Cuando le pregunto quién es Serrana, con honestidad manifiesta que le costó mucho responder a esa pregunta.
Por Anabela Prieto Zarza
“Me hizo pensar en mí, en lo que fui y en como de alguna manera he ido cambiando a medida que voy pasando por distintas etapas de mi vida, de algùn manera me considero dinamica de acuerdo al momento y el lugar, al entorno y sus circunstancias, pero adaptable a la vez. Soy atrevida en el buen sentido de la palabra, de atreverse, animarse a más. Me propongo metas que pienso y pienso, pero cuando me lanzo, las cumplo. Soy decidida y, sobre todo, apasionada cuando me involucro en algo lo hago con mucho amor y entrega, soy emprendedora y resiliente.
También habita un bichito aventurero que estuvo muy vivo en una etapa de mi vida y que ahora está dando lugar a otras responsabilidades. Soy de acuerdo al ambiente en el que me muevo, pero mi esencia se mantiene. Soy responsable, puntual, exigente conmigo misma, soy agradecida por todas las cosas buenas que me suceden y afortunada por todo lo que tengo».
María Serrana Guanco Crossa, de 48 años, es hija de «la maestra Raquel y Dionisio, ambos muy buenas personas, trabajadores y excelentes padres» y mamá de Elena de 6 años.
Fue una niña feliz, que jugaba en la vereda con vecinos y amigos del barrio, muy obediente e independiente. Pasaba sus vacaciones en Montevideo con sus tíos, y también iba a las termas con sus padrinos. Asistió a la Escuela Nº 2 y luego al liceo Rubino.
Terminados sus estudios, sin una vocación definida, intenta estudiar en Montevideo Nutrición y Dietética. Comienza a trabajar en un empresa de carga aérea (en la cual va a permanecer por sus proximos 24 años alli), le gusta y le toma el gusto a tener su propio dinero y, como lo que estudiaba no era lo suyo, lo deja por el camino.
En el lugar donde trabajaba la ascienden, le asignan mayor carga horaria y más responsabilidades, por lo cual, como dice ella, “arranqué para las 9 horas”.
A los 28 años de edad comienza a hacer terapia. En ese contexto descubre su vocación. Empieza a estudiar Psicología, tiene cursada la mitad de la carrera y si bien quedó ahí, no es un tema cerrado. Quizá algún día retome, pensando en que hoy hay más alternativas y posibilidades para quienes estamos en el interior debido a la posibilidad de hacerla on line.
Desde los 18 años en adelante está en pareja y se casa. Desde siempre quiso ser madre, pero estando en pareja no se dio. Después de 14 años llega la separación, el divorcio y el duelo. Las ganas de ser mamá seguían intactas, pero también fue importante transitar otras experiencias. Con sus jóvenes 32 años, comienza a disfrutar de otras cosas: salir, viajar, pasar tiempo con sus amigas, tener mas libertad, manejar sus tiempos. Nace una nueva Serrana, soñadora, independiente, aventurera. Seguía trabajando y cursando la universidad.
Llegan los 40, con una posición económica consolidada y el reloj biológico marcando que, si quería concretar su deseo de ser madre, era el momento.
En 2016, sin que sus padres lo supieran, para evitarles la incertidumbre, y con el apoyo de un circulo reducido de amigas de Montevideo, se realiza la primera fertilización de baja complejidad, sin éxito.
Solo quienes atraviesan esa experiencia pueden entender el desgaste físico, emocional y económico que implica ese fracaso.
Pero sus ganas de ser mamá eran más fuertes y lo vuelve a intentar. Esta segunda vez recurre a una fertilización de alta complejidad, también sin éxito. Otra vez atravesar lo mismo. No fue fácil. Solo quienes pasamos por eso sabemos lo que cuesta levantarse de esa brutal caída.
Pasa el tiempo y, cuando logra retomar el tema, decide hablar con sus padres. Retomar significa también superar esos desgastes que dejan huella.
Serrana sabía lo que quería y esta valiente mujer estaba decidida a hacer lo necesario para lograrlo. La respuesta de sus padres fue: “¿Qué hay que hacer? ¿A dónde tenemos que ir?”
Entre los tres juntaron coraje, valor y energía, y este nuevo intento lo encaró de una forma diferente: más relajada, más contenida, con la sensación de que todos iban por lo mismo porque «la unión hace la fuerza».
