Sensible, empática y perseverante

Iris Noelia Rodríguez Casuriaga, de 39 años, es hija única de Eduardo e Iris (Betina). Le hubiera gustado tener un hermano, más aún en este momento de su vida. En cambio, tuvo primos varones que oficiaron como tales: Pablo, Rafael, José Pedro, Diego y Alfonso, todos casi de su misma edad. También tiene otros primos, aunque menores.

Por Anabela Prieto Zarza

Está casada con Alexis Gérez. La maternidad no se dio. El matrimonio hizo todo lo posible para lograrla y atravesó tratamientos muy duros: once inyecciones diarias, entre otras cosas, además de un enorme esfuerzo económico para una familia de clase media, que debió recurrir a préstamos para acceder a una clínica privada y acortar los tiempos. Pero lo más difícil fue recibir una respuesta tan contundente como fría: no funcionó. Después, seguir sin acompañamiento psicológico, que debieron buscar por cuenta propia. Aun así, esta mujer resiliente y perseverante siguió adelante.

Nació y creció en el medio rural, entre los parajes de Cuchilla del Rincón, Chileno y Carpintería. Sus padres trabajaban en una estancia hasta que decidieron dejar el establecimiento e instalar un almacén. Eran tiempos en que la familia se alumbraba con lámparas a queroseno. Un día, un familiar olvidó dejar una lámpara fuera del alcance de la pequeña Noelia. Sus padres la encontraron empapada en queroseno y con indicios de haber ingerido el líquido. En pleno medio rural y con escasas comunicaciones, salieron desesperados rumbo a El Carmen para salvar a la bebé, que comenzaba a ponerse morada. En el camino fueron interceptados por un móvil policial que los trasladó hasta el centro asistencial. Le salvaron la vida. Años después conoció al funcionario policial que intervino y, hasta el día de hoy, le agradece profundamente su actuación.

Está convencida de que algo desde arriba la cuida, y no solo por ese episodio. La familia vendió el comercio, compró un pequeño campo con una casa y ambos padres comenzaron a trabajar en un establecimiento lindero, lo que les permitía atender las dos actividades. Allí trabajan hasta el día de hoy.

Ya instalada en ese nuevo hogar, la inquieta Noelia, mientras corría detrás de unos animales, atravesó un basurero que acababa de ser apagado. Las sandalias se derritieron y sufrió quemaduras en la planta de ambos pies. Cumplió los dos años con los pies vendados.

La etapa escolar transcurrió en la Escuela Nº 63 de Cuchilla del Rincón, donde asistían 24 niños; hoy apenas concurren dos o tres. Llegó el momento de comenzar el liceo. Ella quería seguir estudiando y se hablaba de que abriría un liceo en San Jorge, a unos 20 kilómetros de su casa. Pensó que asistiría allí. Sin embargo, sus padres tenían otros planes. La inscribieron en el Hogar Estudiantil Femenino de la Intendencia, ubicado en calle 19 de Abril y que luego pasó a ser mixto, trasladándose a Zorrilla. Así comenzó a asistir al Liceo Rubino, cuando todavía había clases de lunes a sábado. Fue una etapa muy sacrificada.

Para tomar el ómnibus debía recorrer ocho kilómetros hasta Carpintería o doce hasta Chileno. Como no tenían vehículo, las opciones eran hacer el trayecto a pie, a caballo o aprovechar que algún vecino fuera hacia allí y pudiera acercarla. Viajaba a Durazno los domingos después del mediodía y regresaba los sábados por la tarde. La llegada también era una peripecia: de noche, “a veces apenas te veías las manos”, sin saber quién la iría a buscar, muchas veces bajo lluvias intensas y sin celulares para avisarse esas cosas. Recuerda que los primeros tres años fueron emocionalmente muy difíciles. Muchos sábados regresaba con todas sus pertenencias porque no quería volver. Hoy les agradece a sus padres que nunca se lo permitieran y reconoce que, pese a la tristeza, ella misma se había prometido que no pararía hasta obtener un título.

Comenzó Magisterio. El primer año sintió la frustración de creer que estaba perdiendo el tiempo. Sin embargo, en segundo, con las prácticas docentes, la conexión fue inmediata y supo que esa era su verdadera vocación.

Mientras cursaba el último año se fue a vivir con quien hoy es su esposo. Para sus padres fue un duelo, porque temían que abandonara los estudios. Noelia, en cambio, tenía la certeza de que iba a terminar.

Como el único ingreso era el sueldo de Alexis, que era soldado, durante las vacaciones decidió trabajar en un supermercado. Cortar fiambres no era su fuerte. Tuvo un accidente y se lastimó un dedo. Fue su primera experiencia laboral. La meta era recibirse y casarse. Así ocurrió hace 17 años.

