Cuando la mirada cambia de lugar

Radicada en Uruguay desde 1951, Diana Mines construyó una trayectoria decisiva en la fotografía nacional como autora, docente, crítica y curadora, con una obra que abrió espacio a otras miradas en un territorio históricamente dominado por hombres.

Hablar de Diana Mines es hablar de una figura que no quedó encerrada en un solo lugar dentro de la fotografía. Su trayectoria cruza obra autoral, enseñanza, crítica, curaduría y reflexión pública, y por eso ocupa un sitio singular dentro de la cultura uruguaya. Nació el 22 de noviembre de 1948 en Asunción del Paraguay y se instaló con su familia en Montevideo en 1951, en el barrio Conciliación. Ese dato de origen no es menor: aunque nació en Paraguay, su formación, su desarrollo y su influencia cultural se dieron en Uruguay, donde con el tiempo se volvió una referencia para nuevas generaciones de fotógrafos.
Antes de dedicarse plenamente a la imagen, estudió la Licenciatura en Historia en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de la República. Cursó toda la carrera, pero el golpe de Estado de 1973 interrumpió ese proceso y no volvió a retomarlo. Esa marca histórica aparece luego, de distintos modos, en su recorrido: la memoria, el cuerpo, la identidad y la necesidad de disputar sentidos desde la cultura.

Su ingreso formal a la fotografía se dio en 1974, cuando comenzó su formación en el Foto Club Uruguayo. Ese paso fue decisivo. En una época en que la fotografía seguía muy asociada a estructuras tradicionales, el Foto Club fue para ella una plataforma de aprendizaje, discusión y consolidación técnica. Más adelante profundizó su formación en Estados Unidos, en el San Francisco Art Institute de California, donde egresó en 1979 con un Bachelor of Fine Arts, equivalente a una licenciatura en Bellas Artes con especialidad en fotografía.

De regreso en Uruguay en 1980, inició una etapa de trabajo intenso. Se desempeñó como laboratorista color y fotógrafa de teatro, dos espacios que exigían precisión técnica y rapidez de lectura visual. En paralelo comenzó a enseñar, una tarea que con los años se transformó en uno de los pilares de su trayectoria. Dio clases en el Foto Club Uruguayo, en la Universidad Católica, en la Escuela de Cine del Uruguay y en otros ámbitos de formación, tanto en Montevideo como en el interior del país.
A partir de mediados de los años 80 también desarrolló una intensa actividad como crítica y escritora. Publicó artículos en distintos medios, participando activamente en la discusión sobre fotografía en Uruguay. Esa dimensión la ubica en un lugar poco frecuente: no solo produciendo imágenes, sino también pensando la fotografía, analizando sus transformaciones y aportando a su desarrollo como lenguaje.

En 1988 fue una de las impulsoras de Campo Minado, la primera muestra colectiva de mujeres fotógrafas en Uruguay. La exposición reunió a once autoras y marcó un punto de inflexión en el campo fotográfico local. No solo visibilizó la producción de mujeres, sino que introdujo una mirada distinta en un espacio que hasta entonces había sido mayoritariamente masculino. Ese episodio es clave para entender su lugar en la historia reciente de la fotografía nacional.
Ese mismo año su figura comenzó a proyectarse fuera del país, participando en instancias internacionales vinculadas a la enseñanza y la reflexión sobre fotografía. Ya no era solo una autora local, sino una voz que empezaba a dialogar con otros contextos.

En 1990 asumió la curaduría de la muestra Fotografía Uruguaya. 150 años después, presentada en el Subte Municipal. Ese trabajo la consolidó también como organizadora y lectora de la historia de la fotografía en Uruguay, capaz de ordenar una tradición y ponerla en relación con el presente.
En su obra personal, uno de los ejes más fuertes es el trabajo sobre la identidad, el cuerpo y la memoria. Su fotografía se caracteriza por una economía de recursos que potencia lo esencial: el gesto, la mirada, la presencia. No hay énfasis en el impacto inmediato, sino en la construcción de una relación con el sujeto fotografiado. La imagen no busca imponer, sino acercarse.

Un ejemplo significativo de esa línea es su trabajo Autorretrato con trenza propia de niña, realizado en 1988, donde incorpora elementos de su propia historia para construir una imagen cargada de sentido personal. Allí la fotografía funciona como una forma de memoria y también como un modo de revisar la propia identidad.
Su trayectoria continuó expandiéndose en las décadas siguientes. En 2007 presentó la instalación Nada nuevo bajo el Sol en el Centro Cultural de España y participó en distintos proyectos vinculados a la difusión de la fotografía. Entre 2007 y 2010 fue coconductora del programa televisivo f/22, dedicado a la imagen y la cultura visual.

El reconocimiento institucional acompañó ese recorrido. En 2010 recibió el Premio Figari, uno de los más importantes de las artes visuales en Uruguay, donde se destacó tanto su obra como su trabajo docente. En 2022 fue declarada Ciudadana Ilustre de Montevideo, y en 2024 recibió la Medalla Delmira Agustini, otorgada por el Ministerio de Educación y Cultura a figuras destacadas de la cultura nacional.
A la par de su actividad artística, también desarrolló un compromiso sostenido con temas sociales, en particular con la diversidad sexual y los derechos vinculados a la identidad. Esa dimensión atraviesa su obra y su vida pública, y forma parte de su construcción como figura cultural.

Por eso, su importancia no se limita a una producción fotográfica determinada. Diana Mines ocupa un lugar central porque logró articular obra, pensamiento, enseñanza y compromiso. Su trabajo no solo amplió las posibilidades de la fotografía en Uruguay, sino que también contribuyó a abrir el campo a nuevas miradas.
En un contexto donde la imagen muchas veces se consume de forma inmediata, su obra propone otra cosa: detenerse, observar y construir sentido desde lo cercano. Allí, en esa insistencia por mirar de otra manera, se sostiene la fuerza de su trayectoria.