Cada Mundial deja imágenes inolvidables, pero muy pocas consiguen trascender el resultado deportivo para convertirse en parte de la historia de la fotografía. En esta columna de Huella Cultural volvemos sobre “El abrazo del alma”, la emblemática imagen captada por el fotógrafo Ricardo Alfieri durante la consagración argentina en 1978, para descubrir la historia detrás de uno de los instantes más extraordinarios del fotoperiodismo y comprender por qué, casi cinco décadas después, sigue siendo una obra imprescindible para entender el poder de una fotografía.
Miles de personas habían invadido el césped del Estadio Monumental. Los abrazos se multiplicaban, las banderas cubrían el campo de juego y la euforia parecía no tener fin. En medio de aquella celebración, un fotógrafo seguía mirando a través del visor de su cámara. Era Ricardo Alfieri, uno de los grandes referentes del fotoperiodismo argentino y fotógrafo de la histórica revista El Gráfico, una publicación que marcó a generaciones de periodistas y fotógrafos en toda América Latina.
Acostumbrado a cubrir los principales acontecimientos deportivos, Alfieri había construido una carrera basada en la búsqueda de ese instante irrepetible que distingue a las grandes fotografías. No imaginaba que aquella tarde del 25 de junio de 1978, cuando Argentina derrotó 3-1 a Países Bajos y obtuvo su primera Copa del Mundo, registraría la imagen por la que sería recordado en todo el mundo.
La escena ocurrió en apenas un instante. El arquero Ubaldo Fillol y el defensor Alberto Tarantini se abrazaban de rodillas sobre el césped cuando apareció Víctor Dell’Aquila, un joven que había perdido ambos brazos durante su infancia a causa de una descarga eléctrica. Corrió hacia los campeones para sumarse al festejo y, por la posición de su cuerpo y el movimiento de las mangas vacías de su pulóver, nació una imagen que parecía imposible. En ese preciso segundo, Alfieri presionó el disparador de su cámara.
Ese es, quizás, el mayor valor de la fotografía. Alfieri no preparó la escena ni pidió repetirla. Simplemente hizo lo que distingue a los grandes fotoperiodistas: comprender que, entre cientos de festejos casi idénticos, estaba ocurriendo un momento único. La técnica era indispensable, pero también lo eran la experiencia, la intuición y la sensibilidad para reconocer que aquel abrazo decía mucho más de lo que mostraban los protagonistas.
Con el paso de los años, “El abrazo del alma” dejó de pertenecer únicamente al deporte. La imagen trascendió el Mundial de 1978 y pasó a integrar la historia del fotoperiodismo. Fue publicada en innumerables medios, recibió reconocimiento internacional y continúa siendo una referencia para quienes entienden que una gran fotografía puede resumir una historia completa en una sola fracción de segundo.
La historia de “El abrazo del alma” también está ligada al contexto en que fue tomada. El Mundial de 1978 se disputó durante la última dictadura militar argentina, un período marcado por graves violaciones a los derechos humanos. Al mismo tiempo que el país celebraba la conquista de su primer título mundial, el torneo fue utilizado por el gobierno de facto para proyectar hacia el exterior una imagen de normalidad, convirtiéndose con el paso de los años en uno de los campeonatos más debatidos y controvertidos de la historia del fútbol. En ese escenario nació la fotografía de Ricardo Alfieri, una imagen que con el tiempo logró trascender el contexto político para convertirse en un símbolo universal del fotoperiodismo.
Hay fotografías que muestran un hecho. Otras consiguen algo mucho más difícil: darle una forma visible a una emoción. “El abrazo del alma” no inmortalizó solamente un campeonato del mundo. Demostró que, a veces, una imagen puede abrazar mucho más de lo que alcanzan los brazos.
