María Cristina Somma Dinardi, de 61 años, es una mujer muy inquieta, geminiana con todas las características del signo: indecisa muchas veces, le gusta pensar las cosas, pero al mismo tiempo es hiperactiva. “No me puedo estar quieta”. Le gusta la música, todo tipo de música, y bailar.
Por Anabela Prieto Zarza
Es hija de Adrián Lorenzo y Alba Iris. Sus padres tuvieron la reconocida Fábrica de Pastas Somma, en la esquina de Herrera y Petrona Tuboras, por más de 50 años. Es la hija menor de cinco hermanos: Eduardo Adrián, músico y bandoneonista; Mary; María Teresa, diez años mayor; Marta Graciela, que falleció chiquita; y María Cristina, que vino a ayudar a superar esa pérdida. “Vine a ayudar a compensar el árbol”. Su padre tenía un bandoneón y tocaba algo, “pero igual que a mí, no le gustaba que lo vieran”.
Casada con Raúl Areosa desde hace 42 años, es mamá de Ignacio (38), radicado en Brasil, en Cabo Frío, y de Noela (36). Cuando habla de sus hijos y de su familia lo hace con un amor infinito, sabiendo que sus hijos se han convertido en maravillosos seres humanos.
Tuvo una infancia feliz. “Capaz que por ser la más chica, bastante consentida en algunas ocasiones y, en otras, no tanto. Mis padres trabajaban de lunes a lunes, entonces yo me iba a la casa de mis padrinos, los Telechea, donde era una hija más. Muchos chiquilines de la vuelta les decían padrino y madrina y allí jugábamos, y coincidía con mi amiga del alma, Milka Pereyra”.
Fue a la Escuela 6, la del barrio, y luego al liceo Rubino. Hizo biológico con orientación medicina, pero irse a Montevideo no se iba a dar, por lo que dejó preparatorio sin terminar. Riendo, dice: “estudié para casarme, estuve cuatro años de novia”.
Fue una etapa en la que “quedó moviéndose lentamente” y lo de estudiar se fue disolviendo.
Pero las definiciones de su futuro, quizá sin que Cristina lo supiera, ya habían comenzado mucho tiempo atrás. Elba Couto, en la Escuela 6, tenía un grupo de danza, y a Cristina le encantaba participar. En la casa de sus padrinos todos eran músicos, por lo que creció muy influenciada por ese entorno. Frente a su casa, una vecina, Leticia Llanes, estudiaba piano y comenzó a dar clases. Cristina fue su primera alumna. Pasaba todo el día tocando, allí y en lo de sus padrinos: “parecía que quería ser concertista”.
Después continuó estudiando piano con Elba Couto, con quien construyó una amistad que se extendió por más de 30 años. Se recibió de profesora de piano y solfeo y comenzó a dar clases junto a Elba. Con el nacimiento de Ignacio, suspendió un poco la docencia.
Posteriormente, otra vecina, Carmencita Evangelisti, que trabajaba en primaria, la llamó para ver si quería dar clases allí. Empezó en forma honoraria, le gustó y eso comenzó a aclarar su camino: descubrió que debía ir por ahí. Tuvo que rendir una prueba para empezar a trabajar formalmente, que obviamente salvó. Comenzó como pianista. Cada tanto debía repetir esas pruebas, que exigían preparación y de alguna manera consolidaban su formación como docente.
Luego comenzó a dar clases de canto y dejó de ser solo pianista para convertirse en educadora musical. Le encantaba. Fue una gran oportunidad descubrir su vocación durante su trayecto laboral.
Un inspector le sugirió que se presentara a concurso por ambas ramas, pianista y educadora. Lo hizo y logró la efectividad en ambas. Quedó con dos cargos efectivos en primaria y trabajó en casi todas las escuelas de la ciudad de Durazno. Cuando se creó la Escuela de Música, comenzó a desempeñarse allí como docente de piano. Posteriormente ocupó la dirección de la misma durante muchos años.