Comenzó a ejercer en Blanquillo, con un grupo de 33 alumnos de tercer año, famosos por ser muy inquietos. Sin embargo, logró llegar a ellos utilizando lo que los propios niños bautizaron como «el abrazo de oso». Lo sigue utilizando hasta hoy porque está convencida de que el amor y la atención transforman realidades.

Después pasó a escuelas rurales. En la Escuela Nº 43 de Chileno Grande, cerca de San Gregorio, debía viajar en taxi desde Blanquillo. Hizo cuentas y decidió comprar una moto Cross usada. El joven que se la vendió la llevó hasta su casa en Durazno y allí mismo le enseñó no solo a conducirla, sino también a ponerla en marcha y manejarla correctamente. Durante toda una semana practicó en el patio de su casa. Llegó el día del primer viaje: casi 200 kilómetros, cargada con sus pertenencias y los víveres para la escuela. Solo pedía que no se le cruzara nada en el camino para que la moto no se apagara, porque no estaba segura de poder volver a encenderla. Cuando ya se sentía feliz porque estaba llegando a destino, apareció una tropa de animales ocupando el camino. Bajó un cambio, se mezcló entre ellos y llegó sana y salva. «Una anécdota inolvidable», dice entre risas.

Hace referencia al enorme esfuerzo que realizan los maestros rurales para regresar cuanto antes a sus hogares y poder compartir, aunque sea un poco más de tiempo, con sus familias.

Continuó desempeñándose en distintas escuelas rurales del departamento hasta lograr la efectividad en San Jorge y, posteriormente, trasladarse a Carlos Reyles. De cada lugar conserva excelentes recuerdos y valiosas experiencias.

Nunca dejó de estudiar. Realizó el profesorado de Educación Media para Matemática, Física, Química y Biología en el IPA, en Montevideo. «Empezamos 25 y nos recibimos cuatro», recuerda. Además, cursó dos especializaciones en la Universidad de Salamanca, en España, país al que viajó en dos oportunidades.

Todavía se maravilla al pensar que aquella niña rural que iba a la escuela montada en un petiso pudo estudiar en España y recorrer Europa. Para ella, todo es posible cuando hay perseverancia y decisión.

Fue coordinadora de escuelas rurales del departamento, profesora de Matemática en la Escuela Agraria de Durazno y, al mismo tiempo, comenzó una Maestría en Educación, que está a muy pocos créditos de finalizar.

En 2021 atravesó un importante problema de salud. Lo que parecía ser un ACV la dejó con la mitad del cuerpo paralizada. Logró recuperarse y continúa con los controles médicos, pero esa experiencia le dejó una gran enseñanza: aprender a poner límites a la intensidad del trabajo y disfrutar más del tiempo con sus seres queridos.

Por eso hoy dedica tiempo a otras actividades. Retomó el tejido, que había aprendido de niña; concurrió a un CIB para aprender costura y marroquinería, una actividad que la apasionó. Le gusta leer y mirar documentales. Aunque continúa interesada en los temas educativos, procura incorporar otras áreas que le permitan distenderse. También integra el grupo de baile Weisman Sánchez Galarza. Disfruta del folclore y de la camaradería del grupo.

A sus alumnos les dice: «Yo sé lo que es el sacrificio. No se angustien si no alcanzan notas de excelencia. Traten de lograr lo necesario para seguir adelante, porque así podrán aprovechar las oportunidades que se presenten. Si lo intentan, todo es posible».

Como profesional procura ser la maestra o la profesora que a ella le hubiera gustado tener: más flexible y más empática.

Uno de sus sueños pendientes es aprender a pintar. No pudo concretar el sueño de la maternidad, pero la vida le regaló varios ahijados, Emanuel, Benjamín, Noemí y Eduardo, que ayudan a llenar ese espacio, al igual que sus propios alumnos.

Está convencida de que la rivalidad entre colegas no debería existir. De hecho, la desterró de todos los aspectos de su vida. Dice que se hizo maestra «a ponchazos» y que todo lo que pueda compartir, lo comparte: materiales, experiencias, ideas, porque cree en el intercambio como una forma de crecer juntos. No se considera una maestra excelente, sino una docente común que intenta dar siempre lo mejor de sí misma. También procura hacerlo como esposa, hija y amiga. «Sé que me puedo equivocar como cualquier ser humano, pero si lo hago soy capaz de pedir disculpas, y eso también trato de enseñarles a mis alumnos».

Cree que la clave de la vida está en intentarlo. «Si tenemos la oportunidad de intentar, hay que hacerlo. Me equivoco una vez, dos veces, pero lo intento. No hay quedar con el hubiera. Hay que seguir».

Así vive esta mujer que hoy acompaña a su madre en un proceso de salud mientras ella misma fue diagnosticada con osteoporosis en la columna. Deberá controlarse durante toda su vida, tomar medicación diariamente y aplicarse, cada seis meses, una inyección que el sistema mutual no cubre y que debe costear con recursos propios. Noelia es, sin dudas, una mujer profundamente resiliente.