Nació en Durazno, en el barrio Penza. «Donde todavía vivo. Fui a la Escuela Nº 10, soy una defensora de la educación pública, mis hijos también fueron y van a esa escuela y me compré una casa en el mismo barrio en el que crecí. Soy una chica de barrio», dice, un poco en broma y un poco en serio.
Por Anabela Prieto Zarza
Mónica Beatriz Huertas Canabé, de 47 años, es hija de Marylin y de Enestor. Enestor. tiene tres hermanos: Fredy, el mayor, de casi 50 años; Ana, de 45; y Patricia, de 36. Es la tía de Lautaro, Benjamín y Bautista, y la amorosa mamá de Emilia, de 16 años, y Juan, de 11.
Creció en un hogar humilde. Tenían que ir a buscar agua a la esquina se cocinaba con primus. Por eso valora tanto el camino recorrido y transmite a sus hijos la importancia de no olvidar nunca de dónde viene uno. Su papá era empleado municipal, pero a veces su sueldo no alcanzaba. Su mamá era ama de casa, aunque cuando fue necesario salió a trabajar como empleada doméstica y auxiliar de servicio en la escuela pública.
Al hablar de su vocación recuerda que su mamá siempre los tenía de punta en blanco, pero el estímulo por el estudio y el apoyo económico llegaron de la mano del «tío Rubén», hermano de su papá. Cuando tenía 9 años le preguntó si quería estudiar inglés. Ella respondió que sí y él le pagó el Anglo. Lo mismo hizo con computación.
«Siempre supe que quería estudiar, que iba a estudiar. Yo quería ser doctora. A mis muñecas las curaba, las vendaba, las operaba.»
A los 17 años, su tío le ofreció participar de un intercambio estudiantil para perfeccionar el inglés. Tampoco lo dudó.
«Creo que había ido dos veces en mi vida a Montevideo, mucho menos subirme a un avión. Me fui un año a Estados Unidos. Terminé el liceo allá y, cuando volví, di libres las materias que no me revalidaban.»
Terminó Secundaria e ingresó a Facultad de Medicina. También culminó sus estudios de inglés. El tío siguió apoyándola económicamente hasta que, en determinado momento, Mónica comenzó a trabajar para mantenerse.
Reflexiona: «Hace un año, mi tío, que estaba enfermo, me contó que había hecho hasta tercer año de Medicina y que no pudo terminar porque tuvo que trabajar. Eso explicó muchas cosas. Quizá mi vocación y el potencial que él vio en mí.»
Sus aspiraciones eran quedarse en Montevideo y desarrollar una carrera más académica dentro de la Medicina. Mientras cursaba primer año conoció a Martín, el papá de sus hijos. Permanecieron juntos durante toda la carrera y, una vez recibidos, decidieron volver al interior para formar una familia, convencidos de que allí sus hijos podrían crecer con más libertad y seguridad.
Se recibió de médica general en 2007, cuando ya estaban radicados en Durazno, aunque su objetivo era especializarse. Emilia nació en 2010 y ese mismo año comenzó la residencia de Medicina Interna. Durante tres años viajó todos los días a Montevideo. Salía a las cinco de la mañana rumbo al Hospital Maciel, regresaba a las dos y media o cuatro de la tarde y desde allí iba directamente a trabajar a CAMEDUR, porque necesitaba hacerlo. Lo que cobraba por la especialidad apenas alcanzaba para pagar los pasajes.
«Hoy miro hacia atrás y no sé cómo lo hice», reflexiona.
Una vez recibida de médica internista comenzó a desempeñarse como especialista en Medicina Interna tanto en Salud Pública como en el área de internación del Sanatorio.
Al referirse a esa etapa de su vida profesional dice: «La médica de ese entonces era otra persona. Se basaba y se enfocaba mucho más en el cuerpo, en la evidencia científica y en lo que afectaba al organismo.»
Pero en 2016 una experiencia cambió para siempre su forma de ejercer la profesión.
«Tuve un paciente en situación de últimos días que estaba en cuidados paliativos. Me dijo que no quería morir solo. No sabía cómo manejar esa situación. Me tomó de la mano y me quedé acompañándolo. Vi que algo se fue de él. La mirada le quedó opaca. Ahí descubrí que no somos solo un cuerpo, que hay algo más.»
Aquella experiencia marcó el inicio del camino que hoy transita. Realizó la Diplomatura en Cuidados Paliativos de la UDELAR, nuevamente viajando durante dos años, y actualmente ejerce como paliativista en el Hospital.
