Música, docencia, reinventarse para sanar y dejar huellas

María del Carmen Evangelisti Duhart, de 63 años, es hija única de Carmen Duhart y Aldo Evangelisti, nieta del Prof. Raúl Evangelisti y mamá de siete hijos: Soledad (45), Raúl (44), Martín (quien hoy tendría 42 años, falleció a los 13), Federico (40), Carolina (37), José Pedro (34) y Lucía Luna (33).
Tiene seis nietos: Ciro, Renata, Juan Martín, Agustín, Lorenzo y Camilo.

Por Anabela Prieto Zarza

Esta niña que creció en una familia donde la música ocupaba un lugar muy importante, al lado de la figura de un gigante como don Raúl, siente que tuvo un gran privilegio. Recuerda que todo era normal para ella; no dimensionaba lo extraordinario que era estar en ese ambiente, que seguramente influyó en su vida y en su formación profesional. Lo vivía con tanta naturalidad que, con tan solo 3 años, subió al escenario de Amigos de la Música a tocar el violín con su abuelo. Después lo hizo muchas veces más. Era natural. “La música, el violín y la viola son partes de mi cuerpo, que integré con naturalidad”.

Fue a la Escuela Nº 1 hasta tercer año, luego cursó un año en la Escuela Nº 6, cuando se implementó aquello de que los niños debían concurrir a la escuela del radio en el que vivían, y desde quinto año hasta terminar el liceo asistió al Colegio de las Hermanas. Realizó Preparatorio en el Rubino y luego ingresó a Magisterio. No fue una opción vocacional, pero le permitió acumular saberes para lo que sería su verdadera vocación.

Su ilusión, a los 15 años, era irse a Montevideo a estudiar profesorado de Música al Instituto de Profesores Artigas y entrar en la Orquesta Sinfónica. No era una buena época para irse sola a la capital. La vida la llevó por otros caminos, pero no se arrepiente de nada. Reflexiona: “donde uno esté tiene que florecer con las herramientas que tiene. Actualmente tengo una alumna de 40 años, con un down bastante severo, y es impresionante lo que puede lograr. Todo lo que he aprendido a lo largo de mi vida, sin saberlo, lo apliqué en psicoterapia”.

Carmen, de acuerdo a su propia experiencia y a lo que le ha tocado vivir, es un ser humano profundamente empático, especialmente con las situaciones de los demás. Ver al otro desde esa perspectiva permite desarrollar niveles más altos de sensibilidad, “ver más”.

Luego de recibirse de maestra, trabajó seis años en el “Colegio de las Monjas” y en la escuela pública. Posteriormente concursó para Profesora de Educación Musical. Fue entonces cuando descubrió que era docente de alma, pero en esa rama: el canto, la música, el violín y la viola.

Trabajó como profesora de Educación Musical en Primaria, en Durazno. Desde los 18 años ya se desempeñaba en el Conservatorio de la Intendencia. Más tarde comenzó a dar clases en el liceo y recorrió todo el país enseñando música y coro. Recuerda especialmente lo logrado en la vecina ciudad de Paso de los Toros, donde llegó a tener, durante seis años, un coro de 140 niños. Se iban unos, pero llegaban otros. Fue maravilloso.

Con el Conservatorio de Durazno realizó presentaciones en todo el país. Aún es integrante de la Orquesta de Cámara del Conservatorio. Su principal orgullo es que quienes hoy están al frente del mismo fueron sus alumnos.

En determinado momento de su vida, decidió irse de Durazno: ya no le quedaba nadie allí, estaba por nacer un nieto y quería estar cerca, presente en su vida. Optó por radicarse en El Pinar. Transitó así un desapego parcial de su ciudad, porque sigue regresando, apoyando al Conservatorio, que siente como propio.

Radicada en El Pinar, trabajó en todo el santoral de Canelones, en la Costa de Oro y en distintos balnearios. También tuvo la posibilidad de trabajar durante seis años en Piriápolis, donde vivió dos años. “En ese hermoso lugar, tuve un coro fabuloso”.

Casi se olvida de hacer referencia al cumplimiento de un debe bien logrado en su vida. No quedó pendiente hacer profesorado de música en el Instituto Profesores Artigas. Lo hizo libre y semipresencial y con 57 años Carmen se recibió. Cualquier comentario al respecto está demás: admirable.

Hoy, ya jubilada de sus actividades formales, continúa trabajando de manera particular en su domicilio y en una escuela de arte en la Costa, donde da clases de violín y viola, además de seguir apoyando al Conservatorio de Durazno, como siempre.

Ha incorporado gatos maine coon: “son gatos gigantes que integré por psicomagia. Uno cambia situaciones, transmuta heridas, sana a través de cambios. Ellos ocupan mi tiempo en esta etapa del nido vacío, del desarraigo de mi casa, de mi ciudad, de mis muertos, que quedaron todos en Durazno, del lugar donde viví 50 años”.

Le gusta cuidar sus plantas, la playa, leer sobre física cuántica y sanación espiritual, y disfruta de series de TV, “de cosas raras, como Outlander, siempre fui medio volada con esos temas”.

Sus aspiraciones son seguir dando lo mejor de sí misma y le encantaría crear un Conservatorio en la Costa, “uno bueno, seguir dejando un legado de arte y de música acá, donde estoy plantada ahora”.

Considera que “la fortaleza está dentro de uno mismo; hay que mirarse y reinventarse, porque obstáculos siempre van a haber. Hay que creer en uno mismo y levantarse todas las veces que sea necesario. Esa ha sido mi vida, así lo hice, hablo desde la experiencia”.