Todo en su vida lo decidió el destino, excepto migrar

Erika Karina Rojas Girón está a punto de cumplir 43 años. Nació en San Fernando, estado de Apure, en Venezuela. Es hija de José Gregorio Rojas Herrera y Maritza Josefina Girón de Rojas, y hermana mayor de María Luisa. Su familia continúa viviendo allí, en la tierra que la vio crecer.

Por Anabela Prieto Zarza

Está casada con Iván Leonardo Agrinzones y es la orgullosa mamá de Laireth, estudiante de Relaciones Internacionales en la Udelar. Los tres comparten el mismo origen venezolano y una historia marcada por decisiones difíciles, pero también por esperanza.

En su ciudad natal cursó la educación básica, secundaria y el bachillerato en Ciencias. Comenzó la universidad inclinándose por Relaciones Industriales, pero la vida le tenía preparado otro camino. Mientras estudiaba lejos de su casa sufrió un dengue hemorrágico que la obligó a regresar. Fue un golpe fuerte, pero también un punto de inflexión.

Decidió entonces estudiar Administración de Empresas. Su mamá era Licenciada en Enfermería, aunque Erika nunca imaginó que esa profesión pudiera formar parte de su destino. Sin embargo, en ese mismo tiempo su padre tuvo un problema serio de presión arterial y ella se vio enfrentada a la necesidad de aprender sobre cuidados de salud.

Cuando se inscribía para estudiar Administración, apareció la oportunidad de hacer un curso de enfermería. Lo tomó casi sin pensarlo y se entregó de lleno al estudio. Mientras avanzaba en la carrera, su madre comenzó a hacerle una pregunta que con el tiempo cobraría sentido:
“¿No será que te gusta la enfermería?”

La respuesta llegó sola. La llamaron para trabajar por tres meses. Después vinieron los turnos rotativos, el estudio de noche y más trabajo. Y sin darse cuenta, se fue enamorando de la profesión: del servicio, de cuidar, de acompañar a las personas en momentos vulnerables.

A los 21 años se recibió de técnica en enfermería y a los 23 de licenciada. Más adelante realizó una especialización en nefrología y diálisis en el Hospital Militar de Caracas.

Erika lo dice con una sonrisa: “De alguna manera, el destino fue definiendo muchas cosas en mi vida”.

Y no exagera. Un día, mientras iba en el coche escuchando la radio junto a su esposo, oyeron un anuncio sobre un curso de locución. Iván le dijo algo simple, pero decisivo:
“¿Por qué no te inscribes? Tú hablas lindo”.

Ese comentario abrió otra puerta. Se anotó en el curso y más tarde comenzó a estudiar Comunicación. Como no podía viajar constantemente a Caracas, terminó la carrera de forma semipresencial. Así fue sumando otra pasión a su vida: la radio.

Pero la vida en Venezuela se hacía cada vez más difícil. “Teníamos la soga al cuello. La habíamos estirado todo lo posible. Me había reinventado muchas veces. Trabajábamos todo el día y estábamos casi siempre fuera de casa. La educación pública se había deteriorado y hacíamos un esfuerzo enorme para pagar un colegio privado para nuestra hija”.

Ese esfuerzo implicaba renunciar a muchas cosas, incluso a la alimentación que hubieran querido tener. Recuerda que durante meses comieron prácticamente lo mismo. Las arepas de la cena empezaron a desaparecer de la mesa.

Desde su programa de radio buscaba soluciones como podía.

“Conseguía canjes con comercios para que mi niña no perdiera la ilusión de recibir regalos de Navidad. Cambiaba publicidad por zapatos, ropa o abrigo”.

La situación empeoró cuando se cerró el puente con Colombia, por donde llegaban alimentos. “Lloraba sola en la cocina, cuando nadie me veía. Buscaba alternativas”.

Hasta que un día lo dijo en voz alta: “En noviembre de 2021 le dije a mi esposo: el año que viene nos vamos”.

Uruguay apareció como una posibilidad concreta, después de descartar otras opciones. Iván tenía una prima viviendo en Trinidad, departamento de Flores. Ella es médica en ASSE y su esposo médico internista. Sabían que allí podrían encontrar algo fundamental: estabilidad, educación para su hija y oportunidades para progresar.

Aunque primero tuvieron que hacer algo muy simple: mirar un mapa para ubicar el país. Investigaron todo sobre Uruguay. Todo, menos una cosa que nadie les había advertido. “Lo único a lo que todavía no logro adaptarme, dice entre risas, es al frío del invierno”.

Su primer destino fue Trinidad. Allí Erika comenzó a trabajar en Canal 8, en el informativo de la noche, mientras ambos avanzaban con la revalidación de sus títulos. Iván también es licenciado en enfermería.

Mientras tanto, los dos empezaron a trabajar como acompañantes de enfermos en la empresa Vida. Ese trabajo no solo les permitió generar ingresos, sino también conocer desde adentro cómo funcionaba el sistema de salud en Uruguay.

