Francisca Medina López, de 63 años, tiene claro que su sobrenombre, por el que la conocemos todos, se debe a que su madre, cuando la inscribió en la escuela, en lugar de decir Francisca, dijo Panchita. Y así la nombraron de ahí en más.
Por Anabela Prieto Zarza
Es hija de José Pedro y Magdalena, hermana de Marcelino, esposa de Walter Fumero desde hace 42 años, mamá de Aníbal, Francisco, Cristina y mamá del corazón de José. Es abuela de Joaquín, Manuela y Juan Ignacio, y abuela del corazón de Santiago, María, Domingo, Olivar y Félix.
Crece en el campo y concurre a la Escuela Nº 20 “La Economía”. Supo desde niña que no viviría allí para siempre, que no era una opción. Cuando comienza el liceo, los lunes se viene a caballo hasta la vía cercana a la Planta Ancap. Suelta el caballo para que se vuelva solo y ella, caminando con su mochilita, se va a la casa que tienen en Durazno, donde se queda sola de lunes a viernes para poder ir al liceo y concretar sus aspiraciones de dejar la vida en el campo. Termina sus estudios secundarios en el liceo Rubino.
Desde la escuela supo que quería actuar, bailar y participar de las fiestas escolares. Aprendió mucho con Aníbal Ríos y con Weisman Sánchez, profesores que iban a dar clases a la escuela.
Estando en Durazno hizo hasta quinto de piano en el Conservatorio de Música, seguramente buscando lo artístico. No había carreras formales donde estudiar lo que sentía que era su vocación. Su madre quería que fuera médica. Para cumplir sus expectativas tuvo que ir a Montevideo para preparar el examen de ingreso a Facultad. Se quedaba en la casa de una tía abuela y, con su complicidad, empezó a hacer teatro en la Casa de Comedia.
“Ella me enseñó muchas cosas, era la primera vez que iba a Montevideo. Me enseñó a maquillarme, a comer, a sentarme adecuadamente, me dio alas”.
Cuando su madre se enteró de en qué andaba, de que aquella chica no iba a ser médica, la trajo nuevamente a Durazno. Pero la semilla ya estaba sembrada y su vocación definida.
Antes de terminar el liceo había iniciado su noviazgo con Walter. Cuando vuelve de Montevideo, queda embarazada, lo cual no fue entendido ni aceptado en su familia.
Pero la joven pareja se hizo cargo y consolidó una familia hermosa, con miles de sacrificios, pero con el convencimiento de que querían construir una vida juntos y vivirla a su manera. Llega el primer hijo a completar sus vidas. Hay exigencias económicas más fuertes; una personita depende de ellos.
Walter sigue con su música y Francisca dedicada a lo que le gustaba: el teatro. Buscaba trabajo, pero embarazada no era fácil. Los padres de Walter estaban presentes, aunque no era mucho lo que podían apoyar económicamente. Pero lo lograron y salieron adelante.
“El teatro me salvó la cabeza. De llegar con una mano atrás y otra adelante, fue increíble cómo me recibieron. Uruguay Marrero me abrió las puertas como si fuera un padre. Para mí fue terapia; leer una obra, encarnar otro personaje que a veces había pasado cosas horribles, atender a los directores que venían de Montevideo. Era un lindo lugar al que quería ir. A Aníbal le decía Borromeo, iba con un almohadón y la mamadera, pero mientras no se dormía preguntaba todo. Hay miles de anécdotas de mis gurises en el teatro y algo pasó por ellos, porque uno es profe de música y otra bailarina”.
Francisca se desenvuelve laboralmente en tiendas. Comienza en Las Tres Cruces. Cuando se presentó, el dueño le preguntó: ¿Usted quiere trabajar acá con ese currículum?
Francisca contestó: Sí, porque tengo que comer.
Después trabajó en La Campana y por último en Chic Parisien. Se siente orgullosa de su carrera. Comienza joven trabajando como cadete y termina como encargada de una sucursal de una importante cadena nacional.
“Me fui porque me salió lo de la docencia. Cuando surgen los bachilleratos artísticos, Alicia Caballero me llamó para que presentara carpeta en base a mi formación teatral. Ya había dado clases con las ECAS, pero desde ese momento en adelante me dediqué a la docencia de lleno. Fue una experiencia maravillosa y rara. Perdí el contacto con el cliente, con la persona adulta, pero establecí otro con los jóvenes”.
¿Quién no recuerda el famoso reclame, estridente, cómico e innovador que hacía Francisca con lo de la LIQUILOCA?
Cuenta que Juan Nafougue, que era un adelantado, trajo una productora para hacer una publicidad para el Día de la Madre, para la Red de Televisión Color. La llama y le dice: “Vos la tenés que hacer, porque vos, que estás en el teatro, te vas a animar”.
“Se grabó y quedó para la historia, marcó un hito. Mucha gente me saludaba con el Liqui Loca y todo el mundo se acuerda”.
Tuvo un pasaje muy lindo por las Llamadas. Comienza haciendo puestas en escena, pero también como bailarina. Walter en el tambor y los gurises que también participaban. “Afrocan es una familia. Viajábamos y pasábamos muy lindo”.
Se jubiló de todo, pero el teatro sigue presente en su vida, aunque elige qué hacer, cuándo y con quién. De hecho, actualmente participa en la obra Exceso de Testosterona, de Santiago Sanguinetti, una sátira política que abarca desde la geopolítica hasta los experimentos científicos. La eligió porque le gustó.
“Si no me gusta una obra, no la hago. Lo primero que miro es el final. Si no me gusta el final, no la hago. La última línea es fundamental para tomar la decisión”. Está convencida de que la obra va a salir bien si a ella le gusta. Si no, no.
Hace un tiempo que se dedica a la dirección de teatro, pero ha hecho de todo: desde acomodar, hacer vestuario y limpiar, hasta ser actriz.
Con Walter se hicieron una cabaña de madera en Sandú para ir los fines de semana. Cuando llegó la pandemia se quedaron allí definitivamente. Francisca se dedica a las plantas, tiene una huerta y tiempo para leer, sobre todo sobre teatro.
Les gusta mucho viajar. Lo han hecho bastante y han podido conocer lugares hermosos del exterior. “Se ahorra para viajar”.
Con el teatro han conocido mucho de Uruguay. También hacen deportes en el CIB Plaza 1 por razones de salud y bienestar.
No cree tener sueños por cumplir, o por lo menos no se le ocurre ningún pendiente. “Creo que he hecho todo lo que he querido. Lo último que me quedaba por hacer era participar de una scola do samba y lo hice. Mi aspiración pasa por seguir viviendo y tener tiempo para abuelar”.
Su receta es simple: “Vivir, hacer lo que te guste, no postergar las cosas por nada ni por nadie, porque después es tarde, no te da el cuerpo o no te da la mente. Si hacés lo que te gusta no te enfermás, no te pasa nada. Eso les decía a mis alumnos: estudien lo que les guste”.
