Una mujer más fuerte de lo que ella misma imaginó

Andrea se considera arriesgada, decidida, sin miedo a los cambios, los cuales últimamente le gustan porque ha descubierto su propia fortaleza. Ha aprendido a ser resiliente, producto de las vivencias que se van teniendo con el transcurso de los años. «Lo negativo que te va pasando aprendés a mirarlo desde otro punto de vista, como un aprendizaje».

Por Anabela Prieto Zarza

Andrea Alejandra Leal Silva, de 52 años, es hija de María Esther (Gordita), ama de casa, y de Clelio (Quelo), quien trabajó en logística en el Frigorífico Tacuarembó. Su hermano mayor, Gustavo, falleció cuando tenía un mes y medio. Con Daniela, su hermana menor, supieron con el tiempo lo que esa muerte causó en la familia. Es la mamá de Juan Ignacio, de 24 años, y pareja de Javier. Agrega: «Y tía de Renzo y Germán».

De la pérdida de Gustavo se habló poco en su casa, pero cuando fallece el papá, ambas hermanas comienzan a indagar y entendieron muchas cosas de lo que se vivió en la familia. Con mucha terapia comprendió que sobre ella estaban puestas todas las expectativas que habían tenido con Gustavo y también todos los miedos. «Venís a ocupar el lugar de dos, no de uno».

De hecho, antes decía que tenía una hermana más chica; hoy dice que tiene dos hermanos, no uno solo. «Entiendo que cada uno de nosotros viene con un tiempo, un día y una hora marcada, y viene a cumplir una misión. La de Gustavo fue ese tiempo en esta vida».

Nació en Tacuarembó. Fue al Colegio Jesús Sacramentado, después a la Escuela Nº 1, al Liceo Nº 1 y llega el momento de irse a la capital a estudiar. La primera intención fue Psicología, aunque no era algo que tuviera definido. Por lo tanto, optó por Administración de Empresas, en la Escuela de Administración de la Facultad de Ciencias Económicas (EDA).

Extrañaba Tacuarembó, su casa y sus amigos. A la semana, parada en la esquina de 18 de Julio y Minas, llorando, le dice a su madre que se quiere volver. Contundente y sin aparentemente conmoverse, la mamá le respondió: «No volvés a Tacuarembó, te quedás acá porque tenés que estudiar». Hoy entiende que, si su madre hubiese titubeado un poquito, su destino habría sido otro.

Terminó la carrera y, como Montevideo le había terminado encantando, imaginaba seguir allí. Pero recibe una oferta para volver a Tacuarembó, la analiza y, sin consultar a nadie, la acepta.

La propuesta venía del Cr. Isaac Alfie, que abría una empresa financiera en Tacuarembó, y no le dio mucho plazo para pensarlo. Decidida, volvió dejando Montevideo, su novio, que fue el primer sorprendido, sus amigos y toda la vida que había construido allí. Sus padres también se sorprendieron; temían que fuera una equivocación.

«No lo fue. Trabajé 13 años en esa empresa. Quien era mi novio, papá de mi hijo, al mes volvió a Tacuarembó y al año nos casamos. Me encantó el trabajo, hice amistades que mantengo hasta la fecha».

Nace Juan, transcurre la vida, se separa. Años después cambia de trabajo en busca de nuevas oportunidades de crecimiento.

Llega Javier a su vida y surge una oportunidad laboral en Durazno. Deja todo: su trabajo, su ciudad, su familia, y se viene a Durazno. Estuvo un año sin trabajar por opción. Quería acompañar a Juani en la adaptación, estar disponible para él.

«Siempre digo que tengo un Dios solo para mí. Quería trabajar desde casa y surge un llamado para Gerente Regional en una empresa de cosméticos. Tenía a mi cargo Durazno, Flores y Florida, adonde tenía que viajar cada 15 días».

Al final decide buscar otras alternativas porque, si bien estaba en su casa, las jornadas eran de 10 a 12 horas frente a la computadora, además de los viajes. Entonces estaba, pero ausente. Se presenta a un llamado en BPU e ingresa. Allí conoció a una persona mágica, Lorena Fuques, con quien estableció una amistad que se mantiene a la distancia. «Es una mujer con tremenda experiencia de vida y, sin falta, en octubre voy a verla porque está radicada en España».

Esta mujer inquieta, siempre buscando nuevas oportunidades, se presenta a un llamado en Estancias del Lago, donde trabaja desde hace 12 años y se siente muy cómoda. «Me gusta destacar que es una empresa donde el factor humano es muy importante «.

En 2019 enfrentó un cáncer de mama. Tenía unos nódulos pequeños que controlaba rigurosamente todos los años, en marzo. Eso fue fundamental. En un control habían cambiado de características y se volvieron malignos.

