Myriam Rodríguez Custodio es hija de Yamandú (no el poeta) y de Gloria. Es la mayor de seis hermanos: Myriam, Luis, Dardo, Víctor Hugo, Vivian y Liber, quien falleció cuando tenía apenas siete años. Es además tía de un montón: tiene 13 sobrinos y 4 sobrinos nietos. Actualmente, en Durazno viven pocos integrantes de su familia: su mamá y su hermana. Los demás fueron partiendo a medida que construían sus propias vidas, pero cuando logran reunirse son más de treinta personas alrededor de una mesa.
Por Anabela Prieto Zarza
Hoy está jubilada. Se considera “una mujer que ha tenido que hacerse a sí misma, que ha buscado las formas de trascender porque nada me ha sido fácil. La vida cotidiana no me era fácil, quizá porque crecí en un pueblo chiquito. Vivía en Paso de los Toros durante mis primeros años, pero en la época escolar vivimos en Baygorria. Creo que a los que nos criamos ahí, el lugar nos marcó para toda la vida, porque vivíamos en un sitio casi irreal para una familia trabajadora a la que no le faltó nada. En una época en que la clase media cocinaba con queroseno, nosotros cocinábamos con energía eléctrica”.
La Usina de Baygorria forma parte de sus primeros recuerdos. “La conocí con cinco años. Para mí era un palacio. Como mi abuelo era quien recibía las visitas en la usina, yo sentía que era la nieta del dueño de ese palacio. Y no solo en la usina, también estaban las idas al chalet de invitados, que tenía piscina. Corría el año 60”, recuerda con un dejo de nostalgia.
También recuerda las palabras de su maestra de sexto año, quien les proponía actividades diferentes y les advertía que, cuando dejaran Baygorria, descubrirían otro mundo. “Qué razón tenía”, reflexiona hoy.
Comenzó el liceo en Paso de los Toros, donde cursó dos años. Luego la familia se trasladó a Durazno porque su padre era gremialista en una época en la que no era sencillo serlo. Aquí tenían una casa a donde ir, la de sus abuelos maternos.
Al terminar el liceo, Myriam hizo dos intentos de irse a Montevideo. La idea era trabajar y descubrir qué quería hacer con su vida, porque nunca sintió una vocación claramente definida. Enseñar era algo que sabía hacer naturalmente, pero nunca se imaginó siendo docente. Recuerda que en Paso de los Toros le enseñó a una niña con síndrome de Down a dibujar las letras. Cree que, quizás por rebeldía, nunca quiso estudiar Magisterio, porque su abuelo siempre decía que iba a ser maestra. Sin embargo, terminaba enseñándole a todo aquel que necesitara aprender algo.
Lo que sí tenía claro era su inclinación hacia el trabajo social y el voluntariado. Incluso llegó a plantearse la posibilidad de ser monja. Nunca se preocupó demasiado por cómo se ganaría la vida porque sentía que podía trabajar en cualquier cosa. Entre sus sueños también estaban el diseño de parques y la jardinería.
Quizá porque creció en un pueblo pequeño y porque en su casa no hubo televisión hasta que fueron grandes, siempre estuvo rodeada de libros. Su infancia transcurrió entre lecturas, música y radio, que era la gran conexión con el mundo. La marcó especialmente el teatro escuchado. “El Teatro San Martín de Buenos Aires transmitía los sábados las obras que se hacían allí. Escuché obras de todo tipo, clásicas, universales. Algo me debe haber quedado de todo eso. También éramos muy cinéfilos. Fijate que en Baygorria había cine y teatro”.
Ya viviendo en Durazno, el encuentro con el Pequeño Teatro y con Rosina Sosa la acercó definitivamente a ese universo. Rosina quería realizar una obra junto a una murga e invitó a La Bohemia, donde participaban sus hermanos Dardo y Víctor. “Así empezó mi vinculación con el teatro. Rosina fue mi maestra y me regaló un oficio”.
“El teatro incluye todo lo que he querido: el trabajo en equipo, el pensarse a uno mismo, el dar, el trabajo energético, el trabajo corporal total. Tiene todas las herramientas que el ser humano necesita: música, canto, movimiento. Canalicé allí todo lo disperso que tenía alrededor y desde hace más de cuarenta años estoy vinculada a esa actividad”.
En su familia aprendió que había que dar a los demás. Por eso, cuando despertó aquella vocación que llevaba dentro y recibió oportunidades de manera gratuita, sintió la necesidad de devolver algo a la comunidad. Se integró a distintos grupos de acción social y especialmente a los Scouts del Uruguay y a grupos juveniles vinculados a parroquias católicas, donde podía trabajar junto a personas de su misma edad. Realizaron múltiples actividades: meriendas para niños, apoyo escolar y distintas acciones solidarias.