Después comenzaron a cuidar personas a domicilio. Y el boca a boca hizo lo suyo. “Hay unos venezolanos que cuidan y curan en domicilio”, decían. Las llamadas empezaron a multiplicarse.

Erika recuerda especialmente a una abuelita que se encariñó profundamente con Iván. Al principio la familia dudaba si la señora se adaptaría a que un hombre la cuidara, pero con el tiempo no sólo que lo esperaba con alegría, sino que reclamaba por él. Incluso aprendió a disfrutar de la comida venezolana.

Cuando finalmente los títulos estuvieron revalidados, apareció un llamado laboral en CAMEDUR. Tenía una condición: debían mudarse a Durazno.

En la entrevista, Erika fue directa. “Queremos trabajar, pero no podemos dejar lo poco que tenemos en Trinidad si esto no es seguro. Si ustedes nos aseguran el trabajo, tendrán exclusividad y dedicación total de nuestra parte”.

A las 72 horas recibieron la confirmación. Desde hace cuatro años, ambos trabajan en CAMEDUR.

Pero Erika no quería perder lo que también era parte de su identidad: la radio. Necesitaba que su vida en Uruguay tuviera algo de la normalidad que había dejado atrás.

Por eso empezó a buscar espacio en medios de comunicación. En una radio le ofrecieron hacer suplencias, pero prefirió esperar por su espacio. Ella quería su propio programa. Y lo consiguió. Le dieron el espacio

“Nuestras primeras horas”, que se emite de lunes a viernes de 7 a 9 de la mañana, y los domingos de 10 a 13 horas con “La peatonal de la música”.

Cuando llegaron a Uruguay, libraron una dura batalla con la adaptación de su hija. Para Laivreth no fue fácil. Al principio casi no salía de su dormitorio. Había dejado amigos, costumbres, su país, justo en plena adolescencia. Pero una vez más, algo inesperado cambió la historia.

La música. Desde pequeña había estudiado ballet por recomendación médica. Primero ballet clásico, luego danza contemporánea, salsa, bachata y ritmos latinos. Bailar siempre fue parte de su vida. Un día, en Trinidad, escuchó tambores desde la ventana de su habitación y le pidió a su madre que la acompañara a ver qué pasaba. Era una academia de candombe que ensayaba. Se acercó, habló con la profesora del cuerpo de baile y comenzó a bailar candombe.

Desde entonces no paró. Hoy integra la primera fila de Kimbundú, participó en Afrocán, baila en La Jacinta en Montevideo y también en la Nueva Escuela.

Además, tras haber sido Miss Internacional en Uruguay cuando llegaron al país, hoy da clases de pasarela mientras continúa estudiando.

Mirando hacia atrás, Erika siente que el proceso de adaptación fue un aprendizaje profundo para los tres. “Nos enfrentamos a muchos miedos. Integrarse a un país nuevo, con libertades para lo bueno y también para lo malo, no es sencillo. Pero criamos a nuestra hija con valores sólidos y confianza en sí misma”.

Por eso afirma algo que resume su historia: “El venezolano es del tamaño del compromiso que se le presenta”.

Hoy Erika dice que le gusta Durazno. Le gusta saber que cuando se acuesta puede dormir tranquila. Su hija vive en Montevideo y a veces vuelve los fines de semana. Su esposo trabaja de noche. Ella aprendió a disfrutar de un buen vino, de ver una película, de hacer deporte, algo que practica desde niña. También le gusta cantar y escribe poemas.

En abril de 2025 volvió a Venezuela. Fue un viaje cargado de emociones. Ver su casa, recordar todo lo que habían vivido, que se había tenido que ir. “Lloré mucho”, confiesa, “pero mirar a los ojos a mis viejos, volverlos a ver, ¡me nutrió el alma! ¡Fue como una recarga para continuar!”.

Pero no se arrepiente. Viven bien. Han logrado cubrir sus necesidades, tener su coche, pagar los estudios de su hija y ayudar a sus familias en Venezuela. En Durazno se siente acompañada, incluida y querida.

Y cada día hace la misma oración. “Le pido a Dios, con quien tengo una conexión muy especial que, si es su voluntad que me quede en este país, me permita tener un hogar propio y que algún día mis padres puedan venir las veces que quieran”. No cree ser una persona ambiciosa. Solo quiere vivir con dignidad, salud y cierta tranquilidad.

Tiene un sueño propio que no le pertenece: “Ver a mi hija graduarse y que mis padres puedan estar aquí para verla”.

Porque, como ella misma reflexiona, criar a los hijos con seguridad, valores e identidad es lo que les permite enfrentar la vida, tomar decisiones y aprender incluso de los errores.

Y lo resume en una frase que parece atravesar toda su historia: “La personalidad del individuo, cuando se forma dentro de los valores del hogar, es inviolable e inquebrantable”.