Jorge Ameal, entre la calle y el aula

Fotógrafo callejero, docente y referente de varias generaciones, Jorge Ameal construyó una obra ligada a la vida cotidiana, al exilio, al regreso democrático y a la enseñanza. Su nombre permanece asociado no solo a sus imágenes, sino también a una forma generosa de transmitir la fotografía.

Fotografías: Ricardo Antúnez y archivo Foto Club Uruguayo.

Hay fotógrafos que dejan imágenes memorables. Otros dejan una forma de entender la fotografía. Jorge Ameal pareció reunir ambas cosas. Su obra recorrió calles, acontecimientos y personas, pero buena parte de su legado permanece en generaciones de fotógrafos que encontraron en él a un docente cercano, exigente y profundamente comprometido con el acto de observar.

Nacido en Montevideo el 28 de setiembre de 1945, su historia personal quedó marcada por los años de exilio. Antes del golpe de Estado en Uruguay se trasladó a Chile junto a su familia. Tras el golpe militar chileno de 1973 fue detenido y enviado a la isla Quiriquina. Tiempo después, con intervención de Naciones Unidas, pudo abandonar el país y llegar a Francia, donde comenzó una nueva etapa de su vida.

Fue precisamente en París donde apareció la fotografía. Aunque estudió en la Escuela Municipal de Artes de la capital francesa, buena parte de su formación tuvo un fuerte componente autodidacta. Allí descubrió una manera de relacionarse con las imágenes que lo acompañaría durante décadas. Compró una cámara y comenzó a recorrer calles, plazas y rincones cotidianos, atraído por las personas, los gestos y esos instantes breves que muchas veces pasan inadvertidos.

Aquellas caminatas por París terminaron definiendo una parte importante de su mirada. La fotografía callejera, la observación paciente y la búsqueda de escenas humanas se transformaron en elementos constantes dentro de su obra. Influenciado por la tradición documental y por autores como Henri Cartier-Bresson, desarrolló una fotografía atenta a la vida cotidiana y a los pequeños acontecimientos que revelan algo más profundo sobre una sociedad.

Durante su permanencia en Francia también trabajó en el área audiovisual de la empresa petroquímica Cdf Chimie, donde la imagen pasó a ocupar un lugar central dentro de su actividad profesional. Sin embargo, la fotografía continuó creciendo más allá del trabajo cotidiano y terminó convirtiéndose en una parte inseparable de su vida.

En 1986 regresó a Uruguay, en un momento en que el país comenzaba a reconstruir muchos de sus espacios culturales tras la dictadura. La fotografía uruguaya atravesaba entonces una etapa de renovación y nuevas búsquedas, y Ameal formó parte activa de ese proceso.

Trabajó como fotógrafo independiente y colaboró con distintos medios de prensa, entre ellos Brecha, Alternativa Socialista, Posdata, Tres, Galería y Búsqueda. Su cámara registró acontecimientos políticos, sociales y culturales, siempre desde una mirada cercana a las personas y alejada del efectismo.

Entre 1988 y 1992 integró Prisma, considerada una de las experiencias más importantes de la fotografía documental uruguaya de aquellos años y una de las primeras agencias de imágenes impulsadas en el país durante el retorno democrático. Aquella experiencia reunió a fotógrafos que habían incorporado nuevas influencias y modos de trabajo durante sus años de exilio o formación en el exterior, contribuyendo a ampliar el panorama fotográfico local.

Sin embargo, para muchos fotógrafos uruguayos su nombre quedó asociado, sobre todo, a la docencia.

A partir de 1993 comenzó a desempeñarse como profesor del Curso Básico de Fotografía en el Foto Club Uruguayo, institución en la que formó a numerosas generaciones de estudiantes. Más adelante también desarrolló tareas docentes vinculadas a la enseñanza universitaria.

Quienes pasaron por sus clases suelen recordar no solamente los conocimientos técnicos que compartía, sino también su capacidad para estimular la curiosidad, la observación y el pensamiento fotográfico. En un medio donde muchas veces la técnica ocupa el centro de la escena, Ameal insistía en la importancia de comprender qué se quería contar y qué podía transmitir una imagen.

Por eso resulta difícil definirlo únicamente como profesor. Su influencia excedió ampliamente el espacio del aula. Muchos fotógrafos lo reconocen como una referencia fundamental dentro de su formación, alguien capaz de acompañar procesos creativos y de transmitir una manera particular de acercarse a la fotografía.

Esa combinación entre fotógrafo y docente aparece como uno de los rasgos más singulares de su trayectoria. Mientras desarrollaba proyectos personales, exposiciones y trabajos documentales, también contribuía a formar una comunidad fotográfica que todavía hoy continúa reconociendo su influencia.

En 2018 falleció en Montevideo, dejando detrás una extensa producción fotográfica y un profundo reconocimiento dentro del ámbito cultural uruguayo. Un año después, el Centro de Fotografía le dedicó la exposición “De cerca. Homenaje a Jorge Ameal”, una muestra construida a partir de su archivo y concebida como un recorrido por distintas etapas de su trabajo.

Tal vez allí aparezca una de las claves para comprender la dimensión de su legado. Sus fotografías siguen existiendo como documentos, como memoria y como expresión artística. Pero su presencia permanece también en cientos de fotógrafos que continúan trabajando, enseñando y observando el mundo con parte de aquellas enseñanzas incorporadas.

Porque algunas personas construyen una obra. Otras, además, ayudan a construir una comunidad. Jorge Ameal fue una de ellas.