Además, durante casi diez años, fue directora del Coro Departamental de niños de primaria, “César Zagnoli”. Las exigencias de la dirección de la Escuela de Música la obligaron a dejar esta actividad que le dio muchas satisfacciones y que recuerda con mucho cariño.
Su hija Noela integró ese coro siendo niña. Cristina, además, integraba un coro de adultos y Noela no se perdía un ensayo. Se sabía todas las voces, por lo cual Mauricio Apaolaza decidió que se integrara a ese coro, a pesar de ser una niña. “Es que Noela, cuando está cantando o en algún proyecto, es feliz; es muy creativa y disfruta de eso”.
Cuando decidió jubilarse, sintió que era “medio pronto”. Corría el año 2020. La Escuela tenía otras características: se había convertido en Escuela de Arte y, a pesar de que Cristina es muy versátil y se adapta a los cambios, tomó con mucha responsabilidad la decisión de acceder a los beneficios jubilatorios. Estaba cansada: no solo era la dirección, también había que hacerse cargo de los grupos cuando faltaba un docente y, quizá por un exceso de responsabilidad, había asumido más tareas de las que le correspondían. Por otra parte, sentía que podía hacer otras cosas una vez jubilada.
Cristina siempre tuvo alumnos particulares. Los mantiene, a su ritmo y con sus horarios. Continúa dando clases de canto y piano. Increíblemente, mucha gente mayor quiere hacer canto, aunque ahora también se están sumando niños. El canto es una actividad hermosa, que incluso sirve como terapia. Pero hay que hacerlo con cuidado, aprendiendo las técnicas para no desgastar la voz y que sea un disfrute. La gente se suma por diversión, para aprender a cantar canciones populares. Hay intereses bien variados.
En sus tiempos libres le gusta escuchar música, de todos los géneros. La hija de una prima enseña salsa y bachata al aire libre, en la avenida Churchill. Le encanta: no le importa que la vean, se divierte y se libera. También le gusta pasear en bicicleta e ir al gimnasio. “Voy dos veces por semana a hacer musculación y ejercicio físico, como para envejecer con dignidad”, dice riendo. Le gusta viajar, fundamentalmente para ver a Ignacio. También disfruta de la lectura, de ver series de Netflix, varias al mismo tiempo, y películas.
Actualmente está comenzando un emprendimiento “que me enamoró”. Se trata de elaborar jabones desde cero, con una técnica ancestral del siglo XVII, sin productos químicos, utilizando hierbas y vegetales. “He tenido que estudiar mucho, he comprado cursos, hacer mucho ensayo y error, probar mucho, porque quiero que mis jabones sean fitoterapéuticos. Me lleva mucho tiempo su elaboración, que además implica intencionar los jabones”.
Cuenta que en su casa hace un año no compran jabones, que las ventas las realiza boca a boca y que no difunde por redes porque no se siente muy cómoda con ellas.
Sus sueños pasan por viajar más, conocer otros lugares del mundo y lograr mayor estabilidad en su emprendimiento: que despegue comercialmente y se consolide.
En base a su propia experiencia, nos dice que debemos animarnos a hacer y a ser lo que nos dicte el corazón, a hacernos felices a nosotras mismas, porque así también haremos felices a quienes nos rodean. Si nosotras no estamos bien, nuestro entorno lo padece. Debemos animarnos. No importa la edad.
A los 40 años terminó sus estudios de secundaria, su preparatorio. Lo hizo por sí misma, por saldar aquella deuda. Con 38 años salía de trabajar e iba a sentarse en el liceo con chicos de 17, además de armonizar la familia, el trabajo y el estudio. No fue fácil, pero lo logró.
Agradece al Universo por su familia, por sus hijos, por Raúl, su compañero de vida, y por todas las personas que le puso en su camino. “Gracias infinitas”, termina diciendo.
