Miriam Susana Berrueta Sánchez, de 63 años, nació en Durazno y su primera infancia transcurrió en Santa Bernardina, comenzando su etapa escolar en la Escuela Nº 11.
Por Anabela Prieto Zarza
Con 7 años, se traslada a vivir a la ciudad de Durazno, al barrio Bertonasco, en la intersección de las calles Varela y Morquio.
Como no quería separarse de sus compañeras y amigas, sigue concurriendo a la Escuela Nº 11. Recuerda que la llevaba la directora de la escuela.
Termina el ciclo básico en el Liceo Miguel C. Rubino y comienza a trabajar. Ingresa al Supermercado 18 en la época en que estaba ubicado en 18 de Julio, entre Zorrilla y Penza, pegado a La Palma. Recuerda que Coca las invitaba a tomar un cafecito a la salida.
Muy joven conoce a quien fue el padre de sus hijos y, a los 21 años, se casa y forma su familia. Nacen sus hijos: Jorge, Verónica, Andrés, Cristina y Federico.
Jorge nace con parálisis cerebral, condición que le impide tener independencia, le provoca dificultades en el habla y limitaciones motrices. Su pronóstico de vida era escaso. Primero unos años, después hasta la adolescencia, luego hasta los 21. Pero Jorge tuvo la mejor vida que pudo tener y la mejor atención, venciendo todos los pronósticos. Susana dedica su vida a sus hijos, en especial a Jorge, que fallece a los 40 años. De la partida de Jorge hace apenas un año y medio.
Fue una madre presente en la vida de todos sus hijos, interesada por su bienestar, educación y futuro. “Creo que fui una madre amorosa, que se ganó el cariño de sus hijos, porque hoy todos me rodean y tengo buen vínculo con todos, incluso con sus parejas, a quienes quiero mucho”.
Los chicos ya son independientes, trabajan, y el menor hizo la carrera de Educación Física. Para Susana, su misión está cumplida. Tiene dos nietos: Bautista y Benjamín.
En sus tiempos libres, estando Jorge vivo, hace un curso en el Foto Club, cuya sede le quedaba cerca de la casa. Le encantó. Hizo una página en Face que se llama «Recorriendo Durazno».
En sus caminatas sacaba fotos. Lo hacía con su cámara, lo cual requería una computadora. Ahora lo hace con un celular. La tecnología permite hacer muchas cosas. Le gustaría recorrer localidades del interior, la campaña. A veces comparte fotos que sacan otras personas.
Le hubiera gustado trabajar, pero no se arrepiente. Y la vida da revancha, porque ahora lo está haciendo. A través de Durazno Digital ve un llamado de la Intendencia donde solicitaban docentes para dar cursos en los CIB.
Y se anota, porque a Susana le encanta el crochet, que aprendió con la abuela Felipa. Además, durante la pandemia de COVID, mientras cuidaba a Jorge, comenzó a tejer cuadros de crochet para entretenerse. Recuerda que, cuando los unió, eran tantos que pudo hacer una manta de dos plazas, cuenta riendo. “Cómo pude hacer tantos. Veía el montón, pero no me daba cuenta de la cantidad que eran”.
En esa época mira muchos videos sobre crochet y aprende la técnica de los amigurumis. Empieza haciendo animalitos sencillos; después va avanzando, hace mantas de apego y va perfeccionando los muñecos: sapos, elefantes, jirafas.
“Es una terapia, tenés que estar atenta, continuamente tenés que estar contando, manejando los aumentos en las carreras, las disminuciones. Te saca de todo, solo pensás en eso que estás haciendo”.
Por eso se inscribe en el llamado que vio en el diario. La idea era dar cursos de amigurumis en los CIB. Es tenida en cuenta y hoy da clases en los CIB del Este y en la Casa del Adulto Mayor. Le encanta enseñar. Sus alumnas están re copadas, la consultan, tienen un grupo de WhatsApp en donde le pueden hacer preguntas a toda hora. Las orienta, sabe que están haciendo algo que les gusta, en lo que se concentran y se divierten. Además, contribuye a que alguna de ellas pueda tener una fuente de ingresos. Se hacen llaveros en miniatura, jarritas de cerveza, sapitos. No es fácil el mercado, pero siempre es posible alguna venta.
Susana también vende sus amigurumis. Lo hace si se los piden, si le dicen qué quieren y si le dan el tiempo necesario para hacerlo.
Pone de manifiesto que ama lo que hace, tanto la docencia como la elaboración de las artesanías.
“Si pudiera le pondría corazón a las jirafas”, recuerda una que hizo en dos días. La alegría de la niña que la recibió es su mejor gratificación. “Sé que será la jirafa más amada de todas las que he hecho”.
En sus tiempos libres hace lo que le gusta: tejer. Agrega el mate amargo y mirar videos de YouTube, porque fue así como aprendió. Pero destaca: “No todo fue fácil, muchas veces tuve que armar y desarmar, no todo te sale perfecto de primera. No se aprende en un día, la práctica es fundamental. Además, no todos los videos son buenos, a veces te das cuenta de que tienen errores. Hay que aprender a buscar qué videos ver y hacer un camino propio de aprendizaje”.
No tiene sueños por cumplir. Se siente una mujer realizada. Crió a sus hijos, ahora está con esto de los cursos. “Espero que esto siga así”.
Agrega con serenidad, convencida de que hizo lo correcto: “No soy de hacer viajes, la vida no me lo permitió porque tuve que estar al lado de mi hijo, a quien extraño profundamente. Me preparé para su partida, sabía que iba a pasar, pero no lo he podido superar. Sé que tengo una familia preciosa que me quiere y me necesita, y estaré allí para ellos, en la medida que pueda”.
Le gustaría ayudar a la gente que no encuentra salida a las situaciones que enfrenta. “Jorge no habló, no podía caminar, no podía ir a las fiestas, nada. Eso no me deprimió. Vi lo mejor de él: las risas, las expresiones de alegría o de enojo. Creo que le tenía celos a uno de mis nietos. Por eso, las madres que tienen hijos con capacidades diferentes tienen que encontrar la forma de ver lo mejor de ellos, buscar la manera de salir adelante, evitar la depresión. Buscar ayuda, hacer terapia. La mía fue el tejido, pero otras madres necesitarán otro tipo de ayuda. Hay que aprender a buscarla y a pedirla”.
Cree que las personas tienen una fortaleza interior que deben encontrar y no decaer, que venimos a esta vida con un propósito y que, más allá de lo que nos toque vivir, debemos seguir adelante.
Personalmente, creo que Susana nos enseña mucho más que amigurumis. Por eso: ¡Gracias!
