La científica que ahora también investiga quién quiere ser

Se percibe muy exigente consigo misma. Siente que se ha postergado un poco por el trabajo y por la maternidad. Aunque todo lo hace por amor, reconoce que, muchas veces, maternar sola exige aún más. Sin embargo, está atravesando una etapa de redefiniciones.

Por Anabela Prieto Zarza

María Laura Umpierrez Peña, de 42 años, es mamá de dos preadolescentes, Juana y Guadalupe, de 9 años, que se ven iguales, pero no quieren ser iguales ni lo son. Los temas de identidad marcan buena parte de la agenda de Laura y de sus hijas.

Hija de Daniel y Doris, creció como la hermana mayor y única mujer de tres hermanos varones: Agustín, Adrián y Alfonso. Hoy también es tía de tres sobrinos.

Es química agrícola y medio ambiente, formada en UDELAR. Durante muchos años creyó que su vida estaba en el laboratorio de ecología química, donde se desempeñó profesionalmente y tuvo excelentes formadores que despertaron en ella el interés por la investigación. Con ellos realizó sus estudios de posgrado.

Radicada en Ciudad de la Costa, con las niñas pequeñas, por razones personales, decidió volver a Durazno. Sabía que en Montevideo las oportunidades de crecimiento profesional eran mayores, pero primó la crianza de sus hijas, que apenas tenían dos años, junto con la contención de su familia y de su entorno al momento de tomar esa decisión.

Durante doce años trabajó en la Facultad de Química. Después de regresar a Durazno viajaba los sábados para dar clases. En ese período surgió un llamado en el Polo Tecnológico para desempeñarse como docente y se anotó. También lo hizo en la UTU.

Fue un desafío muy grande. Eran alumnos de otras edades, con otra realidad y otra perspectiva, a la que tuvo que adaptarse. Fue una experiencia muy enriquecedora, que le dejó grandes aprendizajes y por la que está profundamente agradecida, aunque reconoce que no era exactamente lo suyo.

Más adelante surgió un llamado en la UTEC para la carrera de Ingeniería Agroambiental, que recién comenzaba a formarse, y decidió presentarse.

Era su lugar. Era volver a la docencia universitaria. Desde marzo de 2020 hasta la actualidad trabaja en la UTEC.

También allí tuvo grandes desafíos. Ingresó a la institución apenas dos días antes de que comenzara la pandemia. Debió empezar a dictar clases de una manera completamente diferente. No estaba habituada a la virtualidad y, además, tenía que elaborar programas, preparar contenidos y trabajar con colegas a quienes ni siquiera conocía personalmente. Sin embargo, lo logró y atravesó aquella etapa. Mirándolo en perspectiva, reconoce que hizo algo que jamás hubiera imaginado ser capaz de hacer.

Aprendió a comunicarse de otra manera: a no ver personalmente a los estudiantes, a interactuar únicamente a través de una cámara, a no percibir sus reacciones ni saber con certeza si estaban comprendiendo los contenidos. Actualmente la carrera mantiene una modalidad híbrida, lo que sigue representando un desafío. Integrar la tecnología para mejorar la enseñanza y despertar el interés de los alumnos requiere un esfuerzo permanente, aunque también es consciente de que abre oportunidades para muchas personas que, de otra manera, no tendrían acceso a la educación terciaria.

Trabaja intensamente, cuarenta horas semanales, entre la UTEC y el Polo Tecnológico. «El Polo mueve mi corazón porque extraño la presencialidad, me gusta escribir en el pizarrón», dice entre risas.

Se siente plenamente realizada con su trabajo. La investigación la apasiona y disfruta especialmente participar en congresos, ahora que «las nenas están un poquito más grandes». Procura asistir al menos a uno por año, ya sea con compañeras de investigación o junto a estudiantes. «Volvés con otra energía, con otro impulso.»

Actualmente integra un equipo de investigación conformado por otras cuatro mujeres, algo que destaca con mucho énfasis. Se trata del Grupo de Agroecología, Sustentabilidad y Medio Ambiente (GASMA). Todas las líneas de trabajo están orientadas a apoyar la agroecología y a los productores familiares.

