No enseña presos: enseña personas que algún día volverán a la sociedad

Una vida apostando por quien casi nadie apuesta

Silvia Fraigola Sappia, de 61 años, es hija de Sinforiano y Julia. Nació en la casa de María Aldao, como tantos niños en aquella época. Expresa que sus padres también eran duraznenses, con una historia de amor que merece ser compartida. Su mamá era hija de crianza de la familia Bonomi Alburquerque, cuya casa se ubicaba al lado del Club Uruguay (hoy Museo Rivera), y su papá era policía. Después fue conocido como el comisario Fraigola, pero de joven salía a hacer vereda por la calle Rivera, pegado a donde hoy está la Jefatura. Desde sus respectivos lugares, a través de la Plaza Independencia, se veían y así comenzó su historia de amor, de la que proviene Silvia.

Por Anabela Prieto Zarza

Se percibe como una mujer enamorada de la vida, de los desafíos del día a día, del reinventarse; una mujer que disfruta y agradece cada amanecer y también las dificultades que nos toca vivir, porque son las que nos hacen ser quienes somos. Su jubilación duró apenas 11 días: comenzó nuevamente a trabajar en lo mismo porque ama su profesión y volvió a la docencia.

Silvia es la mamá de Camila, de 34 años. “Es una hija hermosa”, dice, y es además la abuela de Santino, “que es la luz y el sol en esta etapa de mi vida”.

Para los padres de Silvia, la educación de sus hijos era muy importante. Por eso, a los 4 años la inscribieron en el Colegio Inmaculada Concepción. Lloraba todo el tiempo y no quería ir. Entonces la anotaron en el Jardín 83.

“Lo amé, no quería faltar jamás. Con lluvia, mi padre me llevaba en bicicleta, tapada con un nylon para que no llorara. Recuerdo que me recibió la maestra Vera y la directora Alicia”.

Luego concurrió a la Escuela Nº 8, donde cursó primero y segundo año. Posteriormente, al abrirse la Escuela Nº 85 en el barrio El Cuartel, terminó allí la primaria. La escuela funcionaba en el edificio de la Escuela al Aire Libre. En esa época inauguraron el edificio nuevo. La Directora Gogó Michelena y luego Nicanor Prieto (mi papá). El padre de Silvia integraba la Comisión Fomento junto con el papá de Olga Ferreira. Ambas fueron abanderadas. Con Olga hicimos juntas Magisterio y siempre me recuerda a mi padre. Vidas que se cruzan, en distintos momentos y etapas. Hoy Silvia lo nombró en el mismo contexto.

Vuelvo a Silvia. Cursó Secundaria en el Rubino y, en cuarto año, por el Plan 77, tuvo el pase directo a Magisterio. Hizo en Durazno dos años de Pre-Magisterio, como le llamaban entonces, y primer año del profesional. Luego se casó y se mudó a Montevideo, donde culminó la carrera.

Como maestra ejerció solamente dos años en un colegio privado de la capital. Ante un llamado para dictar clases de Idioma Español en Los Cerrillos y Santa Lucía, se presentó y así comenzó a trabajar en Secundaria, actividad que continúa desarrollando hasta la fecha, aunque posteriormente lo hizo únicamente en Montevideo.

Por elección personal, dicta clases en las cárceles. Existe un convenio entre el Ministerio del Interior, el INR y Secundaria para brindar clases a las PPL (Personas Privadas de Libertad).

Consultada sobre qué motivó tal elección, contesta que cree que se debe a la experiencia que tuvo durante su práctica docente en la Unidad Lavalleja, un asentamiento donde vio tantas necesidades y comprendió que había mucho por hacer. Quedó con esa inquietud pendiente.

Cuando hubo concurso para trabajar en las cárceles, se presentó y lo ganó. De eso hace ya 21 años y, desde entonces, trabaja de forma ininterrumpida en el COMCAR. La elección de horas se realiza todos los años y todos los años elige el COMCAR.

