Beatriz Capote señaló que continúan faltando acompañantes pedagógicos y maestras de apoyo para estudiantes con discapacidad intelectual, una situación que —según indicó— limita el acceso pleno a la educación inclusiva.
—Gracias por recibirnos a ti, Andrea y a los chiquilines acá en la asociación. Como siempre hemos tratado de hablar y abrir un poco las cabezas, que es lo que más cuesta. Comenzaron las clases y sabemos que la lucha de ustedes por la inclusión ha sido importante. Queremos saber cómo se sigue batallando hasta el día de hoy, cuál es la realidad que están viviendo y la que viven los chiquilines también.
—Muchas gracias a ustedes por siempre visitarnos y tenernos presentes. Un año más vuelve a suceder más o menos lo mismo. Sentimos que en el tema de educación Uruguay quedó dormido, paralizado. Faltan muchas herramientas de apoyo.
Tenemos cuatro niños que están en escuela pública transitando un año más y, bueno, sólo cuatro en nivel educativo, en primaria. Vuelve a suceder que el tema del acompañante sigue sin estar presente un año más porque se dejaron de formar acompañantes. Fue un proyecto que quedó en stand-by y falta gente que haga este acompañamiento pedagógico.
Es una exigencia porque las maestras que están en escuelas públicas, que son escuelas inclusivas todas, necesitan una maestra de apoyo, la cual por primaria no existe. Hay muy pocas y las que hay van de una escuela a otra, de un grupo a otro. Eso está faltando: el acompañante.
Una figura que el año pasado estuvo tratando de formarse en Durazno sigue pendiente porque no se presentan personas a ocupar esos cupos.
—El año pasado nosotros supimos que las maestras tampoco se encontraban capacitadas para incluir a los niños en una clase mal llamada “normal” y pedían más preparación. ¿Qué ha pasado con eso? ¿La lucha sigue? ¿Se vulneran los derechos de los niños?
—Sí, la lucha sigue. Esto se ve que lo vamos a seguir muchos años más porque no se notan cambios de un año al otro. Siguen faltando apoyos.
—¿Han llegado a primaria, por ejemplo?
—Sí, por supuesto. Lo que pasa es que desde primaria no tienen cupos para maestras de apoyo. Las que existen son muy pocas y se comparten entre varias escuelas. Se van trasladando.
El acompañante, como te decía, no se está formando y los que existen ya están en doble turno acompañando a niños.
—Ahora no se acompañan, Beatriz, porque no hay un programa. Formación docente no incluye una preparación de ese tipo, pero podría incluirlo perfectamente.
—Y debería iniciarse ese cambio. Tenemos un jardín muy cercano acá que es muy inclusivo. Es excelente el equipo que está.
—¿Vamos a hablar del 83?
—Sí. Hemos tenido varios alumnos; de hecho, varios chiquilines que ahora ya son adultos y adolescentes acá en la asociación fueron a ese jardín. También en el Jardín 91 hay un muy lindo equipo que no solo respeta la ley, sino que tiene muchas ganas de incluir y apoyar.
A mí la palabra incluir me pega fuerte, no me gusta mucho. Todos los niños son diferentes. Más allá de los rasgos o las estereotipias, todos somos diferentes y todos tenemos demandas distintas.
Los que estamos en educación sabemos que cada año el grupo que llega también es diferente: un año puede ser más bullicioso, otro más tranquilo, algunos hiperactivos, otros no. Sí se respeta el tema de las herramientas y de los apoyos, pero también creo que nos falta un impulso, un ejemplo como han sido estos jardines y otras escuelas.
Pero es el gobierno nacional quien debería dar esos apoyos. El año pasado hubo recortes con el tema de la discapacidad y por eso no se formaron más acompañantes terapéuticos.
—Beatriz, me hablabas de cuatro niños que están yendo a la escuela. ¿La realidad cuál es? ¿Hay más niños que deberían estar yendo quizás a educación media y no lo hacen?
—En el nivel de primaria, no en jardines, muchas veces terminan siendo derivados a otra escuela donde, si bien hay un hermoso equipo técnico, seguimos aislándolos de cierta forma.
—¿A una escuela especial?
—Claro. También debería compartirse horario, que tengan un horario en una escuela común y otro en la escuela especial.
—Entonces hay dos vulneraciones que padecen estos niños: la discriminación y el derecho a la educación.
—Sí, el derecho a la educación que los padres elijan para sus hijos. La educación no debe ser frustrante para nadie, pero sí debe verse desde otra perspectiva.
Con Andrea hacemos muchos cursos en Chile, Argentina y España, y las realidades son muy diferentes.
—¿Para ustedes es frustrante? Porque llegan acá y dicen: ¿dónde lo aplico?
—Claro. Así como lo aplicamos nosotros. Acá los técnicos ingresan a la sala. En este momento la maestra está trabajando con 25 jóvenes y adapta el material. Ha hecho todos los cursos que hicimos Andrea y yo, y puede trabajar con los 25.
Alfonsina llegó a la asociación con muchas ganas de trabajar con ellos y también se formó para adaptar el material. No creo que sea la Mujer Maravilla ni que tenga superpoderes. Se puede si se quiere.
Los cuatro niños comparten los mismos técnicos, que trabajan de forma grupal y simultánea. Van adaptando las actividades según los logros. La psicopedagoga tiene un plan y así lo va llevando.
Creo que nos falta ganas de conocerlos. Siempre lo digo: si los conocés, el camino se abre enseguida.
—¿Y cuánto enseñan?
—Un montón. Todos los días.
—Para terminar, ¿cuántos chicos están asistiendo hoy a la asociación?
—La asociación atiende a 35 personas.
—¿De todas las edades?
—De todas las edades, con diferentes condiciones. La asistencia es para discapacidad intelectual, no solo para niños y jóvenes con trisomía 21. Se hace el seguimiento desde todos los lugares.
—Muchas gracias.
—Gracias a ustedes.