«La fundadora del grupo es una colega brasileña que está despegada y radicada en Durazno. Las demás tenemos distintas formaciones: una es bióloga, otra agrónoma, otra comunicadora. Todas ponemos nuestras líneas de trabajo bajo ese paraguas que es la agroecología. En mi caso investigo extractos vegetales que puedan utilizarse para controlar plagas y enfermedades de los cultivos. Como son naturales, se llaman bioinsumos y pueden emplearse en la producción agrícola. Ese es mi aporte a la investigación.»

Agrega que la mayoría son mamás o tías que apoyan las crianzas y cree que eso hace que el grupo tenga una sensibilidad distinta a la de otros equipos de investigación. Considera que el rol de las mujeres aporta mucho desde el sostener y el cuidar.

Parte de su tarea consiste en organizar jornadas destinadas a productores, estudiantes y colegas. Todos valoran el trabajo que realizan.

«Nuestra ciencia es más personalizada y no tan rígida. Todas las investigaciones que hacemos llegan directamente al territorio. Trabajamos, por ejemplo, en el bosque ribereño del Yi. Eso me conecta con el lugar donde crecí, me permite conocer mi lugar de origen desde una mirada más profesional y aportar desde allí.»

En cada comentario, María Laura deja claro que ama profundamente lo que hace y que su compromiso con su profesión es absoluto.

También participa de un programa de radio por streaming que se emite por la 102.7 y cuyos programas quedan disponibles en YouTube. Llegó por invitación.

«No fui la primera opción», dice entre risas. Buscaban una voz femenina con un perfil profesional vinculado a las ciencias. Comparte el espacio con Conrado, profesor de Educación Física, y David, profesor de Filosofía.

En cada programa proponen un tema, lo debaten, reciben invitados y procuran abordar cada asunto desde miradas diferentes, acercándolo a la gente de una forma sencilla e interesante.

«Las personas opinan y nos hacen llegar sus mensajes. Siempre tratamos de terminar con un mensaje positivo.»

Cuando se le pregunta qué le gusta hacer en su tiempo libre, responde riendo:

—¿Cuál tiempo libre? ¿Qué es eso?

Sin embargo, enseguida agrega que disfruta muchísimo de la playa, del campo, algo heredado de su familia, de conectarse con la naturaleza, bajar el ritmo y tomar un té al sol.

«Tanto que ahora las nenas son las que me invitan. Es algo que traigo de mis abuelas; lo hacíamos en el campo. Trato de compartir mucho con mis hijas y, durante el año, intento reservar una semana que sea solo mía, ya sea para asistir a un congreso o simplemente para quedarme en casa y pensar en mí, en quién quiero ser. Es un proceso de redescubrirme como mujer, independientemente de mi profesión o de mi rol de mamá. Mi desafío es pensar también en mí.»

Integra el sindicato de UTEC, la Asociación de Docentes de UTEC, Investiga.Uy y varias sociedades uruguayas vinculadas a su especialidad, como Fitopatología y Entomología. Además, es delegada en el Plan Nacional de Agroecología, del cual participa su grupo de investigación, algo que considera de enorme importancia porque les permite incidir en las políticas públicas que se desarrollan en el país.

Dice no tener un sueño puntual por cumplir, aunque sí le gustaría contribuir a construir universidad y formar personas con pensamiento crítico y valores, no solo profesionales desde el lado técnico.

«Y, obvio, también quiero ser referente para mis hijas. Quiero que sean buenas personas en este mundo que está tan raro, que sigan conservando los valores de la familia y de la amistad.»

Está convencida de que, aunque durante mucho tiempo se enseñó a las mujeres a competir por los espacios, cuando trabajan juntas logran mucho más.

«Hay que cambiar esa construcción de mujeres que compiten entre ellas. Tenemos que contribuir a que la gente entienda que las mujeres juntas trabajamos muy bien, nos cuidamos, no necesitamos pisarle la cabeza a nadie y cada una da lo mejor de sí desde el lugar que ocupa. En nuestro grupo nos manejamos con esa premisa, nunca dicha, pero que todas sabemos que está.«