Se considera metódica, ordenada, planificada y estructurada, aunque reconoce que con los años ha aprendido a ser un poco más flexible. Se entrega al 100 % en todo: en el trabajo, en la familia, en las amistades. Siempre intenta dar lo mejor de sí.
Por Anabela Prieto Zarza
Disfruta del hogar, de su familia; llegar a su casa es llegar a su lugar de paz. Ama profundamente a sus hijas. También es, según sus propias palabras, “muy curiosa”. Le encanta aprender, estudiar, entender cómo funcionan las cosas. Es sociable, optimista y trata de encontrar el lado positivo de cada situación.
Se trata de Marianella Recuero Olivera, de 52 años, hija del Petiso Luis y de la maestra Flor, esposa de Sebastián y mamá de Lupe, de 18 años, y Amparo, de 14. Tiene dos hermanos, Gonza e Isa, y una gran familia de sobrinos, tanto sanguíneos como políticos, todos muy queridos.
Le dicen Nela o la Negra. Nació en Trinidad y su infancia transcurrió entre Flores y Durazno debido a los destinos laborales de su madre. Sus primeros años escolares los cursó en la Escuela Rural Nº 55 de Sarandí de Cuadras, donde Flor era directora. A los siete años la familia se instaló definitivamente en Durazno. Terminó la escuela en la querida “Universidad de la Amarilla”, como la llaman en el barrio, y cursó secundaria en el Rubino, orientándose finalmente hacia Ingeniería.
Su adolescencia fue feliz y transcurrió entre Durazno y Trinidad. En Durazno cultivó amistades que conserva hasta hoy, compartiendo bicicleteadas, paseos en honditas 50, tardes en el río Yi y reuniones interminables. En Trinidad disfrutó especialmente de la compañía de una prima muy cercana y de su grupo de amigas.
Sin una vocación claramente definida, y porque le gustaban los números, comenzó Química. Pronto descubrió que no era lo suyo e incursionó en Ingeniería en Alimentos. Paralelamente se interesó por la gestión de calidad, se formó en normas ISO 9001 a través de UNIT y encontró allí un camino profesional que la apasionó.
La carrera de Ingeniería en Alimentos quedó inconclusa, casi terminada, pero ella era feliz con el rumbo que había tomado. Agradece especialmente a sus padres, y sobre todo a su madre, que tras la muerte temprana de su padre continuó apoyándolos para que cada uno encontrara su propio camino.
“Nos dejaron ser. Nunca nos exigieron volver con un título. Nos dieron alas y nos acompañaron para que fuéramos felices y nos realizáramos en lo que eligiéramos”.
Vivió en Montevideo hasta los 38 años, en esa época trabajaba en CONATEL en el área de calidad como Coordinadora.
“Me costó encontrar el amor. Conocí a un chico de Rocha con el que teníamos un amigo en común, pero ni lo registraba. Un día nos encontramos en un baile de carnaval en la Barra del Chuy y empezamos a salir”.
Dos años después ya convivían y poco tiempo más tarde decidieron casarse. Lupe llegó enseguida. “Nos casamos un 5 de agosto y Lupe nació un 17 de agosto del año siguiente”.
Habla de Sebastián con enorme cariño. “Nos complementamos muy bien. Él es tranquilo, yo soy ansiosa. Disfrutamos de las mismas cosas. A veces miramos hacia atrás y nos sentimos felices por lo logrado, por la familia que construimos. Este año cumplimos 20 años de casados. Seguimos viajando solos, nos reímos de las mismas cosas que el primer día. Como padre y como pareja me ha apoyado en todo. Ha sido un pilar para seguir creciendo”.
Cuando Sebastián inició un emprendimiento en Durazno y Lupe aún era pequeña, decidieron regresar. Nela viajaba diariamente a Montevideo para trabajar, contando una vez más con el apoyo incondicional de Flor.
Poco después surgió la oportunidad de incorporarse a la Intendencia de Durazno para trabajar en certificación de procesos e implementación de normas ISO. No dudó en aceptarla. La experiencia le permitió conocer las particularidades de la gestión pública, desarrollar estrategias y aprender a trabajar dentro de marcos normativos diferentes a los del sector privado.
Al año apareció una nueva oportunidad en Estancias del Lago, en las áreas de calidad y medio ambiente. Durante un tiempo mantuvo ambos trabajos, nuevamente sostenida por la ayuda de su madre y de Sebastián.
Fue precisamente en esa etapa donde comprendió que los procesos productivos debían ir acompañados de una gestión ambiental responsable.
“Los grandes procesos productivos tienen que desarrollarse junto con el uso eficiente de los recursos”.
Esa inquietud la llevó a capacitarse en producción más limpia en la Universidad de Montevideo, despertando un interés que marcaría una nueva etapa de su vida.
