“De llegar en volanta, a ser mucho más que la profe de Frances”

Teresa Rodríguez Sanguinetti, conocida por todos nosotros como Teresita, la profesora de Francés, nos recibe a sus 87 años con la elegancia de siempre. Una elegancia que no solo se refleja en su aspecto físico, sino también en su conversación: inteligente, aguda, sensible y poseedora de un particular espíritu crítico que hace muy interesante compartir tiempo con ella.

Por Anabela Prieto Zarza

Es hija de Teresa y Tomás. Su mamá era oriunda de Mercedes y, cuando falleció la madre de esta siendo aún muy joven, las cuatro hijas solteras se trasladaron a Montevideo para trabajar como bordadoras en máquinas Singer. Su papá era de Flores, pero trabajaba en una barraca en Montevideo. Estaba vinculado a la familia Frick. Cuando tenía 40 años, Carlos Frick le ofreció hacerse cargo de una estancia en Durazno. Para aceptar el desafío debía estar casado. Teresa tenía entonces 30 años. Así llegaron a la Segunda Sección del departamento.

Teresita nació literalmente en esa estancia. Su abuela paterna fue la partera. Tiene un hermano, Hugo Rodríguez, ya fallecido, una persona muy querida en Durazno y reconocida por su solidaridad. De profesión plomero, egresado de UTU, siempre estaba colaborando con la escuela pública o con el hospital, muchas veces trabajando sin cobrar porque entendía que había que agradecer la formación recibida.

Es la orgullosa mamá de Gabriela Lafón Rodríguez, médica pediatra, y amorosa abuela de María Emilia y María Clara Recuero Lafón. Gonzalo Recuero, padre de sus nietas, también es una persona muy querida para Teresita. Actualmente, ambas jóvenes cursan estudios universitarios.

Los primeros años de su educación, como era habitual en aquella época, los recibió en la estancia donde vivía, hasta donde concurría desde Carmen una maestra particular de apellido Saavedra, hermana de Pety.

Cuando comenzó segundo año de escuela ingresó a la Escuela Nº 2 de niñas, mientras que su hermano asistía a la Escuela Nº 1 de varones. Recuerda que llegaban hasta el Yi en una volanta, donde tomaban el ómnibus para ir a la escuela y, a las cinco de la tarde, emprendían el camino inverso.

“Yo no era de contar mucho mi vida, pero cuando los alumnos faltaban porque llovía y vivían a media cuadra del centro educativo, yo les decía cómo concurríamos nosotros a la escuela y no faltábamos. Tenía que explicarles además qué era una volanta”, recuerda con cariño.

Tuvo maestras como Otilia Candiota y Laura Colombo, entre otras docentes de reconocida trayectoria en el ámbito educativo.

Cuando llegó el momento de ingresar al liceo, su padre se jubiló y la familia se trasladó definitivamente a Durazno. Vinieron a vivir a la casa en la que continúa residiendo hasta el día de hoy. “Nunca he vivido en otra casa desde que nos vinimos a Durazno, cuando yo tenía 13 años”.

Mientras concurría al Liceo Rubino inició sus estudios de Francés en la Alianza Francesa, que por entonces tenía una institución en cada capital departamental. Más adelante rindió libre séptimo y octavo año en Montevideo.

A los 18 años comenzó a dar clases particulares de Francés y, a los 20, ingresó a Secundaria. Posteriormente concursó en un llamado nacional y obtuvo la efectividad, pudiendo elegir horas en Durazno, Carmen y Sarandí Grande.

Trabajó en el Liceo Inmaculada Concepción y en el Liceo Militar, donde dictó clases durante todos los años que la institución funcionó en Durazno.

Recuerda sonriendo y con cierto orgullo del deber ser y del deber hacer: “Cuando no me arrancaba el auto, a las seis de la mañana me iba caminando hasta el liceo”.

Considera que, después de su familia, la docencia fue lo más lindo que le pasó en la vida. “Amé todo lo que hice y recibí mucho cariño también. Nunca tuve un problema con un alumno. Sé que no era blanda, pero entendía a los jóvenes. El mejor reconocimiento que recibo es cada vez que uno de ellos cruza la calle para darme un beso”.

La jubilación llegó acompañada de un vacío perturbador generado por la inactividad. Esta mujer inquieta fundó entonces, junto a otras personas, la UNI 3 de Durazno.

“Hubo que conversar mucho, convencer gente, porque al ser una tarea honoraria no todo el mundo quiere involucrarse. Pero se armó y fue muy lindo. Es muy lindo lo que se hace en UNI 3”.

Creo que todos quienes la conocemos afirmamos, sin dudarlo, que siempre descolló por su coquetería. Ella, en cambio, sostiene que no se trata de coquetería, sino de una enseñanza de su madre. “Tenés que ir a trabajar bien prolija porque los niños no tienen por qué soportar un espantapájaros, y si tenés tiempo, tenés que dar una caricia”.

Y agrega: “Mi madre era una gran mujer, una mujer muy sabia”.

Toda su vida estuvo acompañada por la lectura. Los libros ocupan un lugar muy importante en su casa desde siempre. Le gustan todos los géneros, lee de todo, disfruta de estar informada, escucha los informativos, le encanta leer el diario y participar en los eventos culturales de Durazno.

También siente una especial atracción por su jardín y por las plantas. Otra de sus aficiones es el bordado. “Nos enseñaban a bordar en la escuela. Aprendí y me gusta. De hecho, cuando era chica, el paseo de los domingos era sentarnos en la vereda de casa a tejer”.

Se casó en segundas nupcias con Eduardo “Toto” Caleri, con quien compartió una etapa muy linda de su vida, marcada por intereses comunes vinculados a la cultura, la lectura y las interminables charlas sobre todos los temas.

Durante muchos años integró Rotary Club Durazno y fue la primera mujer rotaria del Uruguay. También formó parte durante largo tiempo de la Comisión de Apoyo del Hospital de Durazno, trabajando estrechamente junto al Dr. Luis Aycaguer.

Integró además la directiva del Aeroclub. Fue a colaborar un día y terminó quedándose durante años como secretaria. “Todos amigos, caballeros, respetuosos”.

También integró durante muchos años, y hasta hace muy poco tiempo, la directiva del Anglo. “Mi hija y mis nietas se educaron allí. Es una institución que quiero y respeto mucho”.

Dice no tener sueños pendientes por cumplir. Viajó tres veces a Europa, a Grecia, Marruecos y otros destinos. También obtuvo una beca cuando era docente de Francés que le permitió permanecer un mes en Quebec, Canadá.

“Con la querida Imelda Curbelo nos íbamos todo enero a un hotel en Piriápolis con pensión completa. La pasábamos fantástico. En ocasiones pude llevar a mis padres para que estuvieran quince días allí, disfrutando de ese lugar hermoso”.

Hoy aspira a seguir viviendo en paz, aprovechando la buena salud que la vida le ha regalado. Desea continuar ocupándose de su casa, supervisando su jardín y viendo crecer a quienes más quiere.

“Ver a Emilia, que está en quinto de Facultad de Medicina, y a Clarita, que cursa tercero de Ciencias Económicas, terminar sus carreras y realizarse en la vida”.

Considera que hay que aprovechar y disfrutar el hecho de estar vivos. “Hay que caminar, conversar con amigos y vecinos, reunirse a tomar un té o un café, salir a eventos, al teatro, a la presentación de un libro. Hay que disfrutar de estar vivos y con salud”.