La vida te enseña a silenciar el ruido y escucharte

Marta Beriao Matonte aprendió a ser una mujer independiente. No le gusta pedir ayuda; eso muchas veces le ha jugado a favor, pero también en contra. A sus 56 años sabe que todavía tiene que seguir trabajando en ese aspecto. Aun así, se considera una mujer feliz, en armonía con el universo.

Por Anabela Prieto Zarza

Es hija de José Enrique Beriao, médico veterinario, y de Martha Matonte, quien además de ser ama de casa y mamá, colaboraba con Quique en la veterinaria. Es la del medio de siete hermanos: Fernando, Claudia, Martín, Martita, Ignacio, Natalia y Leandro. Con un orgullo inmenso dice: “Soy mamá de Juan Martín, de 35 años, profesor de Filosofía; de Facundo, de 33, que trabaja en el sector privado; y de Nicolás, de 32, profesor de Educación Física”. También es abuela de Juana, hija de Facundo y Yami, y de Bruno, hijo de Juan Martín y Sofí.

Se le infla el pecho cuando habla de sus hijos: de lo buenas personas que son, trabajadores, responsables, padres excelentes. Son, sin duda, su mayor riqueza. De sus nietos habla todo el tiempo y agradece profundamente el privilegio de poder disfrutarlos.

Siente que tuvo una niñez privilegiada. Cursó primaria y secundaria en el Colegio y Liceo San Luis y luego se fue a Montevideo a estudiar Secretariado. Creció en un hogar seguro, lleno de voces, de mesas largas, de encuentros y de alegría. Hasta que un día, la vida, sin pedir permiso, cambió esa realidad y la casa se llenó de silencio. Secretariado no le interesaba demasiado, pero fue la excusa perfecta para irse.

Tanto ella como sus hermanos comenzaron a transitar un camino de “sálvese quien pueda”. En lo personal, Marta empezó a buscar dentro de sí misma aquello que la ayudara a atravesar ese momento tan duro. En ese proceso conoce a Martín Tierno, el padre de sus hijos. Forman un matrimonio hermoso, con una persona excelente, y juntos intentan salir adelante, creciendo, educándose y criando a sus hijos con apenas 20 años.

“Siempre fui muy inconsciente. La inmadurez de los 20 años me permitió, sin querer, sacar esos niños adelante. Hoy son unos hombres maravillosos. Juan Martín me enseñó a ser madre, a no repetir con sus hermanos los errores que había cometido con él. Martín me dio una familia hermosa: sus padres y sus hermanas son mi familia, los adoro. Siempre fueron muy buenos con nosotros, muy contenedores, muy familia. En mi casa sobraba el dinero: yo no aprendí a lavarme la ropa ni a cocinar, tenía todo, pero faltaban otras cosas. En lo de Martín se daban un beso todas las mañanas y todas las noches”.

Tiempo después, el matrimonio se separa y Martita continúa sola con sus hijos, aunque manteniendo una excelente relación con Martín. Recuerda que cuando decidieron separarse, a pesar de su juventud, eligieron hablarlo juntos con sus tres hijos. Nicolás era tan pequeño que no le llegaban los pies al suelo. Martín les dijo una frase que aún hoy sostiene con hechos: “Papá y mamá se separan, pero no de ustedes”. Y así fue siempre.

“Siempre está para ellos y para mí, por ser la madre de sus hijos. Se merece este reconocimiento. Ojalá todas las parejas, cuando la separación es inevitable, puedan construir el vínculo que nosotros tuvimos y tenemos”.

Pasado un tiempo, sintió la necesidad de generar ingresos propios. Hizo de todo: trabajó en una tienda, en una financiera. Fue duro, porque por necesidad tuvo que soportar ciertos abusos, como no estar en caja con todo lo que eso implica o tener horario de salida a las 15 y quedarse hasta las 19, mientras tres niños pequeños la esperaban en casa. Pero todo fue aprendizaje.

Lo que más le angustiaba era la falta de estabilidad, la inseguridad económica y, sobre todo, su dificultad para pedir ayuda. En aquel momento, su padre podría haberla asistido, pero fiel a su temperamento, sentía que debía poder sola. Entendía que la educación y manutención de sus hijos era su responsabilidad.

Hubo momentos en que no veía con claridad una salida, pero siempre tuvo algo muy claro: no podía parar. Como pudo, siguió adelante. Vino una época de cierta estabilidad económica, que luego se vio interrumpido por una reestructura en la empresa donde trabajaba, dejándola nuevamente sin empleo.