Cuando llegó a Durazno la tecnicatura en Energías Renovables de UTEC, encontró la oportunidad perfecta para profundizar en esas inquietudes. Trabajaba en una empresa vinculada a la generación de energía renovable y además le interesaba especialmente el proceso de diversificación energética que comenzaba a desarrollarse en el país.
Amparo tenía apenas cuatro años y Lupe ocho cuando decidió volver a estudiar. La UTEC estaba ubicada en el antiguo Liceo Militar. Revalidó materias cursadas años atrás y obtuvo el título de Tecnóloga en Energías Renovables.
Durante la defensa de tesis, ya en el edificio actual de UTEC, dos compañeros le plantearon continuar hasta obtener el título de ingeniera. Poco después, un profesor que había tenido años atrás también la desafió: “¿No vas a terminar?”.
La respuesta llegó después de una conversación familiar. “¿Por qué no? Capacidad te sobra. Hacelo a tu ritmo, pero hacelo”, le dijo Sebastián.
Y lo hizo.
La logística familiar volvió a ponerse en marcha. “A veces Lupe iba conmigo a clases y hacía los deberes por ahí”.
Finalmente obtuvo el título de Ingeniera en Energías Renovables. Formó parte de los primeros cinco egresados de la carrera y fue la primera mujer en lograrlo. Se recibieron en 2020 y recibieron el título durante la pandemia.
Pensó que allí terminaba su etapa de estudiante. Sin embargo, más tarde realizó un posgrado en Biogás en la Universidad de Córdoba y posteriormente decidió concretar otro objetivo postergado por su enfermedad: una maestría.
Analizó tres opciones, dos en España y una en Estados Unidos. Los costos parecían imposibles de afrontar, pero recibió una beca que cubría el 60 % del valor por ser mujer, ingeniera y latinoamericana.
Interpretó aquello como una señal. Desde hace apenas un mes es Máster en Gestión Ambiental y Energética.
Dice que ahora sí colgó los botines del estudio. ¿Ustedes le creen? Yo tampoco.
Como parte de sus controles médicos anuales, motivados por su carácter metódico y por antecedentes familiares, un médico detectó algo que no le gustó. Recomendó una punción inmediata. El resultado fue un diagnóstico de cáncer de mama, en principio de fácil tratamiento.
“Cuando recibí el diagnóstico se me nubló todo. Lupe cumplía 15 años en nueve meses y teníamos muchos planes. Le dije a Seba: nada de lamentarnos ni de pobrecita. De esto vamos a salir”.
Necesitó procesarlo a su manera. “Agarré una bicicleta y me fui. Cuando logré serenarme, volví y pensé en lo que había que hacer”.
Se operó rápidamente e inició el tratamiento. Durante ese período fallecieron por la misma enfermedad una prima y una amiga/vecina, golpes que hicieron el camino más difícil, pero también fortalecieron su determinación. “Esto no me va a ganar”.
Todos los días viajaba a Florida para realizar radioterapia. Iba y volvía manejando, acompañada por su madre, por Seba hasta por un sobrino que se vino de Mdeo especialmente para acompañar. “Yo quería llegar a agosto, al cumpleaños de Lupe, de alta”.
Además, se realizó un estudio genético para conocer los riesgos hereditarios para sus hijas. El resultado fue tranquilizador: no era portadora de los genes asociados.
“El cáncer marcó un antes y un después. Aquella mujer que tenía que poder con todo entendió que algunas cosas pueden esperar. Aprendí a disfrutar más la vida, a preocuparme por lo realmente importante. Fue un golpecito en la espalda para reaccionar y valorar una segunda oportunidad”.
Desde entonces mira la vida desde otra perspectiva.
Ama la playa. Disfruta sentarse al sol con un libro, ya sea en el Sauzal o frente al mar. También le gusta remar. “Con Seba teníamos un debe y lo saldamos: hicimos la travesía del Polanco del Yi”.
La experiencia la marcó profundamente. “Estuvimos dos días sin celular, disfrutando del monte, del río, de los distintos tonos de verde. Fue paz total”.
No sabe si le quedan sueños pendientes. Como madre, desea ver a sus hijas realizadas como mujeres y profesionales, en aquello que elijan. “Las alas las tienen y los valores también”.
Y después, lo que venga. Está abierta a nuevos desafíos.
Le gusta especialmente un verso de Antonio Machado: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”.
Tal vez porque resume gran parte de su propia historia. Así como valora las alas que su madre le dio, intenta darles las mismas a sus hijas. Está convencida de que los sueños no deben resignarse por nada ni por nadie.
En el acierto o en el error, hay que seguir adelante. Si sale bien, mejor. Y si hay una caída, transformarla en aprendizaje. Porque de las lecciones aprendidas también se vive.
