A Antonia le gusta interactuar con la gente. Trata a todos por igual, no hace diferencias. Es una persona abierta, sencilla, alegre, orgullosa de su familia y de su trabajo.
Por Anabela Prieto Zarza
Antonia Ferrari Camejo, de 69 años, es hija de Niels Pedro Ferrari Cedrés y Carmen Angelita Camejo. Su papá era trabajador rural y su mamá comerciante.
La infancia de Antonia transcurrió entre la Escuela N° 9 y el último año en la Escuela N° 6. Luego llegaron épocas duras para la familia. Cuando tenía apenas 12 años, fallece su madre con solo 36 años, y quedan al cuidado de los abuelos maternos. Al poco tiempo también fallece la abuela, y tanto Antonia como sus hermanos deben separarse y vivir con otros familiares, familias que ya tenían sus propios hijos. “No es lo mismo ser hijo que crecer como lo hicimos nosotros”, reflexiona.
Antonia era la mayor. Después seguían Mary, Pepe “el del carro”, Ángela y Carmen “la de Paca”. Todos vinculados a la actividad comercial: Mary trabajó primero con un mayorista local y después en Montevideo en atención al público, lo mismo Ángela que trabajó 25 años en Montevideo y 6 años en Durazno, hasta que se jubiló. Tiene 5 sobrinos que quiere mucho.
Era bastante rebelde, quizá como consecuencia de la pérdida de su mamá. Como no había posibilidades de estudiar, se fue al campo con su padre. Allí hacía de todo. Los sábados eran días de revolver manteca hasta que saliera, porque los tíos venían al pueblo los lunes a venderla. “Jamás me dieron un peso por eso, ni siquiera un caramelo. Esas son cosas que marcan. Me levantaba muy temprano; a las cinco y media había que ir a buscar la leche al tambo para el personal, todos los días. Los lunes, cuando mis tíos venían al pueblo, me quedaba haciendo queso y limpiando la quesería. Era el día de lavar las sábanas, asolearlas, hacer la comida. De tarde juntaba leña, preparaba los faroles porque no teníamos luz. Estábamos en el paraje Villasboas, al lado del Almacén Carrera”.
Cuando venía al pueblo, se quedaba en la casa de los abuelos maternos; incluso su padre también lo hacía. Más abajo vivía un muchacho, conocido de Antonia, oriundo de Molles. Se ponen de novios. Se trata de Ramón Eduardo Medero. Con un noviazgo de apenas un año, llevan hoy 51 años de casados.
Antonia cree que ese “cuesta arriba” que tuvo que atravesar en su infancia la hizo ser quien es: fuerte, luchadora, capaz de sobrellevar otras dificultades que la vida le fue planteando. Injusticias en algunos casos, sacrificios y trabajo duro para progresar, y problemas de salud de integrantes de su familia, que son los que más la han golpeado últimamente y que la angustian, pero que también se van superando. Agradece a Dios y a la Virgen por eso, y participa de misas carismáticas, porque es una mujer de profunda fe.
Con Medero formaron una hermosa familia, integrada por cinco hijos: José María (49), Marcelo (48), Andrea (46), Yani (44) y Gabriel (40).
Tiene nueve nietos: Tomás y Benja (hijos de José); Gabriel y Emiliano (de Marcelo); Maite y Josefina (de Andrea); Antonella (de Yani); y Joaquín y Bautista (de Gabriel).
Todos sus hijos están vinculados a la actividad comercial: Marcelo tiene un taxi; Yani, la pollería; Gabriel, el carro Grill del London; José, el carro El Tío; y Andrea es peluquera y fotógrafa. “¿Has visto las fotos divinas que saca Andrea?”, pregunta.
No solo Antonia es una mujer de lucha y trabajo. Medero fue soldado del Ejército y luego hizo de todo: zapatero, hacía montes y vendía leña. También hacía cocinas a leña de hierro. “Ahora me arregló la de casa, la dejó divina; la tengo en la cocina, adentro”, dice orgullosa y muestra una foto. Mientras tanto, Antonia hacía comidas para vender. Siempre juntos, siempre tirando a la par.
