“No quiero esto para vos”, la frase que cambió su vida

Juan Carmelo Mohozzo y Eva Forischi tuvieron 11 hijos, de los cuales sobreviven 4. Una de ellas, Teresita Anabela, es una de las más chicas. En el ámbito familiar le dicen Petunia, sobrenombre que mantiene a sus 55 años y que le debe a su hermana Raquel, que le puso así por la flor del mismo nombre

Por Anabela Prieto Zarza

Teresita Anabela tuvo una infancia difícil. Un hermano que pasaba mucho tiempo internado en Montevideo provocaba que los demás sintieran con bastante frecuencia la ausencia de sus padres.

En ese marco, a Petunia, con apenas 4 años, le tocó sufrir, con personas ajenas a su familia, situaciones que ningún ser humano debería atravesar. En aquella época no se hablaba de estas cosas y las heridas marcaron profundamente el crecimiento, la adolescencia y la adultez de esa niña.

Con la rebeldía que le generó lo vivido, se convirtió en una niña guerrera. A los 6 años comenzó a acompañar a su padre, que era policía y, después del horario de trabajo, le entraba al carro de arena, a montear con el trozador y a fabricar ladrillos. Cree que iba con gusto porque necesitaba fortalecerse para superar lo que había vivido y poder hacerle frente a lo que viniera en la vida.

Concurrió a la Escuela N.º 10 y después al Liceo Rubino.

Soñaba con ser alguien, ser profesora de Educación Física o de Matemáticas. En ambas cosas era buena. Pero en quinto año dejó el liceo para dedicarse por completo a colaborar para parar la olla familiar.

Una de sus hermanas se enfermó y fue internada. Llegaron a la casa paterna seis nietos primero y uno más después, a los que había que mantener y de los cuales sus padres, ella y sus hermanos tuvieron que hacerse cargo.

Petunia ya era ducha en todos los oficios que había aprendido junto a su padre. Habían logrado levantar la casa, cambiando ladrillos por otros materiales en la Barraca Colón.

“Levantamos la casa, humilde, pero siempre había pobreza. No daba, nunca alcanzaba. Mi padre era re trabajador, se partía el lomo, pero no daba. Y mi madre haciendo de todo en la casa, cuidando a todos. Yo debía proteger a mi madre, para ella tampoco era fácil la vida. Tener la casa propia para nosotros era muy importante”.

Llegaron esos nietos y la situación se complicó aún más porque Carmelo se enfermó. Los sueños de Petunia se postergaron. Dejó todo, incluso los deportes. Lo que más le gustaba era el fútbol y andaba muy bien.

Mira hacia atrás y recuerda que sentía un vacío enorme. Se trabajaba y se trabajaba y no se mejoraba para nada.

“Dormían ocho gurises en dos camas. Entre todos nosotros tuvimos que atender a esos gurises”.

La frustración y el enojo eran tan grandes, y el ambiente en el que se movía tan complejo, que cayó en el alcohol. Amigos que no eran tales, que estaban para acompañarla en su adicción, agravaron aún más la situación. Formó pareja dos veces, pero ninguna de las relaciones prosperó. Con el último compañero podrían haberse salvado juntos, pero él no lo intentó y Teresita se fue.

La vida de Petunia era el trabajo rudo, a la par de un hombre, y el consumo de 15 botellas de cerveza, tres cajas de cigarrillos y un tabaco todos los días.

La comida no faltaba en su casa, pero ya no podía más. Sus sobrinas, que ya estaban en los caminos de Dios, oraban por ella para que dejara esa vida. Pero no podía.

Un día, que agradece eternamente, venía caminando por la calle con una botella de cerveza y sintió que alguien le decía: “No quiero esto para vos”. Y agrega: “Cada vez que cuento esto me erizo”.

Llegó a su casa, compró tres cervezas más, tabaco y cigarrillos, que no le podían faltar, y se acostó. Otra vez sintió la voz que le decía: “Hija mía, no quiero eso para vos”.

Fue un antes y un después. Entendió que era Dios hablándole. Se levantó y tiró las cervezas, el tabaco y los cigarrillos. Dios había escuchado las plegarias de sus sobrinas.

