María Esther Curbelo, Coca, nos recibe sonriendo con amabilidad y una lucidez que impresiona, haciendo referencia incluso a mi infancia. Esa memoria clara y viva se mantuvo durante toda la entrevista.
Por Anabela Prieto Zarza
Hija de Cipriano Curbelo y Manuela Figueira Laguna, nacida en 1932, esta bella mujer de 93 años nos cuenta su vida. Nació en el paraje Las Arenas y, con apenas un mes, junto a su numerosa familia, eran 11 hermanos, se trasladaron a otra zona rural: San José de Río Negro. “Era una lengua entre el Río Negro y el Sarandí del Río Negro”, recuerda. En aquel rancho de terrón, con techo de paja y piso de tierra, vivió hasta los 12 años. La escolarización era difícil: “Íbamos a la escuela rural cuando se podía, de a tres en el mismo caballo”.
Con la construcción de la Represa de Rincón del Bonete, el Río Negro creció hasta quedar a un metro de su casa. Un 15 de julio, a las seis de la mañana, arriba de un camión prestado a su padre, partieron hacia Durazno, llegando a las nueve de la noche. Recuerda con claridad el frío intenso: “veníamos muertos de frío”.
Llegaron sin nada. Esa niña que en noviembre cumpliría 13 años, junto a su hermana Elsa, de 16, salió a buscar trabajo para ayudar a su madre en el sustento familiar. Fueron al Molino Caorsi. Su dueño les dijo que eran muy chicas, que no podía emplearlas. Pero Coca, ya mostrando el carácter que la definiría, se plantó: tenían que darles trabajo porque no tenían nada y debían ayudar en su casa. Las contrató a las dos. Elsa se quedó muchos años; Coca solo uno, porque también había solicitado trabajo en Telefónica La Unión, de la familia Vilas Montero, y fue llamada. Allí trabajó nueve años.
Ese carácter firme y su afán de superación la llevaron a tomar decisiones poco comunes para la época, en la que la gente solía permanecer toda la vida en un mismo empleo. Se fue a Montevideo, a la casa de una tía, a trabajar en una textil. En Durazno ganaba 14 pesos; en la capital, 40. Podía enviar más dinero a su madre, que no podía trabajar debido a que uno de sus hijos requería atención permanente por su discapacidad.
Un “señor” que Coca había conocido a los 14 años, y que había descartado porque sabía que tenía otra relación, le envió una carta a Montevideo a través de un empleado de ONDA. En ella le preguntaba si su ida a la capital se debía a algún interesado. Ella respondió con firmeza, en la misma carta: “el que tiene una interesada eres tú, chau”.
A los pocos días, a las dos de la tarde, golpearon la puerta en la casa de su tía. Era él. Había viajado para verla porque quería “arreglarse”. Coca no quería saber nada, pero él insistió: su intención era casarse.
Así fue como regresó, y el 30 de diciembre se casaron. Ese hombre fue su compañero de vida durante 54 años: Juan Manuel Maisonave Curbelo. “Curbelo también, pero no somos nada”, acota con humor.
Tuvieron tres hijos: Diana, Adriana y Manuel Marcelo. Coca es abuela de Andreina e Ignacio, hijos de Diana; Isabel de Adriana y Camila de Marcel, y bisabuela de Candelaria, hija de Nacho.
Junto a su esposo gestionaron su carnicería, ubicada en Rivera y Herrera. Coca se encargaba de la caja, las cobranzas y toda la parte administrativa, pero también hacía chorizos y limpiaba el local y las herramientas. A esto se sumaban las tareas del hogar: cocinar, limpiar, criar a los hijos y llevarlos a la escuela.
En determinado momento surgió la posibilidad de instalar una zapatería: “Maisonave Creaciones”, en 18 de Julio, casi Zorrilla. No sabe cómo se convirtió en empresaria ni cómo pudo con todo: ser madre y sostener su casa. El negocio prosperó durante diez años, hasta que decidió venderlo.
En 1976 cerró la zapatería; en enero la vendió, y en 1977 se instalaron nuevamente con la carnicería en el local contiguo a su casa, en 19 de Abril, donde vive hasta hoy.