En enero tiene una entrevista en una clínica en Buenos Aires. La cita era en marzo. Para que sus padres no estuvieran tan pendientes del proceso, los alentó a viajar a Chile en esa fecha, y ella alquiló un apartamento en Recoleta en donde se quedó una semana con una amiga y le realizaron la transferencia embrionaria (FIV)
Vuelve a Montevideo y, a los 15 días, se realiza el análisis de sangre. Resultado: “positivo”. Venía abriendo la puerta de su casa cuando recibe el mail con el resultado.
Sus padres llegaban ese mismo día de Chile por lo que decide sorprenderlos personalmente con la noticia. Toma el celular y les manda un mensaje a sus amigas: “lo logramos!”. Esa fue su primera celebración.
El embarazo transcurre con total normalidad, los controles se realizan con la participación de toda la familia: “Íbamos papá, mamá y yo. Cumplí mi sueño, lo trabajé, lo luché, pasé por todos los estados de ánimo, tal como una montaña rusa. A veces me preguntaba por qué me pasaba esto a mí. En cada fracaso salía a la calle y veía embarazadas por todos lados, mis amigas seguían teniendo hijos y yo feliz por ellas, pero mi angustia crecía. Sin embargo, nunca dudé. Quería ser mamá y lo fui”.
En Montevideo tenía todo: su casa, su trabajo, una excelente niñera. “Mis padres vivían viajando para ver a su única hija y a su única nieta. Con la ruta en obras, iban de Durazno a Montevideo por San José. Entonces nos planteamos: o ellos se mudan a Montevideo o nosotras a Durazno”.
Primó la segunda opción. Recibe la propuesta laboral para ser encargada de la franquicia de Droguería Industrial Uruguay que abría una sucursal en Durazno y no lo dudó.
Volvía a su ciudad, un lugar más tranquilo para criar a una niña, y cerca de sus padres y amigas. Le costó la adaptación, pero no se arrepiente.
En el ámbito laboral todo ha funcionado muy bien. Los objetivos se cumplen, la empresa se consolidó en el mercado y trabaja de forma sólida.
Pero Serrana, inquieta, también inició un emprendimiento propio: FLORINDA. Aclara entre risas, «sin el Doña». Se trata de un puesto callejero de venta de flores naturales que instala una vez al mes en la puerta de su casa. La idea es que la gente compre flores para regalar y regalarse. Sin motivos, porque sí, para alegrar la casa, para darse un gusto. “Para decir algo sin decir nada”.
Este proyecto le recuerda a los puestos callejeros de Montevideo y quiso traer esa misma esencia a Durazno.
El nombre surge cuando su padre, al verla rodeada de flores, le dijo: “estas como Doña Florinda”. El “Doña” quedó en el camino.
Ha participado en ferias como Cuenta Cultura en AEBU y mañana participará en la feria de REDEX en el Parque del Bicentenario, por el Día de la Madre.
Tiene claro que ser madre soltera tiene sus complejidades, pero también que la maternidad es exigente, se viva como se viva. Agradece profundamente la red de contención que tiene para la crianza de su hija y en todos los aspectos de su vida. También reconoce que muchas mujeres en distintas situaciones ejemplo: conviviendo en parejas, casadas, viudas o divorciadas pueden sentirse más solas que ella criando a sus hijos, por eso nunca dice que es una familia monoparental para obtener ningún beneficio sobre otra mamá.
Cuando habla de Elena, se transforma, se ilumina, emana amor y alegría. Es evidente que ser madre era su aspiración más sagrada.
“Elena es compinche, compañera, todoterreno. No hace problemas por nada, a donde la invites va. Es sumamente cariñosa y compañera. Su forma de ser me facilita hacer actividades al aire libre, salir con amigas; la llevo a todos lados. Voy a gimnasia y viene conmigo: hace gimnasia o se pone a dibujar en el piso.
Además, nos gusta cocinar, escuchar música juntas. Escuchamos y cantamos junto con Ana Prada, Claudio Taddey, Rossana Taddei, Fito Páez, Silvio Rodríguez… y la lista sigue. Nos encantan los videos de Kevin Johansen, esos recitales ilustrados en los que dibuja. También nos gusta pintar, siempre con música. Cada una tiene su libro de pintura”.
Dice que cuando sueña, no sueña con ser astronauta, que sueña con cosas tangibles, que sabe que puede concretar: «Ser mamá ha sido un sueño cumplido! Los sueños se luchan, se persiguen y se logran”.
