Mujer con una enorme presencia, resiliencia, corazón generoso y sonrisa permanente.

Se llama Nilsa Arancegui Rodríguez, pero todos la conocemos desde siempre por CHARITO. Con 76 años se da cuenta de que nunca se le ocurrió preguntar por qué la llaman así.

Por Anabela Prieto Zarza

Hija de Justo y Delia, creció junto a sus hermanos en Pueblo del Carmen, donde sus padres tenían un comercio importante para la zona. Es la segunda de cuatro hermanos. El mayor es Miguel; ella es la mayor de las mujeres, y le siguen María y Rosario.

Fue a la Escuela N.º 4 y al liceo de Carmen. Considera que tuvo una infancia y adolescencia felices. Tenía muchos amigos, con quienes se reunía en la plaza frente a su casa. Le encantaba, y todavía le gusta, andar en bicicleta. “Ando en bici todo el día”, agrega.

Es profesora de piano. Recuerda con emoción cuando, a los 15 años, la llevaron “a ver” un piano al Palacio de la Música. Nunca pensó que fueran a comprarle uno. Tiene vívido el recuerdo de aquel día en que, de sorpresa, llegó el camión con el piano a Carmen. “Todavía lo tengo y a veces toco un poco, pero poco”.

Consultada por su familia, contesta: “Tuve tres hijos: Héctor, Pablo y Alejandra, que es el palo de la carpa”.

Héctor y Pablo ya no están en este plano. Para Charito, “Alejandra es el cable a tierra, la que le encuentra soluciones a todo. Tiene paciencia, paz, tiene todo. Crió a esas hijas que no sabés lo que son. Dos niñas hermosas; una contadora y la otra estudia Ingeniería”.

Agrega: “Tengo cuatro nietos que son una bendición. Del Negrito tengo dos, Megan y Pablo, y de Alejandra a Micaela y Catalina. Mis cuatro nietos son buenas personas, con valores, que están haciendo su vida, construyendo su futuro, y eso me hace feliz”.

Siendo joven, se puso de novia con quien fuera el padre de sus hijos y se vino a hacer preparatorios a Durazno. Se casó, formó su familia y, desde el año 1970, trabajó en la carnicería familiar. Fue cajera, cortadora y todo lo que fuera necesario hacer. En esa casa donde llegó a vivir formó su familia, crecieron sus hijos y es donde vive hasta hoy.

Luego trabajó en el comercio de Hugo Gadea, de donde guarda muy lindos recuerdos. Atendía al público, hacía fotocopias. Fue una experiencia muy linda. Después comenzó a trabajar en la empresa NOSSAR, donde permaneció durante muchos años.

Siempre fue una mujer trabajadora, buscadora de oportunidades y luchadora por el bienestar de sus hijos. Vio una oportunidad en la venta de quinielas en sus tiempos libres y, desde el año 1980 hasta la actualidad, se dedica a esa actividad.

“Ese negocio, como le dicen algunos de mis clientes, me encanta. El trato con la gente, la buena onda de mis clientes, las muchas anécdotas. La gente me dice: ‘No sacamos premio, pero nos vamos contentos, por eso venimos’. El vínculo con la gente es algo muy poderoso que genera ida y vuelta con vecinos de toda la vida. Sos sicóloga, confidente, das consejos, ponés el oído y, muchas veces, das una mano”.

Continúa trabajando con Mirta Scaffo, acompañándola y ayudando en lo que se la necesite. “Con Mirta hemos cultivado un vínculo de amistad, nos queremos mucho y nos acompañamos”.

No tiene mucho tiempo libre porque trabaja desde la mañana hasta la noche, pero disfruta de mirar alguna película y de recibir a sus nietos y a su familia. “No me gusta mucho ir a Montevideo porque Durazno es mi lugar, por eso prefiero que vengan ellos”.

Cree que no tiene sueños por cumplir. “Con vivir el día a día siento que estoy completa. Ver a mi familia, que tengan salud, que sean felices. Para mí pido salud y trabajo, y disfrutar del cariño de la gente”.

Ha seguido adelante después de perder a dos hijos. Considera que la vida ha sido generosa al proporcionarle otros momentos de alegría. En esos momentos, si bien disfruta de quienes están, también vive el recuerdo de quienes ya no están, pero lo hace recordando las cosas lindas que compartieron, recordando con amor y alegría.

“Nos pasan cosas que nos marcan para siempre, pero se sigue adelante. Una cosa es cuando estoy fuera de casa y otra, a veces, cuando estoy adentro. Pero hago el esfuerzo de no quedarme en el pasado”.

Siente la necesidad de agradecer a la vida por todas esas personas que, a diario, la saludan y le demuestran cariño. El grito de “¡Vamos arriba, Charito!” significa mucho para ella. “Me fortalece, me impulsa a seguir, me ayuda a no quedarme en el pasado”.

Charito sabe que la gente la quiere. Recientemente tuvo un accidente: una moto impactó contra ella. Aún tiene secuelas en el cuerpo y en la cara. El afecto y el cariño que recibió fueron muy importantes, incluso de personas que no conocía demasiado, pero que igualmente se preocuparon por ella.

Ese cariño es el impulso que esta mujer inquieta, que camina ligerito, hiperactiva y buena gente, necesita para seguir adelante.