En determinado momento, el doctor Bedat compra un carro de comidas para su padre, que había sufrido un infarto, con la idea de mantenerlo activo con algo liviano. Medero comienza a trabajar allí y, en realidad, termina haciéndose cargo de todo. Al año, compra el carro. De eso hace ya 40 años.
Fue el primero. Luego vinieron otros. Antonia, en una Yamaha que a veces tenía que traer de tiro, muerta de frío en invierno, se hace cargo del segundo carro que compran, ubicado en la Plaza Artigas. Con ese luego se trasladan a la esquina de Artigas y 19 de Abril.
También tuvieron locales en el camping, donde trabajaron durante cinco temporadas. Recuerda que José aprendió a caminar entre los alambrados que rodeaban el puesto.
Una vida de trabajo, esfuerzo y sacrificio. Antonia hacía de todo: cocinaba, limpiaba, atendía al público, además de ocuparse de sus hijos y de la familia. Siempre codo a codo con Medero.
Así nace “Puesta del Sol”, un local ubicado en el bypass de las rutas 5 y 14, donde ofrecen servicio para fiestas. Además, organizan eventos, fundamentalmente folclóricos, por donde han pasado artistas nacionales e internacionales de reconocida trayectoria, muchos de ellos amigos de la casa. Medero tiene un vínculo muy fuerte con el folclore, y Antonia siempre ha estado firme acompañando, porque también es una apasionada, aunque con menor visibilidad. “Si habré tenido la posibilidad de sacarme fotos con artistas, pero no es lo mío. Medero sí, es más sociable, se saca fotos con todos”, cuenta entre risas.
Hoy, en los carros están sus hijos, y sus nueras cumplen el rol que antes tenía ella. “Tengo unas nueras que no hay con qué darles: trabajadoras, compañeras de sus esposos, con los que trabajan a la par. Son tres parejitas: Melina, Pierina y Ana. Mis yernos también son geniales: Miguel trabaja con Yani y Osvaldo también es fotógrafo como Andrea”.
Antonia no puede parar de trabajar, porque no sabría qué hacer si no lo hiciera. Trabaja porque le gusta, porque disfruta del contacto con la gente. Sigue haciendo tortas fritas, pasteles, donas y bolas de fraile, que vende en el carro el Grill del London, ubicado en Manuel Oribe, a media cuadra de la Plaza Independencia. No da abasto: los pasteles se venden todos. Ese es su “negocio”. “Los pasteles me dan un trabajo bárbaro, porque se fríen en dos grasas y luego van al horno para escurrirse. Así son más sanos y más ricos”.
En el carro es una empleada más. Sabe que es buena en lo que hace. Riendo, dice: “Preguntale a mis hijos cuáles son los mejores chivitos, a ver qué te dicen. Y los clientes dicen lo mismo”.
En los ratos libres le gusta tejer. Ahora está haciendo un buzo de manga tres cuartos para trabajar, para que no le incomoden las mangas. Todos sus nietos tienen una manta hecha por ella en crochet, forrada con polar. “Me encanta y además me saca el estrés”.
Acompaña a Medero a festivales. Y, por asociación, recuerda: “Extrañé mucho a Popea ,se refiere a Popea Sánchez. Cuando falleció, me faltó una persona que era más que una amiga para ambos”.
También le gusta pasear. “Soy callejera”, dice. Sale con amigos, con la familia, en excursiones. “Cuando viajamos en grupo, siempre sé dónde está Medero, porque donde está él, hay montonera”.
Le gusta cuidar sus plantas. Recuerda que en un casamiento le pidieron que las sacara del porche del local, y casi le da un ataque, cuenta entre risas.
Desea que Dios le dé vida para seguir como vive: disfrutando de su familia y viendo crecer y realizarse a sus nietos.
Considera que el trabajo dignifica, que hay que esforzarse por lo que uno quiere. “Será porque mi vida fue de sacrificio, pero aprendí a luchar por lo que quería, a no esperar ayuda de nadie, a buscar oportunidades y a trabajar fuerte. Y a disfrutar de la vida”.
