Entre la noticia y la memoria: el recorrido de Rodrigo Abd

En la columna de hoy recorremos la trayectoria del fotoperiodista argentino Rodrigo Abd, desde sus comienzos en la prensa de Buenos Aires y los años decisivos en Guatemala hasta sus coberturas en Siria, Ucrania y otros territorios atravesados por la violencia. Integrante de Associated Press desde 2003 y ganador de dos premios Pulitzer, su obra también encontró en América Latina, la vida cotidiana y una antigua cámara afgana otras formas de acercarse a las personas y construir un registro visual de nuestro tiempo.

Rodrigo Abd nació en Buenos Aires en 1976 y llegó a la fotografía después de transitar un camino que parecía conducirlo hacia otro lugar. Le interesaban la matemática y la física y estudió durante tres años Astronomía en la Universidad Nacional de La Plata. Con el tiempo comprendió que las ciencias exactas ocupaban el lugar de una afición y que aquello a lo que realmente quería dedicar su vida estaba detrás de una cámara.

No realizó una carrera formal de fotografía. Hizo un curso básico en la Escuela de Cine de Avellaneda y buscó talleres dictados por fotoperiodistas. En ese proceso fueron importantes Adriana Lestido y Daniel Merle, quienes lo ayudaron a pensar no solamente cómo hacer una imagen, sino qué podía decir con ella. Entre sus principales referencias también ha mencionado a Bruce Davidson, Eugene Richards, Paolo Pellegrin y Gilles Peress.

Sus comienzos estuvieron lejos de cualquier consagración. Él mismo recordó que empezó comprando un rollo en un supermercado, pasó por un diario pequeño y después llegó a medios de mayor circulación. Aprendió a revelar por su cuenta porque quería conocer el procedimiento y porque trabajar el blanco y negro en un laboratorio resultaba costoso. Entre 1999 y 2003 integró los equipos fotográficos de La Razón y La Nación, en una etapa en la que los diarios todavía utilizaban rollos y minilaboratorios.

En 2003 decidió preparar un portafolio y presentarlo ante Associated Press. Estaba cansado de la crisis argentina y quería viajar, experimentar y vivir en otro lugar. La posibilidad inicial parecía estar en Bolivia o Paraguay, pero finalmente la agencia lo destinó a Guatemala. Lo que comenzó como una oportunidad profesional terminó convirtiéndose en una experiencia decisiva: permaneció radicado allí durante casi nueve años, con la excepción de 2006, cuando fue enviado a Kabul.

Guatemala había firmado los acuerdos de paz en 1996, después de 36 años de conflicto armado interno, pero las consecuencias de aquella violencia continuaban presentes. Abd fotografió las exhumaciones de víctimas asesinadas por el Ejército, las comunidades indígenas afectadas por las masacres, las maras, las cárceles, las morgues, los cementerios y la precariedad de los hospitales públicos.

No entendió esos asuntos como historias separadas. Las exhumaciones, la violencia criminal, la falta de espacio en los cementerios y el deterioro de los servicios públicos eran diferentes capas de una misma sociedad de posguerra. Su cámara comenzó a observar no solamente el hecho inmediato, sino también aquello que permanecía después: las consecuencias, las ausencias y las marcas que la historia dejaba sobre la vida cotidiana.

Durante 2005 siguió de cerca la violencia vinculada con Mara Salvatrucha y Mara 18. Fotografió detenciones, enfrentamientos carcelarios, funerales, rituales religiosos y escenas familiares. En medio de un tema habitualmente reducido a tatuajes, armas y cadáveres, también mostró a padres junto a sus hijos, jóvenes jugando a las cartas durante un velorio y familiares conservando objetos de personas desaparecidas.

Ese trabajo recibió en 2006 el tercer premio de World Press Photo en la categoría People in the News. El mismo año fue seleccionado para participar en la Joop Swart Masterclass, el programa de formación de World Press Photo destinado a jóvenes fotógrafos.

Otro de sus trabajos guatemaltecos transcurrió en la emergencia del Hospital General San Juan de Dios. Allí registró un servicio saturado en el que convivían la espera, el dolor, la muerte, el humor y la solidaridad. El ensayo recibió en 2010 el Feature Photography Award del Overseas Press Club of America.

