Mujer que supo ganarse un lugar en las grandes canchas

Silvina Tea Vera, a sus 39 años, se define como una mujer resiliente: cada vez que se cayó, se levantó más fuerte, dejando siempre alguna huella.

Por Anabela Prieto Zarza

Es hija de Zelmar y Marisol, nieta de Mercedes Mesa y Nelson Vera, y de Mirta Miqueiro. Tiene tres hermanos: Andrés, radicado en España, Natalia y Claudio. Es tía de cuatro varones: Franco, Thiago, Laureano y Lazarito, quien además es su ahijado. Es la orgullosa mamá de Guadalupe, de 15 años, y Marcelina, de 12.

Junto a su esposo, Leo Schol, conforma una familia ensamblada que incluye a los hijos de él, Manu, de 15, y Agus, de 13. “Por lo tanto, tenemos cuatro adolescentes que se llevan muy bien”, comenta, y entre risas agrega: “como todos los adolescentes”.

Tuvo una infancia feliz, aunque reconoce: “mucho no me acuerdo, porque pasaron cosas”. Sin embargo, tiene claro que sus padres hicieron todo para que fuera feliz y que sus abuelos estuvieron siempre muy presentes: “fui la primera hija, la primera nieta, y eso hizo que toda la atención fuera para mí”.

Concurrió a la Escuela N.º 2 y luego al Liceo Rubino. Más tarde comenzó a trabajar: “he trabajado en mil cosas, vinculadas a la actividad comercial y la administración. Hice cursos de capacitación en distintas áreas, a medida que sentía la necesidad”.

Fue mamá joven: a los 24 años nació Guadalupe y, dos años después, Marcelina. Eligió priorizar la maternidad por sobre el trabajo, algo que mantiene hasta hoy, siendo una madre muy presente en la vida de sus hijas.

Consultada sobre su vínculo con el fútbol, cuenta: “mis padres son muy futboleros, hinchas de Nacional, y recibí esa pasión directamente en la sangre desde siempre; no nos daban otra opción. Papá nos llevaba mucho al Estadio Centenario a mis hermanos y a mí. En aquella época, las hinchadas iban mezcladas, era divino, otra cosa. Además, papá era técnico de fútbol y me llevaba a todas las prácticas. Yo era la única hija mujer, pero era un ‘varoncito más’, según el estereotipo”.

Agrega que su padre nunca la dejó jugar al fútbol. En ese entonces, el fútbol femenino no estaba desarrollado y no estaban dadas las condiciones: los hombres no permitían que las mujeres intervinieran, ni jugando ni dirigiendo. “El rol que tenemos ahora las mujeres, antes no lo tenían”.

Su primer paso en la dirigencia fue en Juveniles de Durazno, en una etapa en la que participaban Anita Bazzi, Graciela Cortazzo, entre otras, en el marco del centenario de la institución. Luego fue mamá y se dedicó de lleno a sus hijas y al campo, dejando el fútbol de lado.

Más adelante, recuerda: “quien me dio una oportunidad gigante fue Sarandí del Yí, que me abrió las puertas al fútbol grande. Cuando me fui a vivir allí, me involucré y llegué a ser secretaria de la Liga Mayor de Sarandí del Yí. Tuve un rol preponderante como mujer en el fútbol. En un Congreso de la Confederación del Sur tuve la posibilidad de exponer, debatir, presentar propuestas e imponerme, porque eran todos hombres y de vasta trayectoria”.

En ese proceso, logró hacerse conocer. “Vieron algo en mí y Eduardo Monsegui me propuso como consejera titular de OFI. Integré la lista ganadora y fui la primera mujer de Durazno en representar al departamento ante OFI”.

Recuerda que no fue fácil integrar un Ejecutivo, pero lo valora como un gran desafío, especialmente por su condición de mujer. Hoy existe un cupo femenino, pero ella siempre dejó en claro que estaba allí por sus capacidades, no por una cuota. “Fue duro imponerse”, afirma.

Ese proceso también tuvo un costo: “por este tema y otros, tuve un quebranto de salud importante que me llevó a renunciar. Es una actividad que demanda mucho tiempo y dedicación. Volví a priorizar mi salud y mi familia. Bajé las revoluciones, hice varios cambios y estuve mucho tiempo alejada del fútbol, dedicada a mis hijas”.

Tiempo después, llegó la propuesta de Sarandí Fútbol Club para integrar la directiva, y aceptó, convencida de que debía tomárselo con más calma. Sin embargo, fiel a su esencia, al poco tiempo ya estaba nuevamente a pleno. Hoy integra la dirigencia, siendo otra vez la única mujer.

Con Leo comparte no solo la vida y la familia, sino también la pasión por el fútbol: ambos son hinchas de Nacional y dirigentes del Sarandí. Trabajan a la par con otros integrantes jóvenes: “una directiva muy linda, donde cada uno mantiene criterios independientes. Muchas veces hay opiniones distintas, pero siempre las manifestamos con respeto”, dice, y entre risas agrega: “aunque entre nosotros, con amor”.

Silvina también integra la comisión del gimnasio del Sarandí Fútbol Club, donde sí trabaja junto a otras mujeres, codo a codo.

En sus tiempos libres practica pilates reformer, disciplina en la que encontró algo especial: “es mi hora feliz y no renuncio a ella”. De vez en cuando mira alguna serie y lee bastante: “me encantó El Secreto”, y le gusta mucho leer a Rolón.

A futuro, proyecta iniciar la carrera de abogacía. Primero lo hará de forma virtual, con algunas instancias presenciales en Montevideo, para lo cual, como siempre, cuenta con el apoyo de Leo. Es un objetivo que encara sin apuro, de acuerdo a sus posibilidades y con la intención de disfrutarlo.

Cuando atravesó su problema de salud, tuvo un “click” en su vida. Cree que ese momento llegó para enseñarle la importancia de levantarse y ser feliz, a pesar de las dificultades que implica ser un adulto responsable.