Fabiana Marisol Álvarez Leiva, de 46 años, es una mujer muy tranquila y, a la vez, muy frontal y directa. Dice las cosas, sin vueltas, aunque reconoce que a veces esa sinceridad le juega en contra.
Por Anabela Prieto Zarza
Es hija de Ángel Mario Álvarez (Camaño) y de Teresa Leiva. Es la mayor de siete hermanos: cinco mujeres y dos varones. Desde hace 28 años es compañera de vida de Andrés Moreno, director de la comparsa 18M Rabia Candombera. “Fue mi único novio. Hemos estado toda la vida juntos, en las buenas y en las otras, pero siempre juntos”, dice.
Es mamá de tres hijos a los que ama profundamente: Dilan, de 26 años; Antony, de 25; y Jairo. “el de la vejez”, dice entre risas, de 11. “Me crié prácticamente con mis hijos, pero fue hermoso”. Es abuela de Samuel, de 2 años, e Itan, de 5. “Tengo dos nueras divinas, re compañeras con mis hijos. Las quiero mucho, tanto a Brenda como a Andrea, las adoro”.
Fue a la Escuela Nº 7, José Pedro Varela, de la que guarda los mejores recuerdos y muchísimas amistades. “Soy de La Amarilla”, dice con orgullo, nacida y criada en el barrio. Cursó hasta segundo año en UTU y luego comenzó a trabajar.
Su primer empleo fue en limpieza, en el restaurante La Palma. Tenía 15 años y su mamá debía cobrarle el sueldo porque era menor. Trabajaba con Samurio. Estuvo allí tres años y luego pasó a trabajar con Candiota y la señora en el restaurante El Nacional.
En esa época conoce a quien hoy es su esposo. Ella y sus hermanas tenían la costumbre de salir a pasear con el tío Hugo. Era soltero, les dedicaba tiempo y las llevaba a todos lados. Una tarde, mientras Fabiana se hamacaba en la Placita de Deportes, donde hoy está el Liceo 3, Andrés le hace señas de que quiere hablar con ella. Fabiana no acepta, pero Andrés insiste. Ella le pide permiso a su tío para ir “a ver qué quiere ese muchacho”, y él le responde: “Andá, pero no demores, porque viniste conmigo y te volvés conmigo”.
Andrés trabajaba en la construcción en Montevideo y volvía a Durazno los fines de semana. No podía perder el tiempo. Fabiana tampoco, porque, como ella misma dice, le gusta ser directa. Se acercó y le dijo: “Dejate de rodeos y decime lo que me vas a decir”. Andrés le hizo caso: sin vueltas, le plantó un beso. Tremenda historia… pero hay más.
Fabiana dice que fue el vino más caro para Andrés. “Le costó 28 años de matrimonio”. Resulta que Andrés estaba cumpliendo una apuesta con unos amigos que estaban con él en la plaza: si lograba hablar con ella, se ganaba un vino.
Así empezó todo. Al fondo de la casa de su suegra se hicieron una piecita y allí nació el primer hijo.
A lo largo de su vida trabajó en distintos lugares: residenciales, cuidando enfermos en Vida. También fue emprendedora. Tuvo un carrito de comidas llamado El Trompezón, haciendo referencia a ella misma, a su forma de ser, a que le gusta hacer todo a la vez. “Soy re loca”, dice entre risas.
Tuvo una niñez muy feliz, con limitaciones, pero sabe que sus padres le dieron todo lo que pudieron. Los valores que le transmitieron le permitieron ser la mujer que es hoy. Lo que la vida le quitó fue a su tata Jeremías, su abuelo paterno, el único que conoció. Tiene presentes sus consejos hasta el día de hoy. Le decía: “Fabiana, vos sos una señorita, tenés que cuidarte, darte tu lugar. La mujer tiene que hacerse respetar, mantener la dignidad. No mires por los demás, mirá por vos”. Agradece profundamente esas enseñanzas.
A sus hijos los educó de la misma manera: aprendiendo a saludar, a decir buenas tardes, permiso, por favor. Incluso al más chico. Cree que hoy se han perdido esas costumbres que hacen al respeto y a la buena educación.