Continúa con total sinceridad: “Yo odiaba a Dios. Dios era yo, porque yo me rompía el alma y no mejorábamos, no estábamos bien. Hoy estoy convencida de que la oración tiene poder y que el clamor de mi sobrina fue escuchado. Mi vida cambió”.

Para explicar sus sentimientos cuenta: “En el año 2000 estaba en Montevideo jugando al fútbol femenino. Me iban a llevar a Brasil a jugar y esa noche me llaman para que volviera a Durazno porque papá se había vuelto a enfermar y era grave. Odié a Dios, lo insulté. No entendía por qué me hacía esto. Irme a Brasil era salir de la miseria en la que estaba, dejar de tomar, vivir otra vida. Hoy entiendo que, en realidad, Dios me salvó. Si me hubiera ido en aquel momento a Brasil, quién sabe qué hubiera sido de mí”.

Cuando escuchó la palabra de Dios, se alejó de la vida que le hacía mal, de la gente que solo estaba con ella cuando tenía plata para tomar y que se reía de ella.

“En cambio, me dio una familia grande, una familia nueva: la iglesia. También hermanas en Cristo y sus propias familias que me recibieron y acompañaron en el camino. Entre ellas, Yenis, una hermana en Cristo que llegó a mi vida en el momento justo. Ella y su familia”.

Hoy está comprometida con la Iglesia Centro Cristiano Emanuel. “Soy una nueva criatura. No guardo rencores ni culpo a nadie. Me equivoqué mucho, pero me perdoné porque quien me perdonó fue Dios. Soy feliz, trabajo con amor, llevamos la palabra y siempre cuento mi testimonio para estimular a otros a cambiar, a escuchar a Dios. Vamos a muchos lugares, a otros departamentos, a distintos barrios, a casas de familia, a donde nos llaman”.

Como salida laboral, Teresita comenzó a hacer comida para afuera: tartas, pizzas, comidas caseras, postres y tortas fritas. Aprendió a cocinar por sí sola. La abuela era de esas italianas a las que les gustaba la pasta y siempre cocinó rico y, además, “Carlitos Google ayudó mucho con recetas”.

La cuestión es que hoy hace algo que le gusta y que resulta mucho más aliviado que el carro, la arena, el monte y los ladrillos.

En años anteriores tuvo la posibilidad de dar clases de cocina en los CIB. Fue una experiencia muy valiosa y enriquecedora, tanto para ella como para las alumnas, que disfrutaban mucho de las clases. Era un grupo muy familiero, que se apoyaba mutuamente. Le gustaría volver a hacerlo porque lo disfrutó muchísimo.

Actualmente trabaja de lleno junto a Yenis, que se ha sumado al emprendimiento, por lo menos por ahora. Se llama Delicias Caseras El Maná, que significa el alimento que vino del cielo.

Además, han comprado un vehículo con el que también generan ingresos y cumplen una labor social: compran remedios, hacen mandados, llevan gente al médico y están donde las necesiten.

El año pasado tuvieron la dicha de viajar a Francia para visitar a las hijas de Yenis. Estuvieron casi tres meses.

“Fue maravilloso. Vi cosas que nunca imaginé ver. Nunca imaginamos hacer ese viaje. Estoy segura de que fue Dios quien hizo posible que lo realizara”.

Nunca pudo ser madre. No sabe si es un sueño pendiente o no. Lo que sí sigue pendiente es tener la casa propia.

Aspira a superar el impacto de dos muertes que la marcaron muchísimo. La de Horacio, su hermano, que sufrió con ella cuando era alcohólica y hacía todo lo posible para ayudarla a salir. “Cuando lo logro, a los tres meses se lo lleva el río”. Y la de su madre, ocurrida hace unos cuatro años.

No tiene tiempo libre, pero le gustaría ayudar a los jóvenes que están atravesando problemas de adicciones, solos y tristes. “A quienes estén como estuve yo, ayudarlos a que escuchen la palabra, que Dios obre en ellos y puedan salir”.

Siempre tenemos una oportunidad. Hay que dejarse ayudar. Hay que aceptar que lo que Dios quiere para nosotros es lo mejor. A veces no es lo que nosotros queremos, pero tenemos que aceptar lo que Él quiere porque eso es lo mejor. Hay que creer más en Dios que en el hombre.