José María Silva: el hombre detrás de la cámara que registró el camino de Gardel

Nacido en Galicia y radicado en Uruguay desde la infancia, José María Silva fue una de las miradas más importantes de la fotografía rioplatense del siglo XX. Su vínculo con Carlos Gardel, iniciado en los primeros años de la carrera del cantor, dio lugar a una serie de imágenes que no solo documentaron su crecimiento artístico, sino que ayudaron a construir una identidad visual que permanece hasta hoy.

José María Silva nació el 29 de setiembre de 1897 en La Estrada, Galicia. Llegó a Uruguay siendo niño, con apenas seis años, en el marco de una corriente migratoria que marcaría profundamente la identidad cultural del país. Como muchos jóvenes de su tiempo, ingresó temprano al mundo laboral y encontró en la fotografía un oficio que pronto se transformaría en vocación.
Sus primeros pasos los dio como aprendiz en la casa fotográfica “El Indio”, donde comenzó desde tareas básicas hasta adquirir un dominio progresivo del trabajo de estudio. En aquellos años, la fotografía exigía conocimiento técnico y paciencia: no había margen para la improvisación. La luz, el encuadre y la postura del retratado formaban parte de una construcción precisa.

Hacia 1917, Silva ya participaba activamente en la realización de retratos. Ese mismo año se produjo un encuentro clave: la llegada al estudio de Carlos Gardel y José Razzano. En ese momento, el dúo aún no había alcanzado la dimensión que luego lo convertiría en referencia del tango, pero ya comenzaba a consolidar su presencia en el circuito artístico.
Ese primer registro tiene un valor particular porque se sitúa en una etapa de transición. En 1917, Gardel grabó “Mi noche triste”, considerado uno de los primeros tangos-canción, marcando un punto de inflexión en su carrera. Las imágenes tomadas por Silva en ese contexto no solo retratan a un artista, sino el inicio de una transformación.

A partir de allí, la relación entre ambos se mantuvo en el tiempo. Cada vez que Gardel pasaba por Montevideo, incluía en su agenda sesiones fotográficas con Silva. No se trataba de encuentros aislados, sino de un vínculo sostenido, basado en la confianza profesional. Esa continuidad permitió construir un registro visual que acompaña distintas etapas de su trayectoria.
Con el tiempo, Silva se independizó y abrió su propio estudio, conocido como “Foto Silva”, primero en la calle Julio Herrera y Obes y luego en la esquina de Rondeau y Uruguay, en Montevideo. Desde ese espacio desarrolló gran parte de su producción y retrató a numerosas figuras de la época.

En 1923, durante la gira europea del dúo Gardel-Razzano, Silva volvió a fotografiar al cantor. Algunas de esas imágenes lo muestran con vestimenta gauchesca, en una representación que respondía también a la proyección internacional del artista. En ese contexto, la fotografía cumplía una doble función: registro y construcción de identidad.
A medida que la carrera de Gardel avanzaba —ya como solista, con giras internacionales y su incursión en el cine— la necesidad de imágenes se volvía cada vez más relevante. Las fotografías eran utilizadas en programas, publicaciones, material promocional y copias dedicadas a admiradores. Silva no solo tomaba retratos, también realizaba reproducciones que el propio Gardel distribuía.

Uno de los momentos más significativos se dio en 1933, cuando Silva realizó una serie de retratos que se convertirían en algunas de las imágenes más reconocidas del cantor. Entre ellas, el retrato con sombrero que hoy integra el imaginario colectivo del tango. Esas fotografías no solo capturaron un momento: fijaron una imagen que trascendió generaciones.
El propio Silva destacó en distintas ocasiones la facilidad de Gardel frente a la cámara. Señaló que comprendía la diferencia entre actuar y posar, y que poseía una naturalidad poco común. Esa condición, sumada a la sensibilidad del fotógrafo, explica en parte la potencia de esas imágenes.

Más allá de su vínculo con Gardel, la trayectoria de Silva fue amplia. Retrató a figuras como Juan Domingo Perón, Luis Alberto de Herrera, Mariano Mores, Alberto Candeau, José Belloni y León Felipe, entre otros. En 1930 trabajó como reportero gráfico durante el primer Mundial de Fútbol, registrando imágenes desde el campo de juego.
También tuvo un rol institucional importante: presidió durante 28 años la Asociación de Fotógrafos Profesionales del Uruguay, consolidando su lugar dentro del ámbito profesional. Continuó activo durante décadas y su carrera se extendió a lo largo de casi todo el siglo XX.

José María Silva falleció el 2 de enero de 2000, a los 102 años. Su obra quedó dispersa en archivos, publicaciones y colecciones, pero su impacto permanece. No solo como el fotógrafo vinculado a Gardel, sino como uno de los profesionales que contribuyó a construir la memoria visual de una época.
Su legado no se limita a una serie de retratos. Está en la capacidad de haber entendido el momento, de haber acompañado un proceso y de haber registrado, con precisión y oficio, la imagen de una figura que trascendió el tiempo.