MEVAK: el arte de apreciar las pequeñas cosas de la vida

Ana Karina Ortega Molina, de 46 años, nació en Durazno. Es hija de Susana y nieta de Yolanda Frugoni, a quien todos conocían como “la Nona”. Es la del medio de tres hermanos: Alejandro y Jessica.

Por Anabela Prieto Zarza

Desde hace 20 años comparte su vida con Víctor Velazco, “El Tigre”. Es mamá de Lucía y Triana. Víctor, de su primer matrimonio, tiene tres hijos: Hebert, Ana Inés y Teresita. A esta gran familia se suma también el “gordito” de Ana Inés.

Su infancia transcurrió en la casa de su abuela materna. Concurrió al Jardín Nº 83 y a la Escuela Nº 1. Cuando tenía nueve años se mudó a Melo junto a su madre y sus hermanos, pero regresaron a Durazno cinco años después, volviendo a la casa de la Nona. “La Nona fue lo máximo para mí”, dice Ana con emoción.

Y agrega: “Siempre fui una rebelde de la vida. Por distintas razones tuve que tomar decisiones desde muy jovencita. Al día siguiente de cumplir quince años decidí dejar el ámbito familiar para trabajar, generar mis propios ingresos, vivir con independencia y de acuerdo con mis valores y principios. Comencé barriendo y lavando pisos en una peluquería, en Ángela Peinados. Al poco tiempo, porque me empezó a gustar, comencé a lavar cabezas, luego a secar cabellos y me fui enamorando de la profesión”.

Con ganas de formarse, a los 17 años se fue a Montevideo a trabajar cuidando dos niños con cama adentro. Por las tardes le permitían estudiar peluquería. A los 19 años se recibió y regresó a Durazno. Comenzó a trabajar a domicilio, recorriendo la ciudad puerta a puerta en una bicicleta que le había regalado la Nona, de quien vuelve a decir: “Era lo más grande que me regaló la vida, además de mis hijas”.

A los 22 años nació Lucía. Convertirse en madre la impulsó a trabajar aún más. Necesitaba ingresos estables, por lo que comenzó a desempeñarse como vendedora en Tiendas Montevideo. En sus horas libres continuaba ejerciendo la peluquería a domicilio. Los sábados colaboraba en la peluquería de Teresita Artigas y los domingos atendía a sus clientas particulares. No existían los descansos.

Sin embargo, aquellas largas jornadas la mantenían demasiado tiempo lejos de Lucía. Por eso renunció a Tiendas Montevideo y comenzó a trabajar en la peluquería de Ana Bozano, donde podía llevar a su hija. De hecho, Ana Bozano terminó convirtiéndose en la madrina de Lucía.

A los 24 años instaló su propio salón en el garaje de la casa de la Nona. Trabajaba doce horas diarias, incluso los domingos, aprovechando la gran concurrencia de público que generaba la feria de Plaza Rodó.

Tres años después nació Triana. “Mi vida era diferente. Tenía y tengo un compañero de vida que siempre priorizó y prioriza la familia. Me pidió que me dedicara a cuidar a mis hijas y estar en casa. Cerré la peluquería y nos fuimos a vivir a La Paloma”.

Entre risas confiesa que no pudo quedarse quieta por demasiado tiempo. En el living de su casa colocó un espejo y un sillón, y volvió a atender clientas. Era una peluquería improvisada, pero le permitía hacer algo para ella sin dejar de cuidar a sus niñas.

Dos años más tarde regresaron a Durazno para que sus hijas tuvieran mejores oportunidades de estudio y actividades extracurriculares. Cuando Lucía se fue a Montevideo a estudiar, Ana comenzó a dedicarse un poco más a sí misma. Realizó un curso de masajista y montó un pequeño consultorio en su casa.

Mientras tanto, Triana sufría importantes dolores de espalda. Tras varios estudios realizados en Montevideo, le diagnosticaron escoliosis. La traumatóloga le indicó realizar pilates. A partir de entonces, todos los viernes Ana viajaba con su hija a la capital para que realizara los ejercicios.

Durante una de esas esperas surgió una pregunta que cambiaría su vida:

“¿Qué hago acá, en vez de estar investigando sobre pilates, estudiando y viendo cómo puedo ayudar más a mi hija?”

Así comenzó una búsqueda que la llevó a estudiar por Zoom y a viajar cada quince días a Buenos Aires para realizar las prácticas presenciales. El objetivo inicial era simplemente aprender, comprar una camilla y que Triana pudiera ejercitarse en casa. Pero una vez que ingresó en ese mundo, se enamoró de él.

Durante un año viajó a Buenos Aires, estudió Anatomía, una materia que reconoce le costó mucho, y se formó con dedicación y constancia.

Hoy reflexiona:

“El pilates para mí es mucho más que una actividad física. Es mi momento de conexión, de equilibrio y de bienestar. Es el espacio donde encuentro fuerza, calma y energía al mismo tiempo. A través del pilates aprendí a escuchar mi cuerpo, a cuidar mi mente y a valorar la importancia de sentirme bien desde adentro hacia afuera. El pilates me cambió la vida. Forma parte de mi vida porque me ayuda a crecer, a superarme y a encontrar armonía en medio de la rutina cotidiana. Haciendo pilates no solo se trabaja el cuerpo, también el alma y las emociones”.

Su primer salón abrió hace dos años en la calle Zorrilla, pero rápidamente quedó pequeño. Actualmente funciona en Rubino 648, en un espacio más amplio y confortable.

El centro lleva por nombre Pilates Mevak, una palabra que significa “el arte de apreciar las pequeñas cosas de la vida”.

Desde que comenzó este camino no ha dejado de capacitarse. Su experiencia más reciente fue un viaje a Nueva York, donde visitó doce estudios diferentes.

“Fue una experiencia impresionante e inolvidable, que me ayudó a consolidar mi valoración del pilates y de todos sus beneficios. Hoy tengo doce grupos de hombres y mujeres de todas las edades que trabajan de lunes a viernes. Incluso tengo una jovencita de 89 años”, cuenta entre risas.

Ana disfruta profundamente de la vida familiar. Le gustan los momentos simples: compartir una charla, una comida o una tarde tranquila con los suyos. Es amiguera, valora los vínculos sinceros, la compañía y a las personas que permanecen tanto en los buenos como en los malos momentos. Le gusta cuidar, escuchar, acompañar y hacer sentir bien a quienes la rodean.

Encuentra la felicidad en los pequeños detalles y en la posibilidad de vivir cada día con tranquilidad, cariño y autenticidad.

Cuando habla de sus sueños, no duda: “Ver a mis hijas realizadas es lo único que aspiro. Tengo todo, no preciso más nada. Teniendo salud y viviendo tranquila, ya está. Deseo que logren lo que se propongan y que sean felices”.

Está convencida de que las mujeres más fuertes no son aquellas que nunca se caen, sino las que siempre encuentran la manera de levantarse, con más amor propio y más claridad.

Y concluye: “Hoy, como instructora, mi propósito va mucho más allá de una clase. Quiero que cada mujer que entra al salón vuelva a sentirse fuerte, capaz, linda, segura y protagonista de su propia vida. Eso es lo que más me inspira: acompañar procesos reales de mujeres reales”.