Claudia es una persona con mucha actitud, que va por sus sueños, se plantea metas y trabaja para alcanzarlas. Tiene una personalidad definida, es amiga de sus amigas, buena madre, buena esposa y, por sobre todas las cosas, una luchadora.
Por Anabela Prieto Zarza
“Mis padres me dieron el ejemplo de trabajo, de superación. Si ellos lo lograron, yo no los puedo defraudar. Quiero que ellos se sientan orgullosos de la persona que soy y que mi hijo también se sienta orgulloso de su mamá”.
Claudia Alejandra Sanguinett Pérez, de 41 años, es hija de Carlos y Nidia, y hermana de Natalia y Nancy. Casada con Miguel Alegre, es mamá de Agustín y tía de Tomás y Josefina.
Creció junto a su familia en el medio rural, a orillas del Río Negro. Concurrió a la Escuela N.º 147 de San Gregorio. Con sus hermanas hacían 2 km en bicicleta; si llovía, botas de goma e impermeable, pero no se faltaba.
Crecieron en un ambiente de mucho amor, en el seno de una familia humilde que trabajó mucho para criar y educar a sus hijas. Cuando el Río Negro crecía, la casa se inundaba; entonces se iban y, cuando volvían, tocaba limpiar, pintar y reacondicionar. No obstante, eran felices: en su casa se hablaba, se jugaba, se compartía. El padre, sin importar lo cansado que viniera de trabajar, siempre entablaba una charla con una sonrisa.
“Mi padre es mi maestro. Charlaba mucho con él, me enseñó a cortar un árbol con la motosierra, a cultivar la tierra. Me enseñó que una mujer puede hacer lo que quiera. Me decía: ‘usted puede, m’hija, con cuidado puede’”.
Las tardecitas de verano eran aprovechadas por las tres hermanas para desarrollar juegos “caseros”: con botellas de plástico hacían patines; con una bolsa y una piola se tiraban. Las tardes eran eternas.
“En las noches estrelladas sacábamos, incluso con papá y mamá, colchones para afuera, con farolitos, y veíamos el cielo. Era maravilloso. No teníamos luz eléctrica ni agua corriente; la sacábamos de un pozo semisurgente. Íbamos al río porque estábamos cerca”.
Recuerda que creyó por mucho tiempo en los Reyes Magos. Los esperaban afuera, pero el sueño la vencía. Al otro día veían las pisadas de las vacas y creían que eran los camellos.
Sus padres, con mucho sacrificio y trabajo, construyeron una casa en San Gregorio. Era la época del liceo, por lo tanto, esa etapa fue más aliviada. Allí cursó hasta 6.º año de Derecho y vivió hasta los 21 años.
“A pesar de que no tuve muchas cosas materiales, no me faltó nada. Fui una niña feliz, tuve amor, cariño. Por eso a nuestro hijo le enseñamos que las cosas materiales cuestan; promovemos que ahorre, que aprenda”.
Quería estudiar. Las alternativas eran Tacuarembó o Sarandí del Yí. Comenzó el curso de asistente veterinaria en la UTU de Sarandí, sin saber que allí estaba definiendo su destino y que podría cumplir sus sueños más profundos.
Como quería trabajar para ayudar en su casa, había presentado currículum en una óptica. La llamaron: entró a prueba por tres meses y trabajó allí durante 15 años. Al curso que había iniciado le quedaron dos meses para su culminación, la vida la llevó por otro lado.
Esos años en la óptica fueron una experiencia maravillosa: aprendió de todo, se capacitó en atención al público y marketing, realizó muchos cursos en Montevideo. Siempre buscó perfeccionarse, desarrolló habilidades con el público y se desempeñó en tareas administrativas y de gestión, adquiriendo una gran experiencia en el rubro.
Desde niña le encantaba jugar a vender: armaba su almacén con paquetes de yerba vacíos. “Vendía, cobraba, daba vuelto con mucha imaginación”.
Está convencida de que la atención al público es lo suyo. Hoy tiene su propio emprendimiento y es completamente feliz: se siente realizada, celebra los logros alcanzados y valora la posibilidad de hacer lo que le gusta.
En sus tiempos libres va al gimnasio, ama entrenar, le gusta juntarse con amigos, jugar al pádel y hacer paseos en familia. Adora ir a San Gregorio a visitar a sus padres. También le encanta viajar.
Le gusta leer, aunque no dispone de mucho tiempo. De todas maneras, comparte una minibiblioteca con Agustín, que es un ávido lector. La última adquisición fue La Divina Comedia.
En su casa habitan gatos y un perro. Lolo es el gato de Agustín, pero querido por todos.
“Es un animal que nos da un amor impresionante. Siempre digo que los animales adoptados son muy agradecidos”.
Agustín tiene 12 años y cursa primero de liceo. Es un niño feliz que ha hecho lo que ha querido: ha cantado con sus ídolos musicales y ahora se dedica a tocar el violín; la veta artística la tiene plenamente desarrollada. En el cumpleaños de Claudia cantó con Jeremi Medina.
“Se sabe todas sus canciones, igual que las de Lucas Sugo”, dice la mamá. También juega al fútbol. “Nosotros somos unos padres presentes, que no solo acompañamos, sino que lo dejamos ser”.
No puede evitar nombrar a una de sus personas favoritas, Lulu, su suegra. “Fue muy importante en mi vida, estuvo siempre presente, fue una gran compañera, como mi segunda mamá”.
Entre sus afectos también menciona a Luciana a quien considera “una muy buena compañía, con quien solemos compartir un vinito y largas charlas, una muy buena hermana y compinche con Agus y una excelente persona a la que quiero muchísimo”.
No integra ninguna organización social, pero siempre está dispuesta a colaborar cuando surgen necesidades en la comunidad. Con otras madres del baby fútbol, en invierno, los fines de semana, hacían ollas de chocolate y tortas fritas para quienes quisieran acercarse al club. Durante la pandemia realizaban vivos de ropa y, con lo recaudado y las colaboraciones de comercios, armaban canastas que llevaban a las familias que lo necesitaban mientras cursaban el COVID.
No siente que tenga sueños pendientes, pero siempre hay deseos. Uno de ellos, es tener su casa propia.
“Desde que tuve a mi hijo cumplí mi mayor sueño. De adolescente soñaba con casarme y tener un hijo. Como existía la creencia de que si pasabas por debajo de la bandera uruguaya no te casabas, cuando tenía que pasar por debajo de una en un mástil de una escuela, cruzaba a la vereda de enfrente. Así de fuerte era mi deseo”.
Y continúa: “se me cumplió mi sueño. Me casé con un hombre increíble; creo que hice algo bien en la vida para que Dios me mandara el marido y el hijo que me mandó. No puedo estar más agradecida a la vida, a Dios. Cuando miro a Agustín digo: ‘mi mejor creación’. Es adorable, buena persona, tiene sus propios sueños y sé que vamos a estar para que los cumpla. Tengo mi propio trabajo, tengo la suerte de hacer lo que me gusta… ¿qué más puedo pedir? Solo salud para toda mi familia, nada más”.
Tiene claro que todo se construye en base al trabajo, el esfuerzo, la autoconfianza y la convicción de que uno puede lograr lo que se propone. “Todo lo que he logrado es mérito y esfuerzo mío”.
“Las mujeres, y todos en general, no tenemos que dudar del lugar que nos merecemos. Tenemos la fuerza, la capacidad y el derecho de estar donde queremos. Hay que seguir avanzando, creciendo y demostrando todo lo que somos capaces de lograr”.