También siguió las tareas de antropólogos forenses que recuperaban restos de personas asesinadas durante el conflicto interno. Algunas de esas fotografías muestran esqueletos todavía acompañados por prendas indígenas y familias presentes durante las excavaciones. La fotografía aparece allí como un registro de aquello que vuelve a la superficie después de haber permanecido oculto durante décadas.

Sin abandonar el trabajo periodístico, Abd comenzó a explorar otros procedimientos visuales. Entre 2009 y 2011 realizó Palimpsestos, una serie de panorámicas analógicas construidas mediante la superposición de distintas imágenes. Como en los antiguos pergaminos reutilizados, las capas permanecían parcialmente visibles y permitían reunir diferentes tiempos dentro de una misma fotografía.

Esa búsqueda tuvo otro punto de partida en Afganistán. En 2006, mientras vivía y trabajaba en Kabul, descubrió la kamra-e-faoree, una cámara artesanal de madera que funciona al mismo tiempo como cámara y cuarto oscuro. Compró una y aprendió a utilizarla con fotógrafos callejeros afganos. La exposición es prolongada, el revelado se realiza dentro de la propia caja y los accidentes forman parte del resultado.

Con esa cámara retrató inicialmente a trabajadores afganos. Después la llevó a Guatemala y Perú, donde fotografió reinas mayas, cortadores de caña, pescadores, parteras, peregrinos y familiares de desaparecidos. Frente a la velocidad de una agencia internacional, la cámara de cajón imponía otra relación: obligaba a detenerse, conversar y esperar.

Mientras permanecía radicado en Guatemala, Associated Press comenzó a enviarlo a otras coberturas. Trabajó en Bolivia, Haití, Venezuela y Honduras. En 2010 regresó a Afganistán y fue incorporado en dos oportunidades a unidades militares estadounidenses en la provincia de Kandahar. En 2011 cubrió la revolución y la guerra en Libia.

Un año después ingresó clandestinamente a Siria desde Turquía junto al camarógrafo Ahmed Bahaddou y combatientes del Ejército Libre Sirio. Después de varios días dentro del país llegaron a Idlib, donde el 10 de marzo de 2012 comenzaron a documentar el ingreso de muertos y heridos a un hospital sin luz.

Allí Abd fotografió a Aida, una mujer gravemente herida durante el bombardeo de su vivienda. En el ataque habían muerto su esposo y sus dos hijos. La guerra aparece concentrada en su rostro: no se ven aviones, armas ni ejércitos, sino el dolor de una sobreviviente.

La fotografía recibió en 2013 el primer premio de World Press Photo en la categoría General News, Singles. Ese mismo año Abd integró el equipo de Associated Press que obtuvo el Premio Pulitzer de Fotografía de Noticias de Última Hora por la cobertura de la guerra civil siria. El reconocimiento fue colectivo y lo compartió con Manu Brabo, Narciso Contreras, Khalil Hamra y Muhammed Muheisen.

Después de Siria se instaló en Lima. Desde allí volvió a concentrarse en América Latina y desarrolló trabajos sobre la minería ilegal en la Amazonia peruana, la vida cotidiana de las playas populares, las migraciones, las comunidades indígenas y las consecuencias sociales de distintas crisis políticas.

En 2018 documentó a los buzos indígenas misquitos que extraen langostas en La Mosquitia, entre Honduras y Nicaragua. Muchos descienden con equipos rudimentarios y regresan a la superficie sin respetar los tiempos necesarios, lo que puede causar síndrome de descompresión, parálisis o muerte. El ensayo El drama de bucear en busca de langostas fue finalista del Premio Gabo 2019 en la categoría Imagen.

Durante 2020 fotografió el impacto de la pandemia en Perú: personas que buscaban alimentos descartados, entierros realizados casi en soledad, migrantes venezolanos que recogían cadáveres, mujeres que daban a luz sin sus familias y comunidades indígenas que recurrían a tratamientos ancestrales. También registró las cocinas comunitarias organizadas por vecinos para responder al hambre.

Su trabajo se movió nuevamente hacia una guerra en 2022, cuando permaneció aproximadamente cinco semanas en Ucrania durante las primeras etapas de la invasión rusa. Fotografió ciudades destruidas, civiles muertos, funerales y personas que buscaban a sus familiares.

