Mientras las grandes producciones internacionales dominan las salas en Uruguay, el cine nacional enfrenta dificultades estructurales para sostenerse en cartel y encontrar público.
El problema no es nuevo, pero hoy es más visible que nunca. En Uruguay, el cine nacional no desaparece: queda relegado. Y esa diferencia no es menor. No se trata de falta de producción, sino de falta de espacio.
Para entenderlo hay que mirar cómo funciona la exhibición. En 2024, las películas extranjeras concentraron el 97,5% de la audiencia en salas, mientras que el cine uruguayo apenas alcanzó el 2,5%. No es una percepción: es un dato.
Ese desequilibrio no se explica solo por el gusto del público. Tiene que ver con una estructura. Las grandes producciones —desde el cine de estudios como Marvel hasta directores como Steven Spielberg— llegan con campañas globales, múltiples salas, horarios centrales y semanas aseguradas en cartel. No compiten: ocupan.
El cine uruguayo juega otro partido.
Desde los años noventa, con la consolidación de una industria más organizada tras la vuelta democrática y la creación de fondos de apoyo, el país logró aumentar su producción y formar generaciones de realizadores. Películas como El chevrolé marcaron un punto de inflexión en términos de público y circulación, llegando a cifras significativas para el contexto local.
Pero ese crecimiento no resolvió el problema central: dónde se ven esas películas.
Porque el cuello de botella no está en la creación, sino en la exhibición.
Hoy, incluso cuando una película uruguaya logra estrenarse, su permanencia en cartel suele ser mínima. Pocos días, pocas funciones, horarios secundarios. En muchos casos, no hay tiempo suficiente para que el boca a boca funcione, para que el público la descubra o para que construya una presencia real.
Mientras tanto, la asistencia a salas en general también viene cayendo: en 2024 hubo alrededor de 2,1 millones de espectadores, un 30% menos que en la etapa previa a la pandemia. En ese escenario de retracción, el sistema se vuelve todavía más conservador: apuesta a lo seguro, a lo que ya viene con público asegurado.
Y eso reduce aún más el margen.
El resultado es un círculo difícil de romper: el cine uruguayo tiene poca presencia porque no tiene espacio, y no tiene espacio porque no logra acumular público suficiente en condiciones que nunca terminan de ser favorables.
Frente a esto, aparecen otros circuitos —plataformas digitales, exhibiciones alternativas, espacios como Cinemateca Uruguaya, fundada en 1952 y clave en la preservación y difusión del cine no comercial— que sostienen esa producción. Pero esos espacios no reemplazan la visibilidad que da la cartelera principal.
Porque el problema no es solo ver cine uruguayo.
Es que ese cine tenga un lugar real en la pantalla que organiza lo que una sociedad ve.
La cartelera no es inocente.
Define qué circula, qué permanece y qué queda afuera.
Y hoy, en Uruguay, ese orden no está jugando a favor del cine nacional.
