del profesor Marcelo Zalazar); Juan y Susana.
Se enamoró y se casó con Edgar Karsen, quien desde hace ocho años ya no está en este plano. Es mamá de Iván, Alex y Lucila, y abuela de Thomas, de tres años y medio. Completan su familia sus nueras y yernos: Cecilia, Micaela y Juan Pablo.
De niña concurrió a la Escuela Nº 1, «la mejor de todas», agrega entre risas. El primer año de liceo lo cursó en el Rubino, pero de segundo a cuarto asistió al Liceo San Luis. «La tía Nerys trabajaba allí. Era profesora de Música, Canto y Baile.»
Su vocación profesional pasaba por dos carreras: Medicina o Magisterio. Para estudiar Medicina debía irse a Montevideo, mientras que Magisterio la apasionaba y podía hacerlo en Durazno. Así fue como ingresó al Pre-Magisterio, como se llamaba en aquella época, equivalente a quinto y sexto de Secundaria. Recuerda que funcionaba en el edificio de la Escuela Nº 2, sobre la calle Rivera.
«Tuve la suerte de integrar los grupos que inauguramos el edificio donde funciona actualmente el Instituto de Formación Docente.»
Cursó la carrera de Maestra en Durazno, aunque nunca ejerció en el departamento. Mientras estudiaba Magisterio, en forma paralela, daba clases de piano. Llegó a tener más de 28 alumnos. Hasta 1980 lo hacía conjuntamente con su tía Nerys. En el año 1981 su tía fallece y continua dando clases sola hasta el año 1986, bajo la supervisión del Conservatorio “Fálleri – Balzo”. En 1987 se radicó en Montevideo. Su novio era de Montevideo, su madre ya vivía allí y a ella le fascinaba la gran ciudad. No lo pensó demasiado y se fue.
El primer año trabajó como maestra suplente en una escuela rural de Melilla. Al siguiente accedió a un interinato en Pueblo Conciliación y luego comenzó a trabajar en Lezica, barrio donde más tarde viviría toda su vida y que le gustaba mucho porque, según dice, «era lo más parecido a Durazno». La escuela quedaba a apenas diez cuadras de su casa.
Al principio era una escuela común, pero con el tiempo pasó a ser una escuela de contexto crítico. Carla pensaba, año tras año, en elegir otro destino, pero nunca lo hacía. Le encantaba trabajar con aquellos niños y sentía que realmente podía ayudarlos.
Ejerció dieciocho años como maestra y luego dos más como secretaria. En realidad, mucho interés en irse no debía tener: veinte años es mucho tiempo. Sonríe y reconoce que «primó la comodidad de mis hijos; no quería que fueran de un lado para otro». Además, allí ella estaba cerca de su casa.
A contraturno trabajaba como maestra comunitaria en la misma escuela. Los alumnos asistían en pequeños grupos, en distintos horarios durante la mañana, donde participaban de un programa especial que contemplaba sus intereses. Compartían juegos, confeccionaban artesanías y realizaban actividades de distinta índole, planificadas con el objetivo de brindarles un espacio de contención, estímulo y crecimiento, algo que muchas veces en sus hogares era difícil de encontrar.
Después del almuerzo, esos niños concurrían a la clase común con su maestro habitual.
Recuerda que los maestros comunitarios también trabajaban con las familias. Las visitaban en sus domicilios, trataban de interesarlas en las actividades de sus hijos y organizaban propuestas junto a ellas: huertas, reciclado o cualquier otra iniciativa que surgiera como una necesidad o una oportunidad para esas familias.
Fue un programa maravilloso que comenzó con la ONG El Abrojo y que posteriormente pasó a la órbita de Primaria. Los objetivos que se alcanzaban eran fantásticos, tanto para los niños como para sus familias.
Carla está convencida de que «todos los maestros tendrían que ser alguna vez maestros comunitarios, porque comprendés el entorno de los niños desde otra perspectiva, desde otro ángulo; conocés todo lo que vive el niño y su familia, los sacrificios que hacen, todo lo que hay detrás de lo que ves solamente en la escuela».
Su suegra había sido directora de la Escuela Nº 127 y siempre le decía que fuera a trabajar allí porque era una escuela muy linda. Tiempo después el centro educativo se desdobló y el turno de la mañana pasó a ser la Escuela Nº 331, ubicada en la Plaza Larrobla, en el barrio Colón.
Carla se trasladó al turno matutino y trabajó allí durante doce años, hasta acceder a los beneficios jubilatorios.
También trabajó en un colegio privado, donde hacía docencia directa. Sus jornadas eran muy extensas y las horas de sueño muy escasas, pero nunca le pesaron.
Otra de las experiencias increíbles que tuvo gracias a la docencia fue la de formar parte, varios años del Programa “Verano Educativo”
Fue feliz con la profesión que eligió.
«Ser docente fue lo mejor que me pasó. Dediqué mucho tiempo porque me encantaba la docencia. No es por sacarme cartel, pero la verdad es que sí, di lo mejor de mí. Me gustaba tanto la tarea con los niños como con los padres; siempre estaba al servicio de la comunidad educativa.»
Jubilada desde hace casi dos años, en su tiempo libre lee, cuida su jardín, teje con dos agujas y crochet, practica meditación, pinta y realiza manualidades.
Cree que, por el lado de los arreglos para cumpleaños y las decoraciones de fiestas, puede surgir algún emprendimiento. Por ahora, lo hace para quienes le piden una mano.
Le encanta volver a su ciudad natal, paisajísticamente tiene sus encantos y la retrotrae a su vida anterior. Le gusta volver al lugar, donde tiene parte de su familia: hermanos, sobrinos, primos, a quienes quiere mucho, además de amigos de la infancia y compañeros de estudio.
También pasa mucho tiempo con su nieto. Como sus padres trabajan, está a su cuidado y lo disfruta enormemente.
«Hasta el año pasado estaba todo el día conmigo, pero ahora va al jardín de 13 a 17 hs, lleno ese espacio con variadas actividades.»
Cuando habla de Thomas, su voz cambia. «La llegada de mi nieto fue algo increíble. Thomas me revivió. Fue volver a ser mamá, pero en otras condiciones. Es divino. El abuelazgo es ravilloso; además, tenemos una conexión increíble.»
Tiene un sueño por cumplir. «Ya tuve hijos, planté varios árboles… ahora quiero escribir un libro.»
Ya está trabajando en ello. Junto a una amiga y colega que todavía ejerce la docencia, tienen el proyecto de escribir libros infantiles.
Otro de sus sueños es ver crecer feliz a su nieto y, si llegan, también a los que vengan.
Le gustaría volver a ver un país como el de antes, donde se pudiera transitar con tranquilidad y sin miedo. «Nosotros fuimos felices. Jugábamos en la vereda, en la casa de los vecinos, sin miedo, sin que nos tuvieran que cuidar para que no nos pasaran cosas horribles como pasan ahora. Hoy tenemos que estar cuidándonos, andamos con miedo en la calle, con miedo en el tránsito, con miedo. Quiero que el barrio, la ciudad y el país vuelvan a ser lo que eran antes.»
Está convencida de que «necesitamos más adultos sin estrés para educar niños felices» y de que «la familia vuelva a ser el centro de todo, como en la antigüedad, cuando era el principal foco educador. No importa cómo se conciba la familia, pero que vuelva a ser ese lugar tan necesario de encuentro, de risa, de dedicación, de charlas y, sobre todo, de mucho amor.»