Una de esas historias fue la de Nadiya Trubchaninova, una mujer de 70 años que viajó repetidamente a Bucha para encontrar el cuerpo de su hijo Vadym y poder enterrarlo. Abd acompañó la búsqueda y el funeral. No se limitó al momento de la muerte: siguió el recorrido de una madre que intentaba recuperar a su hijo dentro del desorden producido por la guerra.

El ensayo El dolor silencioso de Ucrania obtuvo el Premio Gabo 2022 en Fotografía. El jurado destacó la capacidad del trabajo para mostrar distintas dimensiones del conflicto, desde el horror hasta los gestos cotidianos que persistían en medio de la destrucción.

En 2023, Associated Press recibió el Pulitzer de Fotografía de Noticias de Última Hora por la cobertura de Ucrania. Abd integró el equipo premiado junto con Bernat Armangué, Felipe Dana, Evgeniy Maloletka, Nariman El-Mofty, Emilio Morenatti y Vadim Ghirda. Fue su segundo Pulitzer, nuevamente como parte de un trabajo colectivo.

Entre ambos reconocimientos habían transcurrido diez años. Durante ese período Abd también aprendió a compatibilizar una profesión atravesada por viajes y ausencias con la paternidad, la vida familiar y el cuidado de su padre. Ha señalado que los premios no modificaron la esencia de su trabajo y que, en ocasiones, incluso pueden convertirse en un peso. Para él, ninguna distinción reemplaza las condiciones necesarias para ejercer un periodismo serio.

En 2023 volvió a Afganistán con la cámara de cajón que había conocido diecisiete años antes. El proyecto Afghanistan: In a New Light retrató la vida cotidiana después de la retirada estadounidense y el regreso de los talibanes al poder. Fotografió familias de paseo, niños empleados en fábricas de ladrillos, mujeres y adolescentes trabajando en talleres de alfombras, combatientes talibanes y un actor que había quedado sin empleo por las restricciones impuestas al cine.

Las fotografías parecen antiguas por sus imperfecciones, su blanco y negro y el procedimiento artesanal, pero muestran el Afganistán contemporáneo. Esa contradicción permite observar un país que alcanzó cierta estabilidad después de décadas de guerra, mientras una parte de la población, especialmente las mujeres, paga un costo profundo en derechos y libertades.

En los últimos años, Abd continuó trabajando en América Latina. Documentó la violencia vinculada con el narcotráfico en Rosario después del asesinato de Máximo Jerez, un niño de 11 años; ingresó en cárceles superpobladas de Paraguay; y fotografió el impacto ambiental del Tren Maya sobre los cenotes y ecosistemas de la península de Yucatán.

Estos trabajos, junto con el proyecto realizado en Afganistán, integraron el portafolio por el que fue elegido Fotoperiodista del Año 2025 de Pictures of the Year Latin America.

Actualmente trabaja como corresponsal de Associated Press en Buenos Aires. Entre sus coberturas recientes se encuentran las protestas de jubilados frente al Congreso argentino. No se limitó a fotografiar las manifestaciones y la represión: acompañó a algunos de sus protagonistas en clubes, centros culturales y otros espacios de la vida cotidiana.

El 6 de agosto de 2025, mientras cubría una de esas movilizaciones, recibió a corta distancia el impacto del chorro de un camión hidrante de la Policía de la Ciudad. Cayó al suelo y sufrió una lesión en el tímpano derecho. Después del ataque sostuvo que los periodistas deben ser conscientes de las consecuencias que puede tener su trabajo, pero también continuar documentando lo que sucede.

Rodrigo Abd no establece una ruptura tajante entre fotoperiodismo y fotografía documental. Entiende que una imagen debe informar sobre una coyuntura, pero también puede convertirse en parte del registro histórico de un país. Frente a la velocidad actual, que obliga a seleccionar y transmitir fotografías mientras los hechos todavía están ocurriendo, defiende la necesidad de buscar una mirada propia.

Su trayectoria atraviesa conflictos armados, crisis políticas, hospitales, cementerios, playas populares, comunidades indígenas y manifestaciones callejeras. En todos esos territorios aparece una misma voluntad: observar la historia desde las personas que la viven y conservar, más allá de la información inmediata, una memoria visual de nuestro tiempo.

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