«Todo esto de acompañar a las personas en el final de su vida me resultó profundamente gratificante, porque acompañar al paciente y a su familia en un momento de tanta incertidumbre es muy importante. Siempre celebramos los nacimientos, pero la muerte, que es algo que todos vamos a vivir, también necesita ser acompañada.»
Ese recorrido le permitió afirmar que, además del cuerpo, somos mente, espíritu y también el resultado de nuestra biología, de nuestra historia y del contexto social y cultural que nos atraviesa.
«Todas esas cosas nos definen y nos van marcando. Quiero ejercer una medicina que contemple todos esos aspectos. Por eso comencé a transitar el camino de la Medicina Integrativa.»
Esta corriente integra la medicina tradicional y la evidencia científica con saberes ancestrales y disciplinas complementarias, como la medicina ayurvédica, el uso de plantas medicinales, el yoga, el chi kung y el mindfulness. Mónica también incorpora la biodecodificación, buscando el origen emocional de los síntomas o de la enfermedad.
«Partimos de la base de que todo síntoma o enfermedad tiene detrás una emoción generada por un conflicto. Ese conflicto puede estar en tu propia vida o incluso en la historia de tus ancestros. Por eso también incorporo las constelaciones familiares.»
Según su percepción, cada vez son más los médicos que se acercan a este enfoque. Incluso quienes no lo practican suelen recomendarlo porque observan los resultados en sus pacientes.
«Uno ve que existe una necesidad de enfocarse desde otro lugar, de mirar al otro como un todo. Para que eso suceda tenemos que manejar estas herramientas. Es más útil y también más satisfactorio. Los fármacos los conocemos todos; ese paradigma lo manejamos todos los médicos. Pero la diferencia la hace el profesional que también habla de la importancia del descanso, de socializar, de recibir el sol, de cultivar vínculos saludables, de vivir en armonía, de caminar descalzos, de pisar la tierra. El consultante se va con una recomendación médica desde otro lugar.»
Destaca especialmente el valor de la escucha activa, del entendimiento y de la compasión por parte de los profesionales de la salud.
«Somos dos seres humanos, uno de los cuales necesita ayuda. El contacto, una caricia, tomar una mano, es fundamental.»
En su vida personal también procura cuidar ese equilibrio. Dice que tiene varios «salvavidas». El ejercicio físico es uno de ellos.
«Hago ejercicio todos los días. Voy al gimnasio o salgo a correr. Me gusta mucho leer; cuando uno lee también hace terapia. Muchas veces les digo a mis estudiantes que los pacientes son como libros nuevos que uno empieza a leer.»
Tiene estudiantes porque es jefa de la Sala de Medicina del Hospital y coordinadora de internos.
También disfruta de la lectura de medicina y de otros géneros, del arte y de distintas expresiones creativas.
«Creo que el arte también es terapia. Mi abuela me enseñó a tejer en dos agujas, hago crochet, hace tres años asisto a clases de bordado todos los jueves y los martes voy a biodanza, donde danzamos las emociones y conectamos con el otro de una manera muy amorosa. He encontrado un equilibrio entre el trabajo y el tiempo con mi familia. Paso mucho tiempo con mis hijos y trato de estar plenamente presente en cada cosa que hago. El aquí y ahora, y estar donde realmente queremos estar, es muy importante.»
También pinta al óleo y reconoce que proviene de una familia de artistas.
«Mi madre fue profesora de topiarios, esos cuadros con relieve, en la Asociación de Jubilados. Mi hermano es director de Cultura de Sarandí del Yi y del Taller de Artes Plásticas; Ana baila folclore y Patricia es artesana. Como dice la palabra, el arte sana.»
Mónica integra el grupo “Liebres”. Se trata de mujeres alrededor del Uruguay, que tejen mantas para niños en cuidados paliativos. En Durazno, son un grupo de valiosas y solidarias mujeres que integran ese movimiento.
Tiene muchos sueños por cumplir, aunque hay uno que sobresale por encima de todos.
«Me gustaría tener un lugar físico donde ejercer la medicina integrativa, donde trabajemos muchos profesionales enfocados en las personas como un todo.»
De alguna manera ya comenzó a construir ese sueño, porque cada vez son más las personas que atiende en forma particular, donde puede ofrecer ese modelo integral de atención.
Para comunicarse con ella pueden hacerlo a través de su Instagram: @dra.monicahuertas.
Antes de terminar, deja una reflexión que procura transmitirles todos los días a sus hijos.
«Trato de enseñarles algo que considero muy importante: debemos aprender a escucharnos. Cuando sentimos algo en nuestro interior, tenemos que detenernos y escucharnos. El camino es de adentro hacia afuera; la sanación también lo es. Les recuerdo siempre que no hay limitantes en la vida, sino creencias limitantes.»