Mientras completaba su formación en la Escuela de Scouts, que incluía la elaboración de un proyecto de vida, un compañero trabajador social le comentó que se estaba formando un grupo para pensar políticas públicas destinadas a los jóvenes, en el marco del Año Internacional de la Juventud, celebrado en 1985. Ese grupo se llamó FORO JUVENIL. Myriam está convencida de que “el país le debe y nos debemos haber estudiado ese fenómeno, porque fue brillante”.
A partir de entonces quedó vinculada de forma directa a la actividad educativa. Ya en los años noventa comenzó a observarse en Durazno que muchos jóvenes terminaban la escuela y no continuaban ni en el liceo ni en UTU. Analizando la situación, descubrieron que una de las razones era que, al dejar la escuela, muchas familias perdían beneficios como la asignación familiar o la alimentación complementaria.
Recuerda largas conversaciones en la cocina de su casa junto a Dardo y Juan Carlos “Canario” Rodríguez, intercambiando ideas sobre proyectos juveniles y experiencias scout. En una de esas charlas propuso desarrollar algo similar en Durazno y así lograron, junto con la Intendencia, instalar el FORO en Plaza Artigas.
Fue entonces cuando comprendió que necesitaba poner teoría a todos los conocimientos y experiencias que había acumulado. Ingresó al Instituto de Formación Docente para cursar el profesorado de Literatura. Aunque no llegó a finalizarlo, adquirió herramientas fundamentales para acceder al conocimiento teórico que necesitaba para el ejercicio de la docencia.
Con el tiempo, por distintas razones, el proyecto original se transformó y continuó sin el FORO. “Entonces el universo me hizo el mejor regalo”, dice. Ese regalo fue poder culminar su vida laboral en la enseñanza formal, dictando clases de teatro y expresión corporal para escolares. Un desafío que la llevó a trabajar tanto en Durazno como en Trinidad.
En el teatro ha desempeñado prácticamente todos los roles imaginables: desde la limpieza de una sala hasta la dirección de una obra. Ha integrado comisiones directivas, trabajado en actuación, escenografía, aspectos técnicos y todo lo que fuera necesario.
Puedo contar un secreto que ella desea que algún día salga a la luz: es dramaturga. No suele decirlo porque admite que la exposición le cuesta. Tal vez por eso ama tanto el teatro. Allí no es ella quien se muestra, sino los personajes que interpreta.
Es extremadamente exigente consigo misma. Recuerda que durante la representación de una obra dedicada a Nelly Goitiño en el Centro Cultural Teatro Español, la emoción la venció y terminó llorando en escena. “Eso no es profesional”, afirma. “Si el personaje no llora, el actor no llora”. Sin embargo, cuando la misma obra fue presentada en la Sala Nelly Goitiño, con la presencia de su familia y de familiares de la homenajeada, no le ocurrió. Cree que en Durazno la emoción estuvo relacionada con todo el proceso vivido y con la satisfacción de haber logrado un resultado excepcional.
“Siempre viví el teatro como si fuera profesional, pero sin ganar lo que gana un profesional”, dice entre risas.
También reconoce que el teatro le exigió sacrificios. Quiere que su familia sepa que hoy comprende que se perdió muchos momentos importantes. Una función no se suspende por un cumpleaños y, a veces, ni siquiera por una enfermedad. Por eso siente que ha llegado el momento de recuperar parte de ese tiempo.
Quiere además dedicar estos años a aprender cosas nuevas. El crochet es una de ellas, aunque ya ha comenzado a enseñar lo que sabe. También desea escribir y dejar historias para sus sobrinos nietos, tarea en la que coincide con su hermano Luis. “Juntos los vamos a entreverar bastante”, comenta divertida.
Le gusta mucho cantar. Integró el Coro del Conservatorio y no descarta retomar algún día la actividad coral. Mientras tanto, disfruta de la cantarola de CO.VI.NU.VI. También estudió violonchelo, aunque no cree que vuelva a practicarlo.
Dedica mucho tiempo al estudio de la metafísica y siente una enorme curiosidad por las ciencias y por el universo. Le apasiona comprender el sentido de la existencia y sigue buscando respuestas.
Actualmente, junto a otras personas, está planificando realizar un curso de actuación frente a cámaras de televisión y cine. Quién sabe si en algún momento no terminamos viéndola en una pantalla, o incluso en la pantalla grande.
La acción social continúa convocándola. Por eso se plantea retomar una participación más activa en organizaciones sociales y grupos de servicio.
Está convencida de que no hay manera de construir un camino propio si no se tiene la libertad de seguir aquello que se siente. Hay que aprender a reconocer las señales, porque siempre están ahí. Y, sobre todo, construir junto a otros.
“El colectivo siempre tiene la razón”.