«Inmediatamente fui al mastólogo, me diagnosticó y me dijo que en 15 días me operaba, y así fue. En realidad, no tuve tiempo de cuestionarme nada; además, era lo que tenía que hacer. Me hice los análisis de sangre, fui al anestesista, al cardiólogo… Creo que no asumí lo que me pasaba. Me operé y, como fue tomado muy a tiempo, solo me extirparon los nódulos. Después vino el tratamiento. Como la característica fue hormonal, no necesité quimio; me hicieron solo radioterapia».

Reflexiona y agrega:

«Después, cuando me hacía la radio y cuando estaba en casa con licencia, no podía creer que había tenido cáncer. No pude mencionar la palabra por mucho tiempo. Ahora, terapia de por medio, entendí que necesitaba aprender a vivir de una forma más ‘suelto y confío’. Me enseñó a estar más presente, a no preocuparme por cualquier cosa. Entendí que los trabajos, cualquier otra cosa material e incluso las relaciones van y vienen, pero que la salud es todo. Si no tenés salud, ¿para qué querés el resto?».

En esto de los aprendizajes y las pérdidas, cuenta que hace dos años la llamaron porque su papá, con 80 años, había sido internado por una descompensación. Quelo vivía en un residencial, pero era totalmente independiente: manejaba, entraba y salía, hacía una vida normal.

Cuando recibe la llamada estaba llegando de trabajar. Salió inmediatamente para Tacuarembó. Iba por Paso de los Toros cuando se comunica Claudia, la concuñada de su hermana, y le dice que vaya directo al CTI.

«Pude conversar con papá. Me dijo que ‘la vamos llevando bien’, que era su dicho. Le di tranquilidad, le dije que estaba en las mejores manos, que yo ya estaba ahí, que se quedara tranquilo. Cuando salgo, el médico me dice que era muy difícil que superara esa instancia. Llegué a la casa de mi prima y otra vez la llamada para que volviera al CTI. Papá estaba inconsciente. Falleció. Estuve con él a tiempo, pudimos hablar y eso lo voy a agradecer toda la vida».

Otro golpe duro fue el fallecimiento de su cuñado, El Pato. Con apenas 49 años y completamente sano, sufrió un ACV fulminante. En menos de 24 horas falleció.

«El Pato estuvo con mi hermana 30 años; ella tenía 16 y él 19 cuando comenzaron su historia. Era un hermano para mí. Con todo lo bueno que hizo, cuidar tanto a mi hermana y a mis sobrinos, hasta después de fallecer siguió haciendo cosas buenas: dio vida a otras personas».

El valor de ser donantes, un tema para reflexionar. En medio de tanto dolor, saber que a alguien se le está salvando la vida.

Las alegrías también llegan. Juan Ignacio se recibe de Oficial del Ejército, está radicado en Maldonado y, para Andrea, «ser la mamá de Juani es el mejor logro que he tenido. Por lo que es como persona; que tu hijo sea una buena persona es todo», dice emocionada.

Tiene un grupo de amigas con las que se conoce desde hace más de 25 años. Son siete. Tratan de juntarse cuando pueden, pero, al menos, una vez al año lo hacen.

«Si bien somos tan diferentes, todas tenemos la misma esencia; parece que fuéramos una sola. Cada vez que te juntás parece que hicieras la mejor terapia, que te tocaran el fondo del alma. Solo de pensar en ellas, te motivan. Así como te digo que mis sobrinos son ángeles, ellas también lo son. Me siento afortunada de tenerlas, aunque no nos veamos a diario».

En Durazno, además de vivir y trabajar, «he conocido a tanta gente maravillosa que me ha ayudado a superar las cosas negativas que me han pasado, que ha contribuido a que sea mejor persona. Tener salud y tener gente buena a mi alrededor es lo mejor que me puede pasar».

Dedica su tiempo libre a leer mucho, sobre todo sobre crecimiento personal: Ho’oponopono, Reiki, Diksha. «Todo lo que me ayude o me dé una herramienta para que se me haga más fácil la vida, eso es lo que me apasiona. Lo hago para mí».

Le gusta mucho viajar. «Gracias a Dios he tenido la posibilidad de hacerlo, de conocer diferentes lugares». Infaltable es concurrir al gimnasio; le apasiona hacer pilates.

Tiene un sueño: cuando se jubile, irse a vivir a un lugar con costa. «Me encantaría Maldonado».

Está absolutamente convencida de que se debe cuidar la salud mental y de que muchas enfermedades son consecuencia de cuestiones emocionales.

«Estaría muy bueno que las mutualistas y los centros de salud pusieran más atención en la salud mental porque hay mucha gente que lo está necesitando y no puede hacer frente a un tratamiento por no acceder económicamente. Me asombra y me preocupa cómo la está pasando la gente por diferentes temas: económicos, familiares, vinculares. Me doy cuenta de que necesitan ayuda, que se están enfermando, somatizando las angustias y las presiones. Seríamos una sociedad más empática si este tema fuera de fácil acceso para todos los que necesitan atención».