La idea de formar una comparsa surge en una reunión familiar en la que estaban Fabiana, su esposo, la hermana, el cuñado y una sobrina. La idea empieza a germinar y organizan una reunión a la que asisten Ademir Silva, que sabe mucho de tambores y es el jefe de cuerdas, Dilan, que toca el tambor y está aprendiendo a dirigir, Atilio González y Jairo. Comenzaron a tirar nombres y surgió 18M, por la calle donde vivía la sobrina. Esa casa hoy es la sede de la comparsa. Jairo propuso Rabia Candombera. No se refiere a enojo, sino a rebeldía. Sus hijos ya tenían experiencia en otras comparsas: Dilan en Lonjas del Varona y Jairo una vez con Exposición Morena y LD de Flores.
A Fabiana la nombraron coordinadora del cuerpo de baile. No tenía idea de qué se trataba, así que empezó a buscar en Google, estudió. Me explica: “Es la que ve todo por fuera, va acomodando la fila, controla que las bailarinas vayan con la misma mano, con el mismo pie, que las cosas se hagan bien”.
18M Rabia Candombera tiene apenas cinco meses. El trabajo fue arduo: hicieron vivos, vendieron tortas fritas, canelones, organizaron trucos en Wanderers para recaudar fondos. Arrancaron sin nada. Y el 23 de diciembre estuvieron presentes en las Llamadas de Primavera. Para Fabiana fue el día en que nació la comparsa. “Ver la comparsa parada, el estandarte, las banderas, las bailarinas… recién ahí me cayó la ficha de que lo habíamos logrado. Terminó el desfile y lloraba de la emoción”. Se vuelve a emocionar mientras me lo cuenta.
Es muy agradecida con la gente que colaboró. Sin quienes participaron, compraron rifas y apoyaron, no hubiera sido posible. Destaca como invalorable el apoyo del barrio, de conocidos, de comercios y de todos los integrantes de la comparsa, que trabajan duro porque se pusieron la camiseta.
Está orgullosa de que ya tienen los trajes para las Llamadas, lo que considera otro gran logro (recordemos que esta entrevista se realizó a mediados de diciembre).
El grupo es muy unido. Antes de las Llamadas de Primavera tuvieron un inconveniente con la ropa que ya estaba pronta, pero eso no los detuvo; al contrario, los unió más. Compraron la tela y cada bailarina se hizo su pollera. En cinco días resolvieron el problema gracias al trabajo colectivo y, en particular, al esfuerzo de María, encargada del cuerpo de baile; Karen, que tiene una bebé de cinco meses; Agustina, hija de Karen; y Ula, la modista. Fue un gran aprendizaje que dejó pérdidas económicas, pero resultados muy positivos: un grupo más fuerte que nunca. Agradece también a Cristina, quien dio su nombre para la entrevista.
Este camino ha sido un aprendizaje para Fabiana y para las bailarinas. Son chiquilinas que nunca bailaron, pero que hacen todo lo posible por aprender. Los domingos realizan una rifa con la que pagan a la tallerista que les da clases de baile en el CIB La Amarilla, donde las han tratado de maravilla. Agradecen especialmente a Natalia, la encargada, que les puso todo a disposición para una venta de tortas fritas.
En sus tiempos libres, a Fabiana le encanta dedicarse a las plantas y leer historias viejas. Es muy detallista y obsesiva con la limpieza. Cree que se sacó el cinco de oro con su esposo, y él dice lo mismo de ella. Fabiana sabe que tiene un temperamento fuerte y que a veces habla sin filtro, pudiendo lastimar sin querer. Trabaja mucho en sí misma, cree profundamente en Dios y le agradece todos los días: por la casa, lograron tener la propia hace 15 años, por el alimento, por su familia. Le pide que ponga las palabras justas en su boca y que la ayude a controlar su carácter.
“Es que soy ariana”, dice riendo.
“He cumplido todos mis sueños. Todo lo que tengo lo agradezco porque era lo que yo quería, ni más ni menos. Quiero terminar de criar a mi hijo chico con tranquilidad, que no le pase nada, que pueda estudiar, que la violencia desaparezca de los liceos, de la sociedad”.
Su mensaje para las mujeres:
Que se quieran más, que se respeten más, que sean unidas, que se apoyen.
“Somos todas madres, hermanas, amigas. Debemos cuidarnos, fortalecernos. Tenemos que valorarnos como mujeres, darnos nuestro lugar, defender y respetar los derechos de todos”.