En ese contexto, su hermano Martín la invita a trabajar en la inmobiliaria vinculada a su empresa de negocios rurales. “No llegamos a trabajar juntos porque Martín tuvo un problema cardíaco”. Martita tomó la idea y la llevó adelante. Necesitaba trabajar; Nicolás ya estaba en la facultad. Salía en bicicleta a recorrer casas y ofrecerlas. “No había otra. Faltaban seis meses para que mi hijo se recibiera, esa era mi mejor motivación”.

Luego se asocia con dos escribanas, con quienes continúa trabajando hasta hoy, y así se consolida el proyecto que le permite salir adelante: nace VL Estudios. Comienza a irle mejor y encuentra cierta estabilidad. Cree que su crecimiento se debe al compromiso y la responsabilidad con los que asume su tarea.

No tiene días de descanso. Se encarga de todo lo relacionado con las propiedades: mostrarlas, resolver problemas de propietarios e inquilinos, asegurarse de que todos se sientan cuidados y satisfechos. Logra que el cliente llegue y se quede.

Pero también le pasó algo más: se entregó al trabajo con la misma intensidad con la que había criado a sus hijos. Comprometida al cien por ciento, sin pausa. Su cuerpo empezó a enviar señales de que debía parar, pero ella no escuchaba. Entonces el Universo, que es sabio, la obligó a detenerse: sufrió un infarto.

“Me desperté de madrugada. No tuve la lucidez de pedir ayuda; a las cuatro de la mañana me fui manejando a emergencia. Después supe que hice ese trayecto infartando. Estoy convencida de que fui cuidada por algo superior, porque cada persona con la que tuve contacto en ese momento era la que debía estar para que yo me salvara”.

Hoy, con serenidad, afirma: “Agradezco ese infarto. Logró que me ubicara. Ahora soy una persona más tranquila. Me aferré mucho a un amigo, Walter, que estuvo y está. Es el tío de mis hijos, quien siempre me acomoda cuando me estoy desviando, me ayuda a volver a mi eje. Facundo dice que nunca conoció a alguien a quien le haya hecho tanto bien sufrir un infarto”.

A partir de ese momento, empezó a darse tiempo para sí misma. Sale a caminar, algo que disfruta profundamente. Aprendió a valorar el sonido del silencio en su casa, ese mismo del que antes huía por miedo. “Escuchar música sola me transporta. Viajar… antes lo pensaba demasiado porque sentía que me desestabilizaba económicamente. Hoy, si puedo, voy”.

Y viajar la llevó a uno de esos momentos que quedan grabados para siempre. Nicolás realizó un posgrado en deportes colectivos de alto rendimiento en Barcelona, y Martita decidió ir a visitarlo. Le costó tomar la decisión, pero lo hizo. Caminando por esa ciudad, junto a su hijo ya adulto, recordaban aquellos tiempos en que no todo era fácil y valoraban profundamente el presente.

“Lo que habíamos logrado como familia los cuatro juntos”.

También realiza actividades de acción social, pero desde el anonimato, simplemente por sentirse bien consigo misma. Colabora con protectoras de animales, y su mascota, René, es un perro rescatado de una creciente. “Se llama así porque nos rescatamos juntos, y René significa renacer en francés”.

No sabe si tiene un sueño concreto, pero sí un deseo claro: le pide al universo, cada día, vida para disfrutar de sus nietos, verlos crecer, realizarse, cumplir sus sueños.

Hoy, en otra etapa de su vida, disfruta de una relación de pareja adulta, tranquila y serena. La historia de cómo se reencontraron merece un capítulo aparte, pero hay un detalle que la vuelve especial: se encontraron en la puerta de lo que había sido la veterinaria de su padre, donde él, de joven, la “peleaba” cuando ella era apenas una niña. Él no la reconoció en un primer momento; lo demás, simplemente, fluyó.

Al despedirse, le pido una reflexión. Y deja un mensaje que nace desde lo más profundo de su experiencia:

“Mi humilde mensaje es que tenemos que pensar en nosotras mismas, que somos fuerza, que somos amor. Que tenemos que escuchar nuestro cuerpo, las señales que nos da. Que todo pasa por algo. Que de todo lo que está roto tenemos la posibilidad de reconstruirnos. Todo lo que necesitamos está dentro nuestro”.