Pero la familia, inquieta y audaz para la época, con visión empresarial, fue por más. En 18 de Julio y Penza, en el local de la ex Tienda La Palma, funcionaba una oficina dependiente del Banco Central. Se hizo un llamado a licitación para su explotación que se suspendió tres veces. En la cuarta oportunidad se presentaron tres oferentes: Zerpa, Carlitos Núñez y Maisonave.
Presentaron la propuesta y esperaron. Un día, Coca recibió una llamada del banco: Hugo Despaux les informaba que habían ganado. Cuenta en broma que “ganó el más pudiente”, porque ofrecieron unos pesos más.
La idea era abrir “La Palma”, un lugar que marcaría una época para muchas generaciones. No sabían bien qué hacer, pero como Coca había vendido la zapatería, contaban con recursos para arreglar el edificio, ampliar ventanas y realizar mejoras. Dentro había documentación bancaria que se quemó por completo. Trabajaron con la meta de abrir el 12 de octubre, pero no llegaron.
Finalmente, el 20 de diciembre de 1979, a las nueve de la noche, después de una jornada de trabajo incluso arreglando plantas, Coca fue a su casa a bañarse, se arregló el cabello con ayuda de una vecina peluquera, y a las diez ya estaba de regreso en el local. Despegaron los papeles de las ventanas y abrieron las puertas.
No invitaron a nadie ni avisaron. Fue un éxito total: mesas llenas adentro y afuera.
Dentro de La Palma funcionaba un kiosco atendido por Gladys Rodríguez, que muchas veces iba con su hija Silvita, de cinco años. Cuando Coca y Maisonave salían a hacer mandados, la llevaban con ellos. Las vueltas de la vida: esa niña es hoy la pareja de Marcelo.
En La Palma, Coca hacía de todo. “Era todo casero”, cuenta con orgullo. Sin formación en gastronomía, pero con libros y dedicación, elaboraba postres famosos: budín de coco, flan, delicias de durazno, frutilla y ananá, gateaux de chocolate, milhojas, palmitas y rosquitas de membrillo. También las pastas: si se terminaban los tallarines, ñoquis o canelones, se hacían más en el momento.
Entraba a las cinco de la mañana, trabajaba hasta las seis y media de la tarde, lavaba manteles, se bañaba, descansaba si podía, y a las siete y media volvía al local hasta la una de la mañana. “Cómo aguanté, no sé”, dice.
Hace una mención especial a todos los colaboradores: mozos, pizzero, ayudantes de cocina. “No éramos patrones y empleados, éramos una gran familia”.
Recuerda una gran reunión de productores rurales en el estadio: atendieron a más de mil personas durante dos días intensos. Durazno estaba colmado de gente, y no pararon de trabajar.
Tuvieron La Palma durante diez años. Luego continuaron con la carnicería hasta jubilarse.
Hoy teje, hace crochet, se ocupa de la casa y cocina, aunque a veces no tenga ganas. Tiene una huerta, plantas, una gata llamada Nala que duerme a los pies de su cama, y dos perros que, aunque son de su nieta Camila, forman parte de su vida cotidiana.
Se considera feliz. “Luché para tener la casa y la compré cuando estaba en la zapatería”.
Al preguntarle si le quedan sueños, mueve sus ojos vivaces y responde: “pintar la casa, porque con la jubilación no es tan fácil”.
Así, con sencillez, se presenta una mujer que hizo de todo: emprendió con esfuerzo, sostuvo una familia, concretó proyectos y cumplió sus sueños. Relata su vida con alegría y serenidad, como si salir adelante fuera natural. Y quizás lo fue, porque siempre estuvo acompañada de esa calma firme y esa determinación silenciosa que la definen.
Cree que hoy se escucha poco a los mayores. “La respuesta fácil es ‘eso es de otros tiempos’”, dice. Recuerda que antes se enseñaba todo: limpiar, cocinar, tejer. Ella misma hizo su ajuar, bordó sus sábanas. “Hoy los padres no enseñan a sus hijos ni les dejan pasar trabajo, no los preparan para la vida”. Destaca, con orgullo, que su nieta Camila, que vive con ella desde hace 15 años y es maestra, aprendió de todo.
