Durante décadas, Nancy Urrutia registró desde adentro momentos decisivos de la vida social y política del Uruguay. Su trabajo, atravesado por la dictadura y la recuperación democrática, no solo construyó memoria visual sino que también abrió camino para las mujeres en el fotoperiodismo. Hoy, con nuevas exposiciones y la publicación de su libro, su archivo vuelve a interpelar el presente.
Hablar de Nancy Urrutia implica salir del lugar cómodo de la etiqueta “pionera” para entrar en una zona más incómoda: la del trabajo sostenido en contextos donde fotografiar no era un gesto neutral. Su formación y desarrollo profesional se consolidaron en años donde la circulación de imágenes estaba atravesada por la vigilancia, la censura y, en muchos casos, el riesgo personal.
Su trabajo se inscribe en el período más tenso de la historia reciente del país. Durante la dictadura cívico-militar (1973–1985), la fotografía no solo documentaba: también exponía. Urrutia fue parte de esa generación que salió a la calle en momentos donde registrar una manifestación, una detención o incluso un gesto colectivo podía implicar consecuencias directas. No se trataba únicamente de estar, sino de decidir cuándo disparar y cuándo guardar la cámara.
En ese contexto, su mirada se construyó desde la proximidad. No hay distancia estética en sus imágenes: hay presencia. Marchas, concentraciones, rostros anónimos, mujeres organizadas, espacios públicos en tensión. Su archivo no busca la espectacularidad sino la persistencia. La reiteración de ciertas escenas —personas reunidas, cuerpos ocupando el espacio público, miradas que sostienen— termina configurando un relato donde lo político se vuelve cotidiano.
Uno de los aspectos menos señalados, pero centrales, es su lugar como mujer en un ámbito históricamente masculinizado. En los años en que Urrutia comienza a trabajar, el fotoperiodismo no era un espacio permeable. Su presencia no solo implicaba ejercer el oficio, sino sostenerlo en condiciones donde el acceso, la legitimidad y la permanencia no estaban garantizados. Esa dimensión atraviesa su obra sin necesidad de subrayados: está en la elección de los temas, en la cercanía con ciertos sujetos y en la forma de narrar.
Con el retorno a la democracia, su trabajo no se detiene. Por el contrario, adquiere otra densidad. La transición no aparece como un corte limpio, sino como un proceso lleno de capas: celebraciones, tensiones, reorganización social. Urrutia sigue registrando, ya no desde la urgencia inmediata, sino desde una conciencia más amplia de archivo. La fotografía deja de ser solo documento para convertirse también en memoria en construcción.
Esa condición se vuelve especialmente visible en sus trabajos recientes. La exposición “Mujeres y fotoperiodismo en la transición democrática”, presentada en Montevideo, no solo recupera imágenes de más de cuatro décadas, sino que propone una lectura: la de las mujeres no solo como sujetas fotografiadas, sino como protagonistas activas en la construcción de ese período. Allí, su archivo dialoga con el presente sin necesidad de actualizarse artificialmente.
A esto se suma la publicación de su libro “Pionera”, donde el recorrido vital y profesional adquiere otra forma. No se trata únicamente de una recopilación de imágenes, sino de una puesta en contexto de su trayectoria. El libro permite ver la continuidad de su trabajo, las recurrencias, las decisiones. También habilita algo menos frecuente: entender cómo se construye una mirada a lo largo del tiempo.
Su participación en espacios recientes, como el Encuentro de la Imagen en el Museo de Arte Contemporáneo Atchugarry (MACA) en 2025, refuerza esa vigencia. No desde la nostalgia, sino desde la transmisión. Urrutia no aparece como figura cerrada, sino como parte activa de un diálogo con nuevas generaciones de fotógrafos. Su presencia en estos ámbitos no es protocolar: es la de alguien que todavía tiene algo que decir sobre el oficio.
Hay, en todo su recorrido, una constante: la insistencia en estar. Estar cuando no era conveniente, estar cuando no era seguro, estar cuando todavía no estaba claro qué iba a quedar de todo eso. Esa persistencia es la que hoy permite que su archivo funcione como algo más que un registro: como una forma de leer el país.
En tiempos donde la imagen circula de manera inmediata y masiva, el trabajo de Nancy Urrutia recupera otra dimensión del acto fotográfico: la de la decisión, el riesgo y el tiempo. No hay espectacularidad en su obra, pero sí algo más difícil de sostener: continuidad.
Y es ahí donde su figura deja de ser únicamente la de una pionera para convertirse en otra cosa: una testigo que eligió no apartar la mirada.
