Ninella es una mujer positiva, de entrega genuina, de entregar al otro desde el corazón. No se queda quieta y es una firme defensora de los derechos de los más vulnerables. Supo ser de las que planificaban la vida, pero la vida misma le enseñó otro camino.
Por Anabela Prieto Zarza
Ninella Ilaide Martínez, licenciada en Psicología y perito forense (oficial), es hija de Isabel Martínez y de Julio Monzón. “Llevo el apellido de mamá, como debe ser”, dice con naturalidad. A sus 43 años se siente plena y realizada. Es la del medio de tres hermanos: Teddy y Romina Martínez.
Es mamá de tres hijos: Nicolás Peralta, fallecido hace 11 años; Luana Peralta, de 15, y Emilia Robles, de 8.
Luana es un «sol» una adolescente emprendedora y creativa. Cursa cuarto año de liceo y quiere orientarse hacia la comunicación, un área en la que ya da sus primeros pasos como responsable de redes en el Centro Bienestar.
Emilia, en cambio, es el torbellino de la casa. Va a la escuela, le encanta cocinar y se las ingenia para conseguir todo lo que necesita. Participa en la Cocinita con Carina, que funciona en el Centro. Es alegre, inquieta, divertida y muy cariñosa. Además, concurre al Club San José de Villa Guadalupe.
Ninella creció en Durazno. Asistió al Colegio Inmaculada Concepción, luego al liceo Rubino y más tarde a la UDELAR. Antes de iniciar la universidad, trabajó como niñera, en una panadería y también en tareas de limpieza junto a su madre. “Me gustaba tener mi plata”, recuerda. Al ver a Luana, no duda: “yo era así”.
Cuando estaba a tres materias de recibirse, todo lo proyectado quedó en pausa. La vida, como suele hacerlo, marcó otro rumbo.
El nacimiento de Nicolás cambió su mundo por completo. No hubo opción de continuar con sus planes tal como los había imaginado. Su misión pasó a ser acompañarlo en su lucha diaria. Nico nació con una discapacidad severa: pasó sus primeros tres meses en CTI, enfrentó múltiples patologías y fue sometido a varias operaciones.
Ninella habla de ese proceso con una serenidad que impacta. Sin dramatismos, convencida de que hacía lo que correspondía. “era su lucha, por vivir cada día yo estuve ahí siempre para acompañarlo”, expresa. La vida se volvió una rutina de balones de oxígeno, traslados a Montevideo, a DEMEQUI y apoyo de BPS, asistencia en Teletón, sillas de ruedas y cuidados especiales todo para mejorar la calidad de vida de Nicolas.
Año y medio después de su nacimiento, Nico ya utilizaba silla de ruedas. Fue también quien despertó en Ninella su vocación por la defensa de derechos: primero los de su hijo, luego los de tantos otros en los ámbitos donde le tocó desarrollarse.
Vivió un tiempo en Montevideo, donde el acceso a la salud era más accesible para Nico. Luego regresó a Durazno.
Ninella siempre sobre protegió a Nicolas, no lo dejaba con nadie, hasta que apareció la maestra Ana Martínez, quien la ayudó a dar ese paso. Gracias a ella, Nico comenzó a asistir a la Escuela N° 8. “Con Ana somos amigas”, dice, recordando lo difícil que fue dejarlo en la sala de baja visión.
En medio de todo, decidió retomar su carrera. No fue sencillo: cada vez que debía rendir un examen, algo ocurría con Nico. Aun así, persistió. Preparando la última materia, una de las más importantes, tuvo que viajar a Montevideo para internarlo nuevamente. Siempre llevaba dos bolsos, uno para ella y otro para Nico; esta vez sumó un tercero, con libros y apuntes. Estaba decidida.
De día acompañaba a Nico; de noche estudiaba sin descanso, cubriendo la cama de libros, mientras las enfermeras le insistían en que debía dormir. El día del examen, su mamá y una tía paterna se quedaron con Nico. Fue la única vez que lo dejó al cuidado de otros durante una internación. El examen duró cinco horas. Y lo salvó.
Ese momento marcó un antes y un después: concretó una meta postergada durante años. Recuerda también el apoyo constante de su familia, amigos de Cristina Roca y de Ana. “Fueron mi sostén, me ayudaron a verme como mujer, a ordenar mis pensamientos. Yo vivía con la idea, y solo pensaba en ello, de que Nico tenía que seguir con vida, su lucha era diaria y yo debía estar ahí para él”.
Ya recibida, se presentó a concurso para ingresar al INAU. Cuando la llamaron, Nico estaba muy delicado y pensó en no ir. Nuevamente, Ana intervino: “vas a ir, vas a firmar y después se verá”. Se quedó en su casa para que pudiera hacerlo.
Ingresó a INAU, donde trabajó durante ocho años, inicialmente en turno nocturno. Luego asumió otras funciones, siempre vinculadas a la defensa de los derechos de niños, niñas y adolescentes, en una época donde las políticas públicas en ese ámbito aún no estaban tan desarrolladas.
Más adelante, participó en diversos proyectos e instituciones: PANAMBI, la Escuela N° 52, Ciudadela, docente de UTU, cargo de coordinadora en diferentes instituciones, además de su práctica en clínica particular que es lo que más disfruta. Trabaja con personas de todas las edades, aunque siente una conexión especial con los niños niñas y adolescentes
Se presentó a un llamado para el cargo de psicóloga perito forense en el Instituto Técnico Forense, accedió al cargo y, tras ocho años, renunció a INAU. Este rol implica una formación y especialización constante, tanto en Uruguay como en el exterior, y representa un desafío permanente. Integra un equipo multidisciplinario en Paso de los Toros y actualmente también da clases en la Escuela Agraria de Carlos Reyles.
Además, forma parte del equipo del Centro Bienestar, ubicado en Herrera 929, donde se brinda atención integral a personas que buscan mejorar su calidad de vida.
Muchas veces le preguntan: “¿vos en qué momento vivís?”. Y su respuesta es simple: “vivo todo el tiempo, disfrutando de cada momento”.
Se considera una mujer feliz. Encuentra tiempo para lo que le gusta, como correr, y viajar con sus hijas. “Con Nicolás no nos perdimos de nada. Viajamos por todos lados; lo único que le faltó fue subirse a un avión”.
Hoy su forma de viajar también cambió: improvisa más. “La vida me enseñó que no hay que programar tanto, que hay que disfrutar. El disfrute no se programa, se siente, nace”.
Se debe un viaje sola, una promesa que se hizo al recibirse. Sabe que implica animarse a encontrarse consigo misma. “Tengo que definir ese «vamos conmigo’”, reflexiona.
Luana, dice, también ha sido su guía. Nicolás tenía vagabundeo ocular y no podia fijar su mirada; Luana, en cambio, fue la primera que la miró a los ojos mientras tomaba pecho. “Con ella sentí por primera vez la mirada de un hijo”. También atravesó momentos difíciles: a los tres meses dejó de amamantarla para internarse con Nico. Por eso, Ninella insiste en no dejar pasar las oportunidades de disfrutar.
Está convencida de que ha podido sobrellevar su historia porque encontró fuerza desde el amor. Desde ese mismo lugar sostiene su lucha por los derechos de los más vulnerables. Hoy, sus ejes son sus hijas. Y su mensaje es claro: agradecer cada momento, programar menos, disfrutar de cada encuentro y regalarnos tiempo de entrega con quienes amamos.