Define así su trabajo: “Las personas privadas de libertad están cumpliendo una condena para poder pagar su deuda con la sociedad. Me gusta estar en la vereda de enfrente, no ser un juez, investigar por qué llegaron a eso y trabajar con ellos. No se trata solo de enseñarles un verbo; no es un trabajo de alfabetización solamente. Hay que trabajar en los hábitos, en el respeto por la opinión de los demás, en el cumplimiento de las normas sociales, en que logren entender que la educación les permitirá tener mejores oportunidades de reinserción en la sociedad, que aprendan a hacer un trámite, que puedan pagar un recibo, hacer una cola en un organismo público. Es mucho más que alfabetizar”. También ha hecho sus aportes en la cárcel de mujeres y en la cárcel de mujeres con hijos.

Le pregunto si no le afecta lo que ve y vive en ese contexto, y me contesta: “No lo traigo a mi casa ni a mi vida. Doy lo mejor de mí en el momento que estoy con ellos. Mis planificaciones son exquisitas, trato de que mis clases sean amenas, que el material sea el mejor, de plantearles situaciones reales: que subió el boleto, el costo de la fruta, de los alimentos o de la ropa. Somos el nexo con el afuera. Desconocen lo que pasa afuera. Enseño lectoescritura y soy la conexión con la sociedad a la que, en algún momento, van a regresar. Tienen que aprender a hacer cosas que nunca hicieron”.

Manifiesta que son muchos los docentes que trabajan en ese contexto y que todos son muy conscientes de la importancia de su labor.

“Además, trabajo para la ANEP y para la DEJA, a través del programa Uruguay Estudia, que ofrece la oportunidad de completar la alfabetización y el ciclo básico para personas mayores de 21 años; es decir, que puedan terminar tercer año de ciclo básico. Por eso trabajo en el Centro Nº 9 de Uruguay Estudia, que abarca las zonas de Marconi y Casavalle”.

Silvia se considera una persona socialmente activa en lo político, desde el lugar de la responsabilidad. Lee mucho y pertenece a una fraternidad filosófica donde trabaja su desarrollo personal, el autoconocimiento, la ética, los valores y el compromiso con la sociedad.

Le encantan las actividades al aire libre. No tiene patio, pero en pallets tiene macetas y, junto a su nieto, cuidan una hermosa huerta.

Siempre tuvo un montón de sueños porque es sumamente inquieta. Últimamente siente interés por volver a Sarandí del Yi y a El Carmen, donde su padre fue comisario y ella pasaba temporadas de niña. Tiene un recuerdo muy tierno de darle la mamadera a una oveja negra que se llamaba Cacha.

Le gustaría conocer el Uruguay en profundidad: su gente, su historia y nuestra identidad. A su padre le gustaba mucho la historia nacional y a su nieto también. Siempre está haciendo preguntas e indagando. Por eso le gustaría compartir esa experiencia con el niño, disfrutando además de la naturaleza y vivenciando nuestra historia.

Considera que se debe vivir de forma tal que nuestro accionar sea consecuencia de nuestras palabras y que nuestras palabras sean consecuencia de nuestro accionar.

“El mundo necesita una mirada de compromiso, de energía positiva, de aportar humildemente desde nuestro lugar como mujeres. Las mujeres somos como una semilla de creación; por lo tanto, debemos trabajar desde nuestro lugar para contribuir a una sociedad más justa, con mejores espacios de convivencia, aunque nos parezca que nuestro aporte es mínimo”.

Reflexiona: “Las mujeres debemos considerarnos raíz, vida y futuro. Somos permanencia, continuidad. Veo a la mujer desde ese lugar. Debemos tratar de que nuestra voz se escuche, dar el ejemplo y lograr consonancia entre el discurso y la acción, que debe ser armoniosa. Es importante disfrutar y agradecer. Si bien la familia es fundamental, la mujer debe tener su espacio para ella, para crecer, porque de esa forma hace su mejor aporte a